Córdoba

El Finito más cofrade conquista el Coso de Los Califas al son de dos marchas procesionales

Sobradamente conocida es la vinculación existente entre el mundo de la tauromaquia y el universo cofrade, como manifestaciones artísticas que son, que se materializa en miles de episodios que son prueba fehaciente del nexo común entre dos conglomerados en los que la mezcolanza entre la música y la estética propician el perfecto caldo de cultivo para que la emoción, la tradición y el sentimiento confluyan para concebir momentos únicos e irrepetibles. Una relación que se alimenta también de miles de piezas patrimoniales que forman parte del ajuar de decenas de imágenes devocionales y tienen su origen en trajes de torear o capotes de paseo o que han sido financiadas, a lo largo de las décadas, por matadores de toros.

Como sobradamente conocida es la relación de Juan Serrano «Finito de Córdoba» con las cofradías cordobesas, evidenciada en su indiscutible devoción por la Virgen de los Dolores y Jesús Caído y que alcanzó uno de sus puntos culminantes cuando pronunció, en el Gran Teatro, el pregón de la Semana Santa de Córdoba del año 2015. Este viernes, el Coso de los Califas, ha sido testigo de una nueva muestra de esta interrelación por obra y gracia del diestro cordobés y la Banda de música del Santísimo Cristo del Amor, encargada de poner el contrapunto musical cada año al derroche de arte y fantasía que, a través de un capote o una muleta, desgranan los toreros sobre la arena de la plaza cordobesa.

Y es que las dos faenas que Juan Serrano ha desarrollado sobre la arena sagrada de la plaza de Córdoba, no han sido acompañadas de los habituales pasodobles sino de sendas marchas procesionales que la formación musical del Cerro, que cada Domingo de Ramos acompaña a María Santísima de la Encarnación camino de la Santa Iglesia Catedral, ha querido que se fundieran con el buen hacer de Finito, que ha agradecido con gestos ostensibles su interpretación que no ha sido casual sino petición expresa del diestro, como ingredientes perfectamente concebidos para cuajar una tarde para la memoria.

Una tarde memorable que, más allá de cuestiones técnicas -de ello les hablará el cofrade Salvador Giménez en su crónica diaria de El Día de Córdoba mucho mejor de lo que jamás podría hacerlo yo- podía haber sido tal de no ser por la irracionalidad del presidente del festejo que ha truncado la posibilidad de que el maestro abriese la Puerta Grande, erigiéndose como triunfador de la Feria, tal y como ha entendido que merecía la inmensa mayoría del público asistente, e incluso la propia banda que, en un claro desaire al presidente, interrumpió el pasodoble que acompañaba el devenir del diestro durante la preceptiva vuelta al ruedo que Finito hizo sin la única oreja obtenida cuando merecía dos, para comenzar a interpretar el pasodoble «Manolete», reservado para los toreros que abren la Puerta Grande del Coso de los Califas, cosa que hubiese ocurrido de haber recibido las dos orejas que merecía.

Vídeo | Luis Carlos Ruiz

Una Puerta Grande que, si bien no físicamente, Finito de Córdoba ha logrado abrir sentimentalmente entre la mayor parte de los aficionados que se han dado cita en la plaza y, particularmente, entre los muchos cofrades que poblaban los tendidos en virtud del arte derramado sobre la arena del coso por el Finito más cofrade, que ha conquistado, una vez más el Coso de los Califas, su plaza. Dos marchas con pellizco: «Callejuela de la O», adaptada por Martín Salas en base a la bulería «Amanecer en Triana» de Paco Lola y «Mi Amargura», una deliciosa pieza concebida por Víctor Ferrer, dedicada a la dolorosa granadina homónima, cuya acertadísima elección obedecerá a razones que solo los implicados conocerán, pero que han logrado fundirse con el capote del maestro para lograr una nueva simbiosis para el recuerdo entre los Toros y la Semana Santa.

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