¡Inocente!

Hoy en día todos concebimos el término inocente como el de alguien que está totalmente libre de culpa, es decir, carente de malicia o de acciones perjudiciales para el prójimo. Pero, ¿de dónde procede el término inocente? y lo más importante, ¿quienes acuñaron primero el concepto?.

Nuestra cultura junto con la Hispanoamericana mantiene la celebración de los Santos Inocentes cada 28 de diciembre, una jornada que se sirve de bromas, folclore y diversión para conmemorar la matanza de niños nacidos en Belén en el año 0. Sí, exacto, un infanticidio. Actualmente, ni se nos pasaría por la cabeza celebrar la matanza de los judíos en el holocausto Nazi o el holodomor soviético en Ucrania e incluso la muerte del ciudadano afroamericano George Floyd.

Me da igual si eran 20 o 30 los niños que padecieron la barbarie del tarado Herodes I El Grande, lo realmente problemático es que nos escudamos en una celebración basada en la muerte para hacer bromas, algunas tan rocambolescas que rozan el escándalo. Nadie es capaz de denunciar esto porque se ampara en una tradición y porque en este día sí nos valen las tradiciones.

Probablemente, si la tradición se muestra a través del «maltrato animal» o rememorando lo que mucha gente llama genocidio sin precedentes, como es el caso de la tauromaquia, con puntería milimétrica, hubiese sido denunciado ante el más alto de los tribunales. Es el sentido común de nuestro país. Algo extrapolable a la importancia de los bebés y personas mayores en nuestra sociedad y «nuestra defensa de la vida», algo que declaramos como derecho intocable y absoluto sobre los inocentes.

Qué le vamos a hacer, así somos. «Inocentes», todos, víctimas de este «imparcial» sistema abanderado de las vidas que realmente importan. Las demás continuaremos denunciándolo por aquí.