No deja de llamarme poderosamente la atención y por ende de asombrarme cómo, a pesar de los tiempos en los que nos encontramos, sigue existiendo una increíble intolerancia no solo a la crítica – que indudablemente también – sino a la opinión más alejada de la adulación ciega, la permisividad y la absurda negación de lo evidente.
Fiel a esta dinámica que no parece dejar de planear sobre las distintas esferas de la recelosa comunidad cofrade, hace apenas unos días tuve ocasión de comprobar personalmente cómo, tras una animada conversación acerca de cómo había transcurrido la pasada Semana Santa, una chica se acercaba premeditadamente, haciendo un claro esfuerzo de contención, para “aconsejarnos tener cuidado con las hermandades de las que se discutía, puesto que nunca se sabe quién puede estar a tu lado”.
Tras dos segundos de desconcierto – durante los que solo me cupo pensar “¿o qué?” – y las consiguientes risas que la muchacha aprovechó para alejarse y así asegurarse de no recibir una réplica bien fundamentada, nos quedaron patentes varias cosas. La primera, la falta de escrúpulos de ciertas personas a la hora de sumergirse en una conversación privada a la que no han sido invitadas y el posterior acobardamiento al marcharse precipitadamente para no exponerse a recibir una respuesta, especialmente cuando se ha estado aguantando una indefinida cantidad de tiempo, envenenándose entretanto para soltar lo deseado en el momento más oportuno…para ella, claro está.
Lo segundo es la incomprensible intransigencia de algunos frente a una libertad de expresión que nos guste o no – que al parecer no nos gusta nada – existe y se puede hacer uso de ella, independientemente de que haya quien esté o no esté de acuerdo. Aunque probablemente, lo más llamativo de todo no sea la incapacidad de aceptar que uno puede opinar lo que quiera cuando quiera y con quien quiera, sino la casi divertida irritación que provoca escuchar la verdad. La verdad en su más amplio sentido, sin estar sometida a rencillas personales o percepciones tal vez subjetivas, amparada en hechos comprobables por cualquiera, pues cuando uno toma la determinación de dar prioridad a su teléfono móvil durante la estación de penitencia, de prestar su cirio a los colegas o, en definitiva, de comportarse como Dios le dio a entender, no puede desde luego pretender que quien lo presencia y lo condena – con razón – lo encubra como el que guarda un sucio secreto que, por descontado, le permitirá seguir haciendo de su capa un sayo sin que su censurable actitud sufra las consecuencias que realmente debería sufrir.





