El vínculo entre Córdoba y la jerezana cofradía del Santo Crucifijo de la Salud (II)

La llegada de la Contrarreforma en el siglo XVI motivó un sentimiento de intenso misticismo que, a su vez y a menudo, conllevaba el aislamiento, la meditación y la oración, práctica que marcó el período comprendido entre la segunda mitad del antedicho siglo y el XVII. Fue este contexto el que condicionó y fomentó la fundación y el posterior desarrollo de órdenes como las de la Compañía de Jesús, conocidas por el mencionado aislamiento voluntario.

Asimismo, la voluntad de proteger la religión a toda costa, la Bula Lubricum vitae genus de 1568 del papa Pío V ordenaba a los ermitaños conformar una orden regular que, por supuesto, incluyese los tres votos solemnes además de hacerles vestir un hábito distinto al que estuviese habituados los sacerdotes seculares.

Sin embargo, los célebres ermitaños de la Sierra de Córdoba – de los que ya habláramos en publicaciones anteriores – no parecían estar al tanto de las condiciones exigidas para llevar tal tipo de vida y, en su día a día, no se produjo ninguna alteración hasta 1583, momento en que el entonces obispo, Antonio Pazos y Figueroa, hizo que todos quedaran reunidos en el Convento de la Arruzafa con la intención de establecer una jerarquía y ayudarles y protegerles en todo cuanto fuese posible.

No obstante, esa primera voluntad no perduró mucho, ya que los sucesores de Pazos y Figueroa, a diferencia de él, no ocultaban su desconfianza y recelo hacia los ermitaños cordobeses, lo que produjo que se redactase una normativa específica para ellos. Así y todo, una nueva regulación llegaría en 1606, constituyéndose finalmente la Congregación unos años más tarde, concretamente en 1613, novedad que vendría de la mano de la búsqueda de un lugar exacto para la oración.

A pesar de ello, no fue hasta el siglo XVII cuando los ermitaños se establecieron en el Cerro de la Cárcel o de las Víboras – muy próximo al rodadero de Los Lobos –, buscando así alejarse de las multitudes y de la cercanía con el resto de la población de la ciudad califal. Fue así como se fundó el conocido como “Desierto de Nuestra Señora de Belén” que, posteriormente, pasarían a convertirse en las populares Ermitas de Córdoba, donde se decía que la Orden pasaba sus días más cerca del cielo que de la tierra.

La principal fuente de inspiración para la jerezana cofradía del Santo Crucifijo de la Salud fue, como explicábamos en otras ocasiones, el modo de vida de los ermitaños cordobeses, basado principalmente en el silencio y la soledad absoluta, pues la construcción de las diferentes ermitas no supuso obstáculo alguno para que estos siguieran manteniendo un intenso y exclusivo contacto con su propio ser, formando un verdadero grupo tan solo en las horas de las comidas, para rezar el rosario al atardecer o para acudir a la iglesia con motivo de los pertinentes actos religiosos.

Las comidas, por su parte, se fundamentaban en la constante abstinencia de carne a modo de penitencia, como cabe suponer, siendo igualmente frecuentes los famosos y voluntarios ayunos, los cuales, de conformidad con las Constituciones de 1927, alcanzaban la suma de 226 por año.

La rutina de los ermitaños de la Sierra cordobesa se completaba con los entregados trabajos de caridad para con los más pobres y necesitados de la sociedad de aquellos difíciles tiempos, quienes siempre – sin excepción – podían encontrar sobre las mesas dispuestas por la congregación, un famoso guiso de habas para saciar el hambre que tan presente estaba, tristemente, en la población.

Bajo tales premisas, la corporación del Santo Crucifijo – sobre la que ya habíamos hablado brevemente, reconociendo a un tiempo que en su archivo histórico no existía testimonio alguno que corroborase la relación entre los ermitaños de Córdoba y la cofradía – decidió, años atrás, establecer los contactos necesarios con el objetivo de esclarecer los detalles oportunos acerca del vínculo entre la orden y la hermandad propiamente dicha. Fue Pedro J. Muñoz quien prestó su ayuda para la causa, iniciando la correspondiente investigación entre los archivos de la congregación. Búsqueda que, lamentablemente, resultó fallida, puesto que tampoco entre ellos se halló nada que permitiese arrojar algo de luz sobre el asunto en cuestión y dando lugar a la teoría de que, posiblemente, algún volumen o documento se hubiese perdido a lo largo del tiempo.

Aun así, el 5 de julio de 1951 – pocos años antes de la extinción de la Congregación de los Ermitaños de San Pablo – desde el ya mencionado Desierto de Nuestra Señora de Belén quedó aceptada la petición de Carta de Hermandad solicitada por la cofradía de Jerez y, cuyo texto, aún se conserva en la Sala de Juntas de la Cofradía del Santo Crucifijo de la Salud:

JESÚS, MARÍA Y JOSÉ
AVE MARÍA PURÍSIMA
***
El Hermano Mayor de
La V. Congregación de Ermitaños de San Pablo
Del Yermo de la ciudad de Córdoba:

Deseando que la Hermandad del Santo Crucifijo de la Salud y María Santísima de la Encarnación sea participante no sólo como bienhechora sino también como espiritual Hermana de esta Santa Congregación, de todos los ejercicios, ayunos, disciplinas, comuniones, oración, Oficio parvo, mortificaciones, obras y actos que del agrado de Dios esta Santa Congregación ejerce, ruega a Jesús Sacramentado como Padre admita esta nueva Hija y nuestra Hermana como si personalmente asistiese a los referidos actos religiosos, lo que todo ceda en aumento de sus espirituales y temporales conveniencias. Previniendo que cuando muriese alguna de las personas contenidas en esta, se nos de aviso, con cuya noticia se ejecutarán las exequias que se acostumbran, encomendando perpetuamente las almas de nuestros Hermanos a la Majestad Divina, en cuyo nombre entrego esta Carta de Hermandad.

Desierto de Nuestra Señora de Belén, 5 de julio de 1951.
El Hermano Mayor
Trinidad del Santísimo Sacramento

La normativa de la congregación de los ermitaños cordobeses, por su parte, hace una interesante referencia a la Constitución de Hermandades Espirituales redactada en la fecha del 31 de julio de 1753:

En este santo Desierto de Nuestra Señora de Belén, Congregación de ermitaños, sita en el alcor de la sierra, extramuros de la ciudad de Córdoba, a treinta y un días del mes de julio de mil setecientos y cincuenta y tres años, junta dicha Congregación a son de campana tañida como lo tiene de loable costumbre, según lo tiene mandado en la Junta que se celebró el año pasado de mil setecientos treinta y dos, que está por cabeza de este primer libro de Comunidad, el Hno. Juan de San José, Hno. Mayor actual de ella, propuso cómo había algunos particulares bienhechores que, deseando lograr el fruto espiritual de esta Congregación, pretendían ser hermanos espirituales de ella, y que los asignaran en un libro por tales. Y habiéndose hecho cargo por entonces de no haber inconveniente alguno, todos los que se hallaron presentes a dicha Junta, determinaron que se hiciera de la forma dicha.

La reproducida solicitud no tardó en obtener una respuesta por parte del entonces Obispo, que contestaba de la siguiente forma:

“Concedemos nuestra licencia para que puedan ser admitidos a la hermandad y comunicación de los sufragios y por el orden y en la forma que se nos pide, todos los presbíteros y eclesiásticos seculares y regulares; pero no otras personas sin especial licencia nuestra y aprobación ‘in scriptis’. Dándosenos cuenta para que en su inteligencia determinemos lo que hallásemos más conforme al servicio de Dios y bien espiritual de las almas.

Dado en el palacio episcopal en 20 de marzo de 1754. Por mandato de Su Ilma. El Arzobispo, Obispo mi Señor. Fdo.: D. Lucas Millán, Secretario”.

“En virtud de esta licencia y mandato de Su Ilma., determinó la Congregación que se hiciera un libro en donde se fueran asentando dichos hermanos, y que se dé su cédula para que les conste así. Y lo firmamos el Hno. Mayor, los Hnos. que se hallaron presentes a dicha Junta, y el Secretario que da fe. Fdo.: Juan de San José, Hno. Mayor; Hnos. Pedro de Jesús, Manuel del Santísimo Sacramento, Juan de Santa María, Miguel del Corazón de Jesús, Pedro de San Joaquín, Andrés de San Antonio y Andrés de San Pablo, secretario de Juntas».