Evangelium Solis, 💙 Opinión

“Estos mandatos son vuestra sabiduría”

La mejor guía para crecer en la fe y ser buenos cristianos siempre es la Palabra de Dios. Siendo éste un tiempo de proyectos podemos darle a la “Lectio Divina” un espacio permanente en nuestro horario cotidiano. Porque la Palabra de Dios no puede ser solamente escuchada, hemos de dejarla que anide en nuestro corazón, en nuestro interior, para que siendo viva, se haga vida en nuestras obras.
Por ello, llega un nuevo Evangelium Solis a Gente de Paz.

Lectura del santo Evangelio según san Marcos

En aquel tiempo, se reunieron junto a Jesús los fariseos y algunos escribas venidos de Jerusalén; y vieron que algunos discípulos comían con manos impuras, es decir, sin lavarse las manos. (Pues los fariseos, como los demás judíos, no comen sin lavarse antes las manos, restregando bien, aferrándose a la tradición de sus mayores, y al volver de la plaza, no comen sin lavarse antes, y se aferran a otras muchas tradiciones, de lavar vasos, jarras y ollas).

Y los fariseos y los escribas le preguntaron: «¿Por qué no caminan tus discípulos según las tradiciones de los mayores y comen el pan con las manos impuras?».

Él les contestó: «Bien profetizó Isaías de vosotros, hipócritas, como está escrito: “Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí. El culto que me dan está vacío, porque la doctrina que enseñan son preceptos humanos.” Dejáis a un lado el mandamiento de Dios para aferraros a la tradición de los hombres».

Llamó Jesús de nuevo a la gente y les dijo: «Escuchad y entended todos: nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace impuro al hombre. Porque de dentro, del corazón del hombre, salen los pensamientos perversos, las fornicaciones, robos, homicidios, adulterios, codicias, malicias, fraudes, desenfreno, envidia, difamación, orgullo, frivolidad. Todas esas maldades salen de dentro y hacen al hombre impuro».

Palabra del Señor

El evangelio de hoy presenta una de las polémicas de Jesús con los fariseos y maestros de la ley acerca de la verdadera piedad. El judaísmo farisaico había llegado a imponer una forma de practicar la religión, que la reducía a meros ritos, ceremonias y conductas exteriores, hechas con el fin de contentar a Dios. Los fariseos y los llamados “maestros de la ley”, eran los que interpretaban lo puro e impuro, lo lícito o lo ilícito, conforme a una serie de normas extraídas sobre todo del libro del Levítico.

Así, habían transformado la religión en una moral de preceptos menudos que pervertía la ley dada por Dios a Moisés, y que llegaba a normar las tareas más simples y ordinarias de la vida doméstica como el lavarse las manos o purificar vasos, jarros y bandejas. Siempre el culto y las prácticas escrupulosas de la moral han servido de pantalla para escamotear las verdaderas exigencias de la fe.

En el antiguo testamento abundan las advertencias de los profetas contra esta pretensión humana de manipular lo divino y reducir la religión a normas externas y costumbres sin práctica de la justicia. Así dice el Señor: «Este pueblo me honra con los labios, pero su corazón está lejos de mí y el culto que me rinden es puro precepto humano, pura rutina» .

Jesús, en la línea de los grandes profetas de Israel, mantiene y profundiza el espíritu de la ley mosaica, pero aboga por una pureza interior, que se manifiesta en una vida conformada por entero con la voluntad de Dios. Hace ver que Dios busca el interior de la persona, de donde nacen los afectos y los sentimientos, y en donde reside la sinceridad y la autenticidad de la persona. Por eso denuncia: “Ustedes dejan de lado el mandamiento de Dios, y siguen las tradiciones de los hombres”. Y proclama: “Nada que entre de fuera puede hacer al hombre impuro; lo que sale de dentro es lo que hace al hombre impuro”.

El cristiano sabe, por tanto, que lo importante para Dios no son las acciones religiosas que se cumplen por tradición, o las normas morales que se cumplen como imposiciones externas, sino el compromiso de toda la persona en la búsqueda constante de la voluntad de Dios, que irá siempre en la perspectiva de amar y servir.

San Pablo en la carta a los Romanos nos da esta norma segura de actuación: Les pido, hermanos, por la misericordia de Dios, que ofrezcan sus vidas como sacrificio vivo, santo y agradable a Dios. Este ha de ser su auténtico culto. No se acomoden a los criterios de este mundo; al contrario, transfórmense, renueven su interior, y así discernirán cuál es la voluntad de Dios, qué es lo bueno, lo que le agrada, lo perfecto»

Profundizando más en el sentido de la religión auténtica debemos decir que quien se guía por el Espíritu del Señor se deja liberar internamente para obrar con libertad en una vida santa al servicio de los hermanos. La nueva ley de Cristo, que su Espíritu inscribe en el corazón del creyente, consiste en amar a los demás como Él nos ha amado, privilegiando a los pobres y a los humildes.

En esto consiste la «religión pura y sin mancha a los ojos de Dios nuestro Padre», según el apóstol Santiago. Y San Juan es enfático al afirmar que el amor constituye el criterio de verificación de nuestro amor a Dios: ¿Cómo puedes decir que amas a Dios a quien no ves, si no amas a tu hermano a quien ves?. Este es su mandamiento: que «quien ama a Dios, ame a su hermano». Por eso, «no amemos de palabra y con la lengua, sino con hechos y de verdad».

En el texto anterior a este pasaje, los discípulos no habían comprendido el simbolismo del pan que se comparte. En el texto de hoy se subraya el mo­tivo: no comprender el significado del pan significa no creer en el amor, quedarse apegados a la ley. Esa dificultad que tuvieron los discípulos de Jesús amenaza a la Iglesia en su misma esencia.
Por eso, para superar este riesgo, venimos a la eucaristía. Comulgamos en el pan único y compartido y recibimos la acción del Espíritu Santo que, al santificar nuestras ofrendas de pan y vino, nos capacita para formar, en Cristo, un solo cuerpo y un solo espíritu.

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