No es la primera vez que ocurre en nuestra ciudad. Se convocan elecciones en una hermandad y, llegado el momento decisivo, nadie da un paso al frente. Nadie presenta candidatura. Nadie asume el reto de ponerse al frente de una corporación que, en teoría, forma parte de su vida, de sus desvelos y de sus convicciones. Curiosamente, también se da el caso contrario: convocatorias en las que concurren varios candidatos, repartiéndose los apoyos y dejando la sensación de que las victorias son cada vez más ajustadas y menos sólidas. Pero el caso que hoy nos ocupa es aún más preocupante: la ausencia absoluta de candidatos.
La vacante ha quedado desierta en la convocatoria electoral de la Real Hermandad del Señor de la Caridad. Y no hablamos de una corporación cualquiera. Hablamos de una hermandad cuya historia hunde sus raíces en el siglo XV, una institución que ha sobrevivido a guerras, epidemias, cambios políticos y transformaciones sociales de toda índole. Solera, patrimonio e historia no le faltan. Precisamente por ello resulta aún más difícil comprender que nadie haya querido asumir su dirección.
La pregunta surge de manera inevitable: ¿por qué nadie quiere ser hermano mayor?
La respuesta no es sencilla, aunque probablemente todos conozcamos parte de ella. Durante años se ha romantizado la figura del hermano mayor, presentándola como la culminación de una trayectoria cofrade. Sin embargo, la realidad cotidiana es muy distinta. Quien ocupa ese puesto no recibe únicamente honores, representaciones o reconocimientos. Recibe, sobre todo, una enorme carga de trabajo y una responsabilidad que, en muchos aspectos, termina siendo personal.
Hoy un hermano mayor debe responder ante la Administración, ante Hacienda, ante el Obispado, ante proveedores, compañías aseguradoras y entidades financieras. Debe velar por el cumplimiento de la normativa civil y eclesiástica, supervisar la gestión económica, proteger el patrimonio artístico, coordinar cultos, actividades de caridad, formación y vida interna. Y todo ello, en la mayoría de los casos, sin percibir compensación alguna y compatibilizándolo con su vida familiar y profesional.
La realidad es que dirigir una hermandad se parece cada vez más a desempeñar un segundo empleo. Reuniones interminables, expedientes, permisos, presupuestos, proyectos, mantenimiento de inmuebles, obligaciones fiscales y una burocracia creciente han convertido el servicio a la corporación en una tarea que exige una dedicación extraordinaria. Lo que antaño podía resolverse con buena voluntad y unas cuantas horas semanales, hoy requiere conocimientos específicos y una disponibilidad que no todos están en condiciones de ofrecer.
A ello se suma otro problema que llevamos años observando: la falta de relevo generacional. Es cierto que nuestras hermandades cuentan con numerosos jóvenes en las filas de nazarenos, cuadrillas o grupos de convivencia. Sin embargo, son muchos menos los que están dispuestos a asumir responsabilidades de gobierno. No se trata únicamente de una cuestión de edad, sino también de compromiso.
Además, no podemos ignorar la existencia de tensiones internas que, en ocasiones, terminan desanimando a quienes podrían estar capacitados para liderar una corporación. Los bandos, las rivalidades personales, las discrepancias enquistadas y la crítica permanente generan un clima poco atractivo para cualquiera que contemple la posibilidad de presentarse. Gobernar una hermandad debería ser un acto de servicio; sin embargo, en demasiadas ocasiones acaba convirtiéndose en un ejercicio de resistencia.
Tampoco ayuda el contexto actual de las redes sociales. Nunca fue fácil gobernar, pero hoy cualquier decisión, por pequeña que sea, es sometida al escrutinio inmediato de decenas o centenares de opiniones. Todo se juzga, todo se comenta y todo parece susceptible de convertirse en polémica. Muchos hermanos, perfectamente válidos para ejercer el cargo, prefieren mantenerse al margen antes que exponerse a una crítica constante que, en ocasiones, pierde el respeto y el sentido de la medida.
Quizás haya llegado el momento de que las hermandades reflexionen sobre esta realidad. Porque cuando una vacante queda desierta no fracasa únicamente un proceso electoral. Es la señal de que algo necesita ser revisado. Tal vez debamos preguntarnos si estamos formando a los futuros dirigentes, si repartimos adecuadamente las responsabilidades, si facilitamos la participación o si, por el contrario, hemos convertido el gobierno de nuestras corporaciones en una carga tan pesada que pocos están dispuestos a llevarla.
Las hermandades han sobrevivido durante siglos gracias al compromiso generoso de hombres y mujeres que entendieron el servicio como una forma de entrega. Ser hermano mayor nunca fue un privilegio; siempre fue una responsabilidad. Pero para que siga habiendo quienes acepten esa responsabilidad, será necesario recuperar un clima de confianza, de colaboración y de apoyo mutuo.
Porque una vacante desierta no es solo la ausencia de un candidato. Es, sobre todo, una llamada de atención que no deberíamos ignorar.





