La Semana Santa, como todo en esta vida, evoluciona, o eso nos gusta decir para quedarnos tranquilos. Porque una cosa es evolucionar… y otra muy distinta es no saber muy bien hacia dónde vamos mientras lo llamamos progreso.
Antes se corría, se corría mucho, de un sitio a otro, a ciegas, librito en mano, preguntando, intuyendo, tirando de oído y de experiencia; Ahora no, ahora tenemos GPS, satélites, aplicaciones móviles y hasta el primo que te manda la ubicación en tiempo real, que parece que ya no sales a ver cofradías: sales a buscar coordenadas.
Con el Google Maps en el teléfono y un poco de cobertura, tienes más posibilidades de acertar que nunca. Todo medido, todo controlado, todo previsto, o casi todo, claro, porque luego llegas… y no puedes pasar, hay una valla, una docena de sillitas o directamente una muralla humana que no sale en el mapa.
Y ya si le sumamos la sillitas de cazador, el bastón silla o cualquiera de esos inventos que vienen en contenedor desde oriente, salvo que pase por el estrecho de Ormuz, pues tenemos el pack completo. Si además cae una neverita con su bebida fresquita, ya no estamos ante una jornada de Semana Santa: estamos ante una excursión perfectamente organizada.
Resultado: uno vuelve a casa con la “panorámica del día”, los pies intactos y el cuerpo hidratado. Y la sensación, eso sí, de haber estado… pero no del todo.
Que esto avanza, dicen. Y tanto que avanza. Hasta el punto de que en algunas juntas de gobierno parece que ya no llegan para formarse, sino a examinarse, por imperativo legal y que vienen con media licenciatura debajo del brazo, incluida prueba final.
Y uno, que ya peina canas, las que quedan, recuerda cuando se entraba a una cofradía a formarse, a escuchar, a equivocarse incluso. Ahora no. Ahora parece que hay que venir aprendido de casa, con la lección estudiada y, si puede ser, con nota.
Y mientras tanto, pasan cosas curiosas, como lo de la cuadrilla de la Hermandad de los Dolores, donde de repente aparecen apoyos institucionales que uno no sabe muy bien de dónde vienen ni hacia dónde van. Políticos laicos preocupados por cuestiones internas de las cofradías, sin reparar en que, de toda la vida, las cuadrillas las ha hecho el capataz según su criterio. Ni más, ni menos.
Tremenda la evolución, sí. Pero seguimos atascados en reglamentos que no entiende nadie, en denuncias que entienden menos todavía y en decisiones que, en ocasiones, parecen tener más de ajuste de cuentas que de búsqueda del bien común.
Y en la bendita calle, esa que convertimos en un campo de batalla a base de sillas, de neveras, de prisas y de “yo estaba aquí antes”. Esa que dejamos atrás como si hubiera pasado por allí una columna de un ejército en retirada. Latas, bolsas, cáscaras, papeles… restos de una guerra que nadie reconoce haber librado.
Porque sí, mucha culpa es nuestra. De la falta de educación cívica, de pensar que lo público no es de nadie, de ocupar más de lo que nos corresponde y de dejar menos de lo que encontramos. Aquí cada uno va a lo suyo. Y el que venga detrás, que arree.
Pero a lo mejor no se trata de avanzar tanto, ni tan deprisa, ni con tantas cosas encima. A lo mejor se trata de entender dónde estamos, qué hacemos y cómo lo hacemos.
Porque igual el problema no es que esto cambie, igual el problema es, en lo que lo estamos convirtiendo.





