El orbe cofrade vive su particular tiempo de hibernación estival en el camino que transcurre hacia un nuevo curso cofrade saturado de incertidumbre con múltiples interrogantes en diversos frentes que, desde el comienzo de la pandemia, han supuesto una maraña de infortunios hasta el punto de no saber como darles solución a estas alturas de la pandemia.
Si bien muchos fardan de poseer el secreto para concelebrar la Semana de Pasión, al menos lo más parecida posible a la de antaño, otros se afanan por convencer de que el próximo año volverán las procesiones a nuestras calles y plazas como si del despertar de una pesadilla se tratase. Lo que está claro es que, como he comentado en anteriores artículos, el transvase de cepas de esquina a esquina de nuestro aletargado planeta hace casi imposible el prever a ciencia cierta la posibilidad de ni siquiera plantearse en sacar las imágenes en andas, como muchos apostaron en un principio. El factor «bulla» se cargó por completo la ecuación procesional, que si bien el problema más superlativo que tenía era el de los cargadores y costaleros, nunca contó entre sus pensamientos con la más que probable aglomeración de personas y su consecuente perjuicio para la salud pública.
Así pues, la solución no está clara y en más de un año no se ha esclarecido cual sería la respuesta acertada. Por más que el gobierno andaluz se afane en encontrar una fórmula infalible, una manifestación de piedad popular sin público contrapone el significado de este vocablo.





