De madrugada, como cuando se cierran las puertas de tu casa aquí en la tierra cada Domingo de Ramos, como ahora, que todo está cumplido, me entero de tu adiós.
Espero que no le importe al amigo Valentín que la use, pero es que por mejor fotógrafo que sea, no es la foto lo importante.

Te conocí hace muchísimos años, nos hemos visto y hablado fuera de la Hermandad, cuando se hablaba de la familia y del día a día. Era verte y se que como a todos, el corazón se nos podía llegar a reblandecer.
Tú mismo, eras todo corazón. Bueno, bueno, bueno hasta decir basta, siempre sonriente, ni una voz más alta que otra y siempre, tu bigote como pórtico a la sonrisa, tan importante siempre, amigo.
Te vas, dejando una corta conversación el Domingo de Ramos como última escena en vida, última risa, último abrazo, último caminar hacia tu Iglesia, al volverme y verte con tu bastón, muy despacito, pero encaminado hacia tu casa, como ahora, pues a tu casa vas.
La foto de Valentín no es ni buena ni mala en esta ocasión, pero es tan buena a la vez que es única, pues es oro fino bordado el nombre de la credencial que llevas en tu solapa.
Así es tu definición, ya no solo en la Hermandad, sino en la vida.
«Servidor». Servidor puede leerse en el blanco y negro de la instantánea, que hace más lúgubre tu ida, pues, eras luz y color a tu llegada.
Si hay personas celestiales, que son el mismo cielo, ese fuiste, eres y serás tú Joaquin, pues te vas como un trocito de cielo que asciende, al cielo de Santiago.





