Opinión, Verde Esperanza

Es muy fácil odiar al cristiano

Son innumerables las faltas de respeto que la comunidad cristiana en general y la cofrade en particular vienen sufriendo durante los últimos tiempos. Por desgracia, cada vez es más habitual contemplar cómo desde determinados sectores ideológicos los insultos, menosprecios y faltas de respeto se suceden como si fuera algo normal y aceptado socialmente. Uno de los asuntos que más polvareda ha levantado en los últimos tiempos es el de la condena al individuo que subió a sus redes sociales un fotomontaje de su rostro sobre el del Despojado de Jaén, multado por el Juzgado de lo Penal nº 1 de Jaén con 480€, que pudo abonar sin ningún problema gracias al apoyo de Podemos mediante una colecta ciudadana que recaudó esa cantidad en tan solo una hora.

Más allá de lo llamativo y esclarecedor -ideológicamente hablando- que supone que se le preste su apoyo a un condenado por la justicia, me ha llamado poderosamente la atención un texto que ha llegado a mis manos en el que se profieren agresiones verbales continuadas a la Hermandad jienense en particular, pero con un claro tinte generalizador hacia todo lo que tenga algo que ver con la religión católica. Me da cierto pudor enlazarlo aquí, pero no me queda más remedio para que usted sepa a qué me refiero. Lo califico como texto ya que referirme a él como artículo sería otorgarle una entidad que no tiene, y porque no se me ocurre ninguna calificación inferior a ese concepto que se ajuste a la realidad. Pero en honor a la verdad lo que más se podría acercar a una descripción precisa sería «conglomerado de palabras cuyo único objetivo es el de insultar», aunque como título quizá quede un poco largo.

Otra manera de describirle el artículo a alguien que no desee malgastar cinco minutos de su vida en desgastar su sentido de la vista leyendo ese conglomerado de palabras sería invitarle a coger una coctelera, meter en ella todos los calificativos que aparecen en el texto -entre los que podemos destacar «gilipollas», «cagada de persona», «mierdas despreciables» o «heces bazofieras»- y luego vertirlo sobre un plato que define a la perfección lo que éste viene a ser. El resultado sería un manjar en el que, como podemos comprobar, predomina el sabor a excremento, digno de los paladares más exquisitos, que a buen seguro jalean este tipo de escritos en los que resulta gratis señalar con el dedo e insultar al mismo lugar de siempre, poniendo en la mira de los más intolerantes de nuestro país a la Iglesia Católica.

Miren, detenerme en analizar el aparato armamentístico verbal -a veces también físico- que se utiliza desde distintos foros, perfectamente representados en el conglomerado léxico de marras, sería descender a una altura -o bajura, mejor dicho- que no me corresponde, como tampoco corresponde a nuestro ambiente cofradiero. El proceder de la Hermandad de la Amargura de Jaén ha sido más que correcto, a razón de las múltiples peticiones que se le realizaron al individuo que consideró como buena idea plantar su bello rostro sobre el de una imagen sagrada antes de tomar la vía judicial.

Jesús nos enseñó mediante las Sagradas Escrituras la importancia de poner la otra mejilla cuando nos abofetean, y es por ello que no debemos rebajarnos a la altura de según qué agresiones dialécticas proferidas desde el más profundo e irracional odio. Sin embargo, la escalada de agresiones que viene sufriendo el colectivo en el que yo, sin miedo, me incluyo, me hace pensar que en algún momento hay que poner pies en pared. El precedente que ha sentado el juez que ha condenado al referido individuo supone cierto horizonte esperanzador. Atacar a un colectivo como una Hermandad que no se mete con nadie y que, por contra, realiza una inmensa labor social año tras año, no debe salir gratis. A pesar de que desde determinados sectores sociales se hayan afanado en donar dinero para que el individuo no tenga que pagar su culpa. ¿Cuál es la enseñanza que aprende este brillante especímen de la raza humana? Sencillo, se puede insultar a cualquier Cofradía, ya que aunque me condenen tengo el respaldo de un colectivo de gente que, a buen seguro, se escandalizaría si la protagonista del montaje fuera su abuela en lugar del Despojado de la capital del Santo Reino, una imagen de gran importancia devocional.

Vivimos en una sociedad en la que se tolera con una normalidad que asusta el odio, siempre y cuando se dirija a colectivos que no alcen la voz para defender sus derechos más básicos. Es sencillísimo odiar al cristiano, que vive en un preocupante estado de letargo que le hace parecer ajeno a lo que está sucediendo a su alrededor, en un mundo cada vez más intolerante en lo que respecta a tener fe católica. ¿Pero cuáles son los motivos de este odio que cada vez se hace más evidente? 

En primer lugar, es muy fácil odiar lo que se conoce a medias o directamente se desconoce. ¿Han visto ustedes en los telediarios noticias sobre la inmensa ayuda social que prestan colectivos cristianos? Rotundamente no, lo que suele trascender a la luz pública son los casos aislados que nuestro querido amigo el realizador de conglomerados de palabras quiere convertir en generalidad, refiriéndose a los monstruos con sotana que se sobrepasan con menores. Olvidando, en consecuencia, la gran cantidad de sacerdotes que dedican todo lo que tienen, su vida, a paliar en la medida de sus posibilidades las necesidades de los más desfavorecidos. También es sencillo odiar por desconocimiento a una Hermandad, que algún que otro iluminado puede pensar que es algo parecido a una peña elitista en la que solo hay lugar para multimillonarios. No, estimado amigo, en una Hermandad hay lugar para el albañil y para el cirujano, para el vareador de olivos y para el ingeniero, y todos ellos colaboran de igual forma y sin existir ningún tipo de distinción. Comprendo se nos odie, pero siento decirle que no van a encontrar la misma respuesta, solo deseo que alguna vez quien tan cruelmente critica tenga la oportunidad y el corazón lo suficientemente puro como para conocer cómo funcionan en realidad las cosas en una Cofradía, y la enorme labor social que hacen.

Por otra parte, hay una frase que del escritor Pablo Coelho, que dice así: «Los que te odian son admiradores secretos que no entienden por qué tanto te aman«. No me extrañaría que todos estos anticatólicos que desde las tinieblas arrojan sus misiles dialécticos contra todo lo que atisbe olor a incienso compartan un cierto sentimiento de admiración o incluso complejo de inferioridad. El cristiano, en líneas generales, y aunque por supuesto existan excepciones deleznables, es una persona que vive su fe en armonía y sin molestar al prójimo que carece de ella. No recuerdo haber visto a ningún cristiano insultar la inteligencia del ateo, ni siquiera tratar de convencerle de que piense de forma distinta. En cambio, lo contrario es habitual hasta entre amistades, aunque con cierto tono jocoso y amigable, siempre se trata con cierto menosprecio a quien es cristiano. Ni que decir tiene que no siempre es en tono amable, y si no que le pregunten al entrañable escritor del que vengo hablando durante este artículo. Quizá se anhele la paz que suele desprender el cristiano, nunca encontrada por aquellos que dedican su vida a emponzoñar la de los demás con el veneno propio. Ya saben que el principal motor de nuestro país es la envidia al prójimo, perfectamente reflejada en lo que venimos comentando.

De igual forma, otra circunstancia que facilita odiar al cristiano es, precisamente, su docilidad y carencia de intenciones beligerantes -de nuevo, con contadas excepciones- ante un ataque sufrido. Quien insulta a un cristiano o a un colectivo como puede ser una Hermandad, no tiene por qué temer por su integridad física, y probablemente reciba ofensas de alguno que otro que se indigna más de la cuenta -a veces como para no hacerlo…-, pero a buen seguro no siente preocupación alguna por lo que le pueda suceder. Sabe perfectamente que nada, si acaso una denuncia que no suele prosperar, con permiso de la esperanzadora excepción que venimos comentando durante este artículo. Ni que decir tiene que colectivos de otra índole defienden con mayor hostilidad y contundencia, por decirlo de forma suave, su propia identidad, creencias y/o ideologías, y no es tan sencillo mostrar valentía suficiente como para arrojar basura dialéctica contra ellos por temor a las consecuencias que se pueden sufrir en las propias carnes. Por si alguien está tentado a inferir mensajes que ni he escrito ni pienso, responder a la violencia con más violencia jamás es una solución efectiva. La docilidad y el pacifismo del cristiano es algo digno de elogiar.

Durante los últimos años se viene experimentando una escalada de tono cada vez más notable que no se supo parar a tiempo, con episodios como la utilización de imágenes sagradas para fines que no proceden, todo bajo el amparo de uno de los conceptos más prostituidos de la época contemporánea, como lo es el de «libertad de expresión». Oiga, libertad de expresión no es insultar al difunto familiar de turno porque a usted le apetezca y sea libre de hacerlo, por mucho que piense que el individuo perjudicado en cuestión sea un facha por no estar de acuerdo en permitir esa agresión verbal hacia sus desaparecidos difuntos. Lo mismo sucede con las Cofradías. No se puede faltar al respeto a un colectivo que dedica sus mayores esfuerzos a realizar obra social, así como a mantener y enriquecer un legado patrimonial que se remonta a siglos de historia en algunos casos, por el mero hecho de que te parezca una idea interesante sustituir el rostro de una imagen sagrada y devocional por la refinada cara propia. Ni que decir cabe que tampoco se habrían de permitir vómitos dialécticos sobre todo lo que tenga que ver con la Iglesia, por mucho que algún juntaletras, jaleado por sus incondicionales hooligans twitteros, se afane en hacerlo. Por suerte, para algo está la Constitución y el poder judicial, único garante de la salvaguarda de los derechos y obligaciones de los ciudadanos.

Le damos una normalidad que resulta complicada de creer a situaciones que en otras sociedades son absolutamente intolerables, dicho en el sentido más literal de la palabra. Es decir, que bajo ningún motivo se toleran. En nuestro país se puede justificar casi cualquier cosa bajo el paraguas de la libertad de expresión. Actuaciones de bandas terroristas, así como la apología de ellas, asesinatos, extorsiones, chantajes y agresiones tanto dialécticas como físicas, calumnias gratuitas y difamaciones, menosprecios… todo es tolerable y explicable hoy en día en nuestra enferma sociedad. De hecho, sobre la problemática del fotomontaje, la exquisita pluma a la que nos venimos refiriendo durante estas líneas sitúa al infractor como la víctima, a pesar de las numerosas peticiones por parte de la Hermandad para que el mismo quedara retirado de las redes sociales. Un humilde jornalero, se viene a decir, que tuvo la inocente idea de plantar su bello rostro sobre el de una imagen sagrada, y que además ha sufrido las consecuencias de un sistema judicial corrupto por los curas que le obliga a varear durante diez días para poder pagar la multa. Una víctima oprimida, en definitiva. Disculpen pero por mucho que lo leo no soy capaz de contener la risa.

Mención aparte requieren aquellos cofrades que justifican y ríen gracias como la del dichoso fotomontaje, o cuando a las drag queens les apetece vestirse como una Virgen, mofas satíricas por doquier y un sinfín de ejemplos que me resisto a continuar enumerando. Siempre he dicho que tenemos al principal enemigo en nuestra casa, y que mientras no seamos conscientes de la importancia de actuar, en determinadas cuestiones como la defensa de los derechos básicos propios, con la solidez de un bloque homogéneo, será imposible ofrecer una resistencia adecuada a los incesantes ataques contra nuestra fe cristiana. Los cristianos tibios, que tratan de justificar lo injustificable, nos hacen mucho daño.

Según algunos, el principal problema de nuestro país es la Iglesia, culpable de todos nuestros males como nación. Atacarla violentamente no es solo un derecho, sino casi una necesidad para avanzar socialmente, han de pensar. El odio les ciega, emponzoñando unos corazones que no vienen con oscuros prejuicios de serie, sino que por el contrario son adoctrinados a lo largo de generaciones para odiar al cristiano por defecto. Estoy convencido de que si se le preguntara individualmente a estos ciudadanos, repetirían los mantras habituales al estilo del tan manido «Espanya ens roba» cual papagallo, pero en el fondo no serían capaces de encontrar razones de peso para odiar a un cristiano por el mero hecho de serlo.

La única frontera que separa al ser humano de las bestias salvajes, a mi humilde entender, no es el raciocinio, del que hemos dado numerosas pruebas de carecer a lo largo de nuestra historia, incluyendo, por supuesto, determinadas actuaciones de nuestra propia Iglesia Católica que no vienen al caso. A mi parecer, el elemento que supone la frontera entre el orden y el caos, entre el ser humano y la jungla, es la ley, de la cual se garantiza su cumplimiento a través del poder judicial de nuestro estado de derecho. Por más que pese a alguno que aún se empeña en hacer ver que lo de España es una dictadura mientras que en otros países sometidos bajo el yugo del dictador bananero o chilabero de turno, la gente es feliz y todo va bien.

La legislación es el único instrumento que impide que nos devoremos los unos a los otros y que impere la ley del mas fuerte. Si no existiera, aquello del respeto no sería más que una bonita utopía inalcanzable. Por ello, la obediencia a la ley es la base de nuestra convivencia democrática como ciudadanos. La ley como concepto es susceptible de sufrir modificaciones, por supuesto, tal y como ha sucedido a lo largo de la historia, pero siempre utilizando los canales adecuados y correctos. Hablando de nuevo de conceptos, el principio básico de una ley es que ha de ser obedecida por los ciudadanos para una convivencia adecuada o, por el contrario, existen consecuencias perfectamente tipificadas. Insultar a una Hermandad o a un juez es insultar al sistema democrático y la división de poderes en el segundo de los casos y, en consecuencia, insultar a toda la sociedad que gira en torno a estos dos elementos. Tampoco debería ser gratis.

Espero que la actuación de este valiente juez, que ha llevado a cabo su tarea ateniéndose a la Constitución, sea un punto de inflexión para el universo cofrade. Hay cosas que no son tolerables, y los cofrades también tenemos una voz que hemos de alzar para decir… «deje usted de pisarme la cabeza, por favor». Yo, sinceramente, no le tolero que me agreda, pero sí le doy permiso para odiarme. Sin embargo, no me pida lo mismo a cambio. Soy cristiano.