Con el traslado de la Virgen de la Esperanza desde Santa Ana hasta el primer templo de la archidiócesis, Granada se teñía de verde con motivo de la coronación pontificia de la imagen de Risueño. Trescientos años después de su hechura, la “Niña de Santa Ana” sería coronada en la mañana del sábado por Javier Martínez, actual arzobispo de la capital granadina. Como no podía ser de otra manera, la homilía que pronunció durante la coronación pontificia giró en torno a la esperanza.
Al principio de su intervención el prelado afirmó que “no hay nada tan bello en el mundo como el Pueblo Santo de Dios; como la Iglesia reunida. Es un espectáculo precioso”, para pasar a afirmar que “La Iglesia es el Pueblo santo de Dios. Pues, el Pueblo santo de Dios realiza ideales que hoy, por las circunstancias del mundo, tienden a deshilacharse y a desvanecerse. Primero, es uno de los pocos espacios de libertad que quedan en el mundo. Nadie viene aquí obligado. Nadie va a celebrar la Eucaristía obligado. Junto al Señor y junto a la Virgen, brota la libertad”.
Posteriormente continuó girando su homilía en este eje, en el que se enmarca el pueblo cristiano y la Iglesia. Recordó a los asistentes que “la Iglesia es un espacio de comunión” para aseverar a continuación que “hoy tengo el honor y el privilegio de poder coronar la imagen de Nuestra Madre, a Nuestra Señora de la Esperanza”.
Más adelante se centró en la Virgen de la Esperanza, reafirmándose en que “celebrar a Nuestra Señora de la Esperanza. Es verdad que cualquier advocación de la Virgen está llena de implicaciones para nuestra vida. La Virgen es Aquélla que ha abierto la nueva humanidad que brota del costado abierto de Cristo. Es la primera Redimida. Es el Espejo de la Iglesia. Los primeros cristianos, en los primeros siglos, veían sobre todo en Ella justo la imagen de la humanidad redimida, representada en Ella de una manera simbólica, para que nosotros pudiéramos saber cómo son nuestros caminos ante el Señor, llamados como Ella a que Cristo viva en nosotros; a que cada uno de nosotros podamos decir como Ella “soy yo, pero no soy yo, es Cristo quien vive en mí”; a que podamos acoger la Redención de Cristo y la vida nueva de Cristo, llamados a participar como Ella, en el Cielo, de la herencia del Hijo de Dios, de la herencia de los que por gracia hemos sido hechos hijos de Dios, de Dios mismo, del Reino de los Cielos, de la vida divina”.
Tras hablar sobre el optimismo y la esperanza, el pastor de la Iglesia en Granada refirió “Madre de la Esperanza -en este bien, el más escaso de nuestra sociedad, como esperanza verdadera-, Te suplicamos que nos acerques al Misterio de tu Hijo, y que la experiencia del Amor de tu Hijo haga renacer en nosotros esa Esperanza, que ha hecho lo más grande de nuestra historia. En nuestra historia hay muchas miserias. Pero tengo la sensación que vivimos muchas veces demasiado flagelándonos por esas miserias, como si no hubiera más que eso, y terminamos transmitiendo la impresión de que nuestra historia es una historia de miserias. En absoluto. (…) ¿Nos avergonzamos de esa historia? En absoluto. Porque es una historia de Fe, de Esperanza y de Amor. Y esa historia produce la humanidad más bella… Yo reto a cualquier historiador, a cualquier persona de cualquier cultura, a que presente en la historia un hecho, un acontecimiento, una historia más bella que la del Pueblo cristiano. Y a debatir con él en cualquier foro, en cualquier aula. No la hay. Es una historia de santidad, de fe, de entrega; de entrega silenciosa de millones. Es una cultura de amor, hecha por millones de madres cristianas, por millones de padres cristianos, por un pueblo que no ha sido producido en la historia por nada, más que por el Acontecimiento de Cristo. Nunca, nada tan bello. Nunca, nada tan humano. Porque lo grande de encontrar a Cristo es que nos permite ser humanos. Perdemos a Cristo y pensábamos que no íbamos a perder nada de la humanidad. Hemos perdido nuestra humanidad”.
Por último, llamó a los asistentes a “empezar de nuevo, llenos de esperanza, por el Poder Redentor de Cristo y por la intercesión de su Madre, y de la mano uno con otros para hacer un mundo que corresponda a los deseos del corazón de todos los hombres. Cristo ha muerto por todos. De todos los hombres. A todos les queremos ofrecer nuestro amor, nuestra esperanza y nuestra alegría”.
Pueden escuchar la homilía completa pulsando aquí.
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