Fue en medio de una noche de tertulia cofrade, soñando con una nueva Semana Santa en nuestras calles y plazas, cuando el teléfono sonaba para comunicarnos la peor de las noticias, el fallecimiento de nuestro hermano cofrade y amigo Gabino Puche.
Solo el silencio y las lágrimas acompañaron esos largos minutos, dónde los recuerdos, uno tras otro, venían a nuestra cabeza mientras intentábamos asimilar lo que acababa de ocurrir. De camino a casa y antes de meter la llave en la cerradura, volví mi mirada hacia la calle San Andrés y recordé cómo noche tras noche, hiciera frío o un calor abrasador, estuviera el templo abierto o la madrugada jugueteara en los minuteros del reloj, nuestro amigo que nos acababa de dejar, de manera fiel, había acudido a rezarle a la que era el Alcázar de su vida ¡Siempre la Virgen en su pensamiento!
Esta noche no me había acompañado hasta mi casa, pero estaba conmigo, así que puse a toda pastilla en el reproductor «Mektub», era la marcha que se me venía a la cabeza. Él probablemente hubiera mandado sonar «Encarnación Coronada» porque era más de “bombo y platillo”, pero yo elegí esa marcha para que sonara una y otra vez mientras repasaba fotografías de nuestras múltiples vivencias juntos.
Y una interminable madrugada llegó a su fin para dar entrada a la mañana y con ella, la noticia por las calles de la realenga ciudad, de que uno de sus hijos más leales había retornado hacia la casa del Padre.
Gabino era baezano a más no poder, amante, defensor y gran embajador de la misma allá donde se encontrara. Llevaba a gala el ser de Baeza, era la “niña de sus ojos”, soñaba con ella, se abrazaba a sus calles, vivía por cada uno de sus suspiros y se desvivía como si de su mayor amor se tratara.
Amante de la cultura, del mundo del toro, del arte, la literatura, lo militar, el teatro, el cine…no faltaba a ninguna cita, siempre estaba allí, siempre fiel a Baeza, sus costumbres y tradiciones.
Y como buen baezano era cofrade, pero no uno cualquiera, uno con mayúsculas. De cuna de la Virgen del Alcázar y del Señor de Baeza, del Señor del Paso y tras ella, de un número importante de corporaciones penitenciales y de glorias de la ciudad. Cuando conversábamos, nos decía: “de cada una de ellas soy por un motivo diferente, pero todas las llevo en mi corazón”, y es que, a nuestro amigo Gabino, “le encantaba un santo aunque fuera de cartón piedra”. Durante décadas, trabajó de manera incansable por nuestras Cofradías y Hermandades, ocupando puestos de responsabilidad en juntas de gobierno.
Pero su misión se extendió más allá puesto que no había comisión organizadora que se le escapara. Todos llamábamos a su puerta porque sabíamos que de su mano nada podía fallar. En la memoria quedará el tercer centenario de la Caída, el L aniversario de la Fervorosa, el XXV aniversario de la Santa Cena, el IV centenario del Juramento Inmaculista de la ciudad de Baeza, el aniversario de la refundación de “Las tres Marías” o el L aniversario de la llegada a Baeza del Cristo del Calvario.
Este que les escribe tuvo la suerte de trabajar con él en múltiples ocasiones. “¿Habéis terminado ya de hablar? Pues bien, ahora me toca a mí”, frase esta mítica en noches de comisión y reuniones de mesa camilla, preparando el congreso regional de la Virgen del Carmen, la despedida de nuestro querido D. Miguel, el Año Jubilar Avilista, el homenaje a San Fernando, la última “Fiesta de Espigas” en casa de nuestros amigos Ramón y Conchi o la llegada a Baeza de nuestra Madre de Dios. “Ella tiene algo nuestro”, me decía emocionado.
No había evento que se le resistiera organizar, hacía de lo imposible lo posible, siempre dando ánimos y buenos consejos para que todo saliera a la perfección. Que hay que preparar la primera visita a Baeza de un Obispo, allí que estamos, que hay evento diocesano, que Baeza siempre esté a la altura. Bajo las bóvedas de la S.I. Catedral hemos compartido noches de vigilia como adoradores nocturnos, de rodillas frente al amor de los amores.
Allí en la Catedral, desarrolló una labor fundamental en la junta administrativa de la misma, siendo hasta el último momento un pilar fundamental en ella. Por su faceta profesional, ayudo de manera altruista a toda Cofradía que requería sus servicios, siempre de manera discreta y buscando el bien de los sagrados titulares.
Me van a permitir ahora, que mi corazón despida a un buen amigo cofrade, con el que pude compartir no solo grandes momentos cofrades, sino también personales. Él siempre bromeaba que era su becario en nuestra Catedral, cuando preparábamos las grandes solemnidades ¡Cuánto más solemne mejor! Él me enseñó todo lo que se de protocolo religioso, mi mentor en la organización de “boliches” y eventos religiosos de todo tipo. Siempre con cariño, mostrándose orgulloso de lo que nos había enseñado ¡Ya hasta teníamos nuestro “Comando B” para celebraciones religiosas a lo grande! Y cómo no ¡la tramoya es la tramoya! Y en esa tramoya aprendí aún más de su persona y figura. Nos faltó esa comisión tan deseada, pero no te preocupes, algún día nuestra Madre será coronada.
Dejas un gran vacío en nuestros actos, en nuestros rosarios, en nuestras excursiones para ver “santos” en cualquier punto de la geografía y, sobre todo, en nuestros corazones, donde siempre estarás. Nuestras noches de tertulia hasta bien entrada la madrugada nunca volverán a ser lo mismo, pues disfrutábamos escuchándote hablar sobre Baeza, nuestras Cofradías, historias, anécdotas y, sobre todo, las risas, las muchas risas y las tantas expresiones que nos has regalado y que quedarán para siempre, recordándote con muchísimo cariño y sobre todo admiración y respeto. Añoraremos tu «alma se serena» en nuestras tertulias; en el “Capirote”, con tus “hornazos” y como no, tus amigos del “Sine Labe”, la “élite” de las tertulias, como decías, e indudablemente tus “corderos del Buen Pastor”.
Querido Gabino, cuando preparamos los actos de la llegada a Baeza y bendición de la Madre de Dios de “Las Escuelas”, recuerdo que le prometiste a la Virgen que no la verías hasta el día de la bendición y así fue. Cuando la Virgen atravesó la puerta de la capilla que da acceso al patio, vi como las lágrimas brotaban en tus mejillas mientras el sol de media tarde acariciaba por primera vez su rostro. No me cabe la menor duda de que hoy habrá sido Ella la que habrá salido al cancel del cielo a recibirte, llorando pero de alegría, entre aromas a juncia y romero, como si de un amanecer del día del Corpus Christi se tratase. ¡Háblale de todos nosotros! Dile que la queremos muchísimo y que le estamos preparando sus zapatos para que salga pronto a nuestras calles y plazas ¡Que vamos a seguir trabajando para Ella! ¡Sigue poniendo orden desde el cielo! Y no te olvides de nosotros, porque vamos a seguir necesitando de tu ayuda. ¡Nos vemos en La Trabajadera del cielo!





