Cuando Javier Martínez, arzobispo de la archidiócesis de Granada impuso la presea sobre la imagen de Nuestra Señora de la Esperanza, la hermandad había visto la fugacidad de un sueño materializado. Atrás quedaban meses de trabajo y esfuerzo, una obra social íntimamente ligada a la advocación de la Esperanza y multitud de actividades, como el congreso sobre José Risueño o la exposición que se celebró en el colegio de las Niñas Nobles, sede del Patronato Provincial de Turismo de la capital nazarí.
Pero todo ello mereció la pena cuando Javier Martínez subió al palio de la “Niña de Santa Ana”, a su vera, para coronarla ante la devoción de todo un pueblo que horas antes comenzaba a acercarse al primer templo de la archidiócesis. Durante su intervención, el arzobispo recordó durante una larga homilía la importancia de que los Hijos de Dios permanezcan unidos, para posteriormente centrarse en la esperanza, una palabra que recobró ayer más fuerza si cabe en una ciudad que contó con un itinerario bellamente exornado por los vecinos y corporaciones que aguardaban en sus respectivos templos la visita de una imagen con trescientos años a sus espaldas.

Mientras la ceremonia era retransmitida por televisión, todavía seguían llegando devotos al interior del templo, a la par que otros decidían acercarse a contemplar la alfombra con sales de colores que en la Plaza de las Pasiegas se postraría a los pies de una dolorosa que recibía las miradas de todos los granadinos. Minutos antes de las doce del mediodía, concretamente a las 11:55 horas, monseñor Martínez imponía la corona a la imagen dolorosa, en una ceremonia que se alargó hasta rozar las dos horas. En el momento de la oposición, los aplausos inundaron un templo que quedó pequeño para acoger el acto cofrade más importante del año en la ciudad del Genil.
“Lucero de la mañana” o “Granada con su Esperanza” fueron algunos de los lemas que las pancartas mostraron, colocadas en las céntricas calles así como en las del barrio del Realejo. Cuando la Esperanza cruzó el dintel, el sol apretaba con fuerza y tanto turistas como granadinos aprovechaban para cubrirse la cabeza en un silencio que se desbordó cuando la imagen de José Risueño recibió los primeros rayos del astro rey. Abandonó la céntrica plaza a los sones de “La Virgen Niña”.

La procesión, sin cortejo oficial, llegó hasta la calle Puentezuelas, donde se encontró con Nuestro Padre Jesús del Rescate, en una estampa para el recuerdo. A las puertas se encontraba la venerada imagen que recorrerá las calles el próximo sábado, produciéndose un momento que no recordaban las generaciones presentes. Tras abandonar la iglesia de la Magdalena, la dolorosa, ya coronada, se dirigía hacia la basílica de Nuestra Señora de las Angustias, para encontrarse con la principal devoción de los granadinos, en un recorrido que, a pesar de la afluencia no fue cortado por el tráfico, lo que provocó algunas críticas de los asistentes. Antes, en el monasterio del Santo Ángel Custodio, donde se encuentra el sagrado protector de Granada, el Santísimo Cristo de San Agustín, la titular de la corporación de la Esperanza se encontró con el crucificado manierista.
Tras visitar a la patrona, llegó a San Matías, donde se encontraba la Virgen de las Penas de la corporación de Paciencia y Penas. Precisamente frente al templo imperial la Banda de Música Santa María del Alcor hacía un alto en el camino ante las sevillanas que le cantaron desde un balcón, compuestas por Pepe Espinel. Más tarde hacía su entrada en la plaza castellana de Santo Domingo, donde a las puertas esperaba la copatrona, la Virgen del Rosario, que el día anterior recorrió las calles del barrio en su tradicional procesión.
Calles abarrotadas de público y una multitud que seguía acompañando a la Virgen de la Esperanza de camino a la iglesia de San Gil y Santa Ana. Minutos antes de las cuatro de la mañana, tras nueve horas de recorrido, el sueño de la Esperanza culminaba con la bella imagen entrando en su sede canónica y dejando tras de sí una jornada para el recuerdo.






