Memoria de la primera Virgen de la Salud de San Gonzalo
Hay heridas que el tiempo no borra. Heridas que no sangran, pero laten. Que duelen en el alma colectiva de un barrio, de una hermandad, de una ciudad entera que aprendió a rezar mirando a los ojos de una Madre que ya no está… al menos, físicamente. Porque hay presencias que sobreviven a las llamas, y la de la antigua Virgen de la Salud de San Gonzalo es una de ellas.
Era el 20 de febrero de 1944, cuando la joven Hermandad del Barrio León ofrecía a sus fieles el rostro sereno y maternal de una Virgen recién llegada al templo, fruto del trabajo silencioso y devoto del imaginero Rafael Lafarque Rengel. La corporación, erigida canónicamente apenas dos años antes, encontraba en aquella imagen su primer faro espiritual. En su mirada dulce y en sus manos abiertas, se tejía la esperanza de un pueblo que entonces apenas tenía calles asfaltadas, pero sí una fe robusta, heredada y sencilla.
La Virgen de la Salud fue el centro de una devoción creciente, y durante más de tres décadas, fue bálsamo, consuelo y refugio. La modeló Lafarque con delicadeza casi mística. La restauró Castillo Lastrucci en 1954 con la mano del genio. Antonio Eslava talló para ella nuevas manos en 1969. Y Luis Ortega Bru, con su carácter arrebatado, le devolvió la luz con una policromía en 1976. Cada uno dejó en ella algo de su alma. Pero la verdadera restauración diaria la obraban sus hijos: los vecinos, los abuelos, las madres, los niños, que con velas, rezos y lágrimas componían su altar perpetuo.
Sin embargo, la madrugada del Viernes Santo de 1977, el dolor se hizo ceniza. El altar efímero levantado para el Monumento quedó envuelto en llamas. Cuando las puertas del templo se abrieron al alba, solo quedaba el humo denso del luto y un silencio helado. La Virgen de la Salud, aquella que había sido la primera en recibir los suspiros de un barrio entero, yacía calcinada. El fuego, cruel y desalmado, había arrebatado más que una talla: se había llevado una madre.

Pero la fe no se rinde. La fe —la de verdad, la que nace en la entraña— sabe convertir las pérdidas en resurrección. La Junta de Gobierno, desgarrada, decidió confiar nuevamente en Ortega Bru para que modelara un nuevo rostro para la Virgen. Él aceptó conmovido, con reverencia y humildad. Su creación, la que hoy conocemos, nació del dolor y de la fidelidad. Conserva las manos que un día Eslava talló para la anterior imagen, como un lazo invisible entre pasado y presente. Entre lo que fue y lo que sigue siendo.
Aquel incendio dejó una marca imborrable en la historia de San Gonzalo, pero también un legado: el de una comunidad que supo reconstruirse desde la ceniza. La Virgen volvió a estar en su sitio. No era la misma… pero seguía siendo Ella. Porque lo que une a una hermandad con su dolorosa no es solo la talla, sino los lazos invisibles del amor, la memoria, el rezo compartido y la esperanza.
En el nuevo altar, labrado por las manos maestras de Manuel Guzmán Bejarano, volvió a brillar la devoción. Se incorporó una nueva imagen de San Juan Evangelista, y en aquel conjunto, la Virgen de la Salud resurgía. Cada vela encendida ante Ella era también un tributo a la que se perdió. Cada lágrima era una oración por la que ya no está, pero sigue viva en los recuerdos.
No hay día en que el templo de San Gonzalo no reciba la visita silenciosa de alguien que acude a mirarla a los ojos. Algunos aún recuerdan la primera. La más antigua. La de Lafarque. La que enseñó a rezar a todo un barrio. Pero todos, absolutamente todos, sienten que —de algún modo misterioso— aún sigue allí.
Porque la Virgen de la Salud no desapareció en el incendio. Cambió de rostro, pero no de alma. Y cuando los cirios arden cada Lunes Santo, cuando el arrullo del pueblo inunda la tarde trianera, cuando el corazón se encoge en una revirá… es Ella la que camina, madre eterna de un pueblo que jamás dejó de llamarla por su nombre: Salud.





