El Cirineo, Opinión

La agonía de la procesión más importante del año por la indiferencia de fieles y organizadores

La ciudad de Córdoba se ha convertido, esta calurosa tarde de domingo, en un inmenso sagrario en el que, a pesar de los pesares que analizaremos a continuación, ha reinado inexpugnable Su Divina Majestad, el mismísimo Dios, que ha derramado su verdadera esencia por los corazones -pocos- que han salido a su encuentro. Todo ello con independencia del incidente técnico que provocó que el paso con la Custodia de Arfe tuviera que quedarse en el Patio de los Naranjos, provocando la insólita e histórica imagen de una procesión del Corpus con el viril con el Santísimo en mano, lo que no ha impedido que el corazón de la ciudad se rinda a las plantas de la magnificencia inabarcable de la presencia infinita del Amor de los amores, sembrando la semilla de la fe verdadera por obra y gracia de la auténtica presencia del Altísimo, pese a la exigua presencia de fieles que han acudido a la llamada. Otra cosa son sus habitantes…

Y es que, se mire como se mire, estamos ante una procesión que está lamentablemente anclada en el pasado, herida de muerte, inmersa en la mil veces repetida encrucijada que mantiene su mismísima existencia sometida a la controversia que se debate entre la revitalización y el desinterés. Sumida en un círculo vicioso. Huérfana del necesario atractivo que logre despertar el interés entre quienes no han sentido la necesidad de encontrarse cara a cara con Jesús Sacramentado, y precisan que se toquen ciertos resortes para sentir convocada su presencia, y aquellos que estiman que no hay que realizar esfuerzos para evangelizar. 

Una apatía que desde determinadas instancias cofrades, Agrupación y hermandades, se han afanado recientemente en paliar, tal vez tarde -con honrosas excepciones-, olvidando que las cosas de Palacio van despacio y cuando se trata del Palacio Episcopal aún más despacio. Tal vez la revolución planteada en el año 2018 por el equipo que por aquel entonces presidía Francisco Gómez Sanmiguel, que existir existió, como saben perfectamente los actores que protagonizaron el intento, pueda materializarse algún día, aunque vista la sistemática negativa perpetrada por quienes deberían favorecer el cambio ha propiciado que en años sucesivos, ni siquiera se haya intentado -o con poco énfasis, aunque la mano sigue tendida desde Poniente-. Negativa que provoca que haya que ser muy pesimista al respecto.

Una revolución necesaria, imprescindible para intentar lograr lo que a otros parece no importarles, convertir esta manifestación de religiosidad popular en una procesión masiva en todo su recorrido, no en la salida y en dos o tres puntos del itinerario, y que Dios salga a las calles verdaderamente rodeado de miles de cordobeses. Y no perdamos de vista otro elemento nocivo de este círculo vicioso: corremos el riesgo de que, aunque los termómetros hayan comenzado a volverse locos, como este año no hemos padecido, por poco, el terrible calor de otros años, y ha habido una afluencia algo mayor de público, haya quien diga que no son precisos los cambios… y así hasta el infinito.

El resultado de lo que ha acontecido este nuevo domingo de Corpus por los alrededores de la Catedral, ha vuelto a demostrar la victoria inmisericorde de la más absoluta indiferencia. Una desalentadora realidad que muchos pensamos que perdurará en tanto en cuanto no se produzcan las deseadas y mil veces apuntadas reformas para devolver a la vida a esta procesión arcaica y anacrónica que tal cual está concebida interesa cada vez a menos cordobeses. Hay que reconocer, eso sí que se apreció algo más de público que años precedentes. Pero que haya público a la salida de la Puerta del Perdón y en la mitad de Magistral González Francés a mi me sabe a poco, cuestión de exigencia supongo. Recuperando lo manifestado en años previos, no hay más sordo que el que no quiere oír ni más ciego que el que no quiere ver. Por cierto, decir que había cientos de fieles esperando a Su Divina Majestad en el Triunfo, haciendo creer que se trataba de público cuando en realidad eran los miembros del cortejo los que allí se habían situado, bordea ya el ridículo.

La procesión del Corpus de Córdoba permite pronosticar con antelación cuestiones tales como dónde va a existir una asistencia de público reseñable y en qué partes del recorrido, cortejo y custodia van a desfilar en medio de una triste y desangelada escasez impropia de la que debería ser la procesión más importante del año, a causa de la dejación a la que se halla sometida desde hace décadas. Si realmente se quiere evitar que la agonía se termine convirtiendo en muerte segura, basta con preguntar entre los cofrades de esta ciudad, que son los verdaderos expertos en organizar procesiones, qué resortes habría que tocar para que la procesión que preside, no lo olvidemos Jesús Sacramentado, su Divina Majestad, el mismísimo Dios vivo, tuviese la importancia requerida y despertase el interés entre aquellos que probablemente no sean conscientes de la importancia que ha de tener un acontecimiento de estas características. Y, oigan, si realmente les parece que ha habido muchísimo público, que para eso cada cual ve las cosas según el color del cristal con el que mira, para ustedes la perra gorda, ha habido muchísimo público -conste que no se lo compro-, pero yo me pregunto: ¿qué tiene de malo hacer todo lo posible para que éste se multiplique?

No basta con subrayar la presencia de Dios. La obligación de la Santa Madre Iglesia es la de evangelizar y si el común de los mortales no es consciente de que la custodia de Enrique de Arfe lleva en su interior la representación del auténtico Dios, es responsabilidad de quien organiza la procesión añadir al evento todo lo que sea imprescindible para congregar al mayor número de público posible, por mucho que a algunos les parezca parafernalia, así de claro. Algo que tuvieron perfectamente claro quienes protagonizaron el Concilio de Trento parece ser olvidado sistemáticamente por quienes tienen la responsabilidad de organizar, repito: la procesión más importante del año en la ciudad de Córdoba, que se desenvuelve entre un público a mi juicio manifiestamente escaso, salvo en los puntos reseñados del itinerario.

En ocasiones da la sensación de que fuese malo incorporar elementos a una procesión como se incorporan en el resto de procesiones que durante el densísimo calendario cofrade trufan semana sí semana también las calles de esta ciudad sin que a nadie, Palacio incluido, le parezca mal. ¿Por qué nos empecinamos una y otra vez en no proporcionar a esta procesión de los añadidos precisos para que las calles estén a reventar como ocurre con otras ciudades de nuestro entorno que comparten cultura cofrade con nosotros? Ya sabemos que la presencia de Dios es lo más importante, pero si hasta el momento no es suficiente para inundar las calles de fieles, hagamos que lo estén incorporando el aderezo que sea menester, por muy superfluo que pueda ser o parecer. A veces el fin sí justifica los medios.

Si de este modo logramos que muchos, que al parecer tienen cosas más importantes que hacer cuando Dios pisa las calles que ir a rendirle pleitesía, se acerquen, bienvenido sea. A fin de cuentas en eso consiste la religiosidad popular, ¿no?, en utilizar determinados resortes, recovecos o atajos, para hacer llegar al pueblo el mensaje de Dios. ¿Por qué nos negamos a utilizarlos para hacerles llegar al mismísimo Dios? Les hablo de público, porque habrá quien diga que alrededor de la Custodia iba mucha gente. Ya les digo yo que sí y se lo demuestro gráficamente. Sólo faltaría que la Iglesia, a través de todos los medios de los que dispone, no fuese capaz de que así sea. Quienes iban cerca de Dios ya están evangelizados. Son los otros el objetivo a conquistar. Tal vez a algunos semejante densidad de público le parezca suficiente. Otros aspiramos a mucho más.

Mientras todos estos elementos cuya implantación aconseja cualquier lógica básica no se adopten, en Córdoba continuaremos dejando que la procesión del Corpus agonice lentamente ante la mirada impasible de quienes tienen el poder de evitarlo, entre la autocomplacencia de quienes repiten hasta el hartazgo que había muchísimo público, y por más que quienes se esfuerzan en participar en ella, de manera heroica, cortejo y público, ofrezcan su sacrificio para intentar dar el mayor brillo posible a una procesión que ha de ser una fiesta y no una heroicidad. Queda algo menos de un año para la próxima. ¿Se pondrán realmente a trabajar quienes pueden y deben hacerlo para revertir esta situación de trámite y triste condena de muerte que asola a este acontecimiento herido de hastío y de grandes dosis de suficiencia?