La solemnidad de nuestros cultos, me refiero a todas nuestras hermandades, es como una muestra de respeto elevado a Dios, a su gloria, y motivo de soberbio orgullo, de los responsables del mismo, y de los hermanos que en ellos participan, sin olvidar, que la soberbia es un pecado capital.
Hay que ser extremadamente cuidadoso, para que la solemnidad no de muestras de altivez, y por supuesto no sea jactanciosa, que tampoco sea arrogante, ni vanidosa, evitando que sea inmodesta y mucho menos altanera, que no parezca que la solemnidad sea presuntuosa, ni mucho menos pedante. La solemnidad ha de ser necesariamente una muestra de respeto totalmente natural, sencilla, y consciente de lo que se está haciendo en un momento dado.
Recordad que lo contrario de soberbio es humilde, llano, sencillo y modesto, y es que en la actualidad hay mucho exceso de soberbia en los actos, y pocos actos soberbios, un acto soberbio es una acto magnífico, majestuoso, formidable, colosal, insuperable. Y ahí es donde está la dificultad de no excederse, la dificultad es hacer nuestros cultos con muestras de humildad, modestos y sencillos.
Lo solemne y lo soberbio están separados por una leve línea inapreciable, pero que se difumina aún más por los excesos de candelería, de flores, de invitados, de teléfonos realizando vídeos y fotografías. Cuando lo solemne se repite constantemente y con demasiada frecuencia se transforma en algo ordinario, natural, y los actos pasan de ser soberbios a ser cotidianos, todo se difumina y se pierde.
Los excesos de solemnidades nos están saturando los sentidos, están consiguiendo que la vista ya no aprecie ningún detalle, que el oído pierda sensibilidad por un bombardeo constante de audiciones, que el olfato esté embotado, y que la piel ya se niega a poner de punta el vello, y es que la saturación de solemnidades y de soberbios actos nos están volviendo menos sensibles, y llegará el momento en que todo soberbio acto, sea considerado una simple apariencia, y la apariencia es solo eso apariencia, perdiéndose en este momento la solemnidad, y con ello el respeto debido a lo que estamos haciendo, respeto elevado a la gloria de Dios, y es que los humanos somos capaces de romper lo que bien está, para conseguir estar bien nosotros.





