No, no voy a poner la letra de esa famosa canción de Barón Rojo, pero si la semana pasada hablé de las miserias por llegar a la vara de poder de las Hermandades, hoy voy a cambiar.
Hoy soy crítico con aquellos que nos recuerdan que todavía seguimos siendo hijos de Caín pese a que estemos redimidos por nuestros pecados por aquel que fue crucificado en Jerusalén, aquellas personas que con tal de intentar destruir un objetivo común se unen aunque previamente se clavaron cuchillos hasta intentar acabar con ese objetivo y no sólo en la vida diaria.
Volvemos a la vida cainita, en la que levantar quijadas es lícito con tal de la gloria personal, en el que se escuchan a lo lejos los golpes de pecho por ver quien es el más poderoso en los días previos a lo único que queremos escuchar muchos son los tambores de las bandas.
Llegan los intentos de llegar a la razón con las falacias más ruines con tal de poner la zancadilla a personas que en muchos casos no tienen culpa, pero sus egos son los que crecen, no su razón. Su razón se pierde cuando las caretas se caen, cuando aquellos que creyeron las falacias y dieron el golpe de quijada que creían mortal y que, como en el caso de Caín, descubren que han intentado acabar con sus hermanos, mientras que los que dirigían con sus mentiras siguen en sus cuevas esperando otro momento para volver a la carga.
Lo peor, es no poder decir nada por no tener pruebas; lo mejor, es haber podido esquivar la quijada mortal que pretendían dar.





