La Chicotá de Nandel | Don Antonio, no

Ese cierzo que me golpeó hace unos meses en pleno invierno en mi añorada Zaragoza, ese viento que se clava como cuchillos, llega ahora al alma, a los corazones, pues se están yendo almas y corazón, personas que eran pura alma de sus instituciones, y grandes corazones, poco reseñable esto en el conjunto de los que formamos ya no la Semana Santa cordobesa, sino la vida misma. Tras la pérdida hace unos días de un cofrade joven, y algunas más que han sido noticia en algunas cofradías durante el verano, en el seno de la Hermandad de la Paz y Esperanza el luto forma parte del guión de la tristeza instalada. Ha muerto Don Antonio Peligros, que me deja sin sus collejas, su risa siempre al verme, su «Fernandete», «Fernandito», que tanto a niñez bonita sonaba, y que tanta alegria me daba, por verlo a él y como no, escucharlo. Hay personas que no tienen por virtud la palabra, Don Antonio podía presumir largo y tendido de ello, pero el fanfarroneo no entraba en sus cánones de conducta ni andadura en la vida, de Don Antonio, no. En un cabildo, quizá el último al que fui y no sé si iré en años, dieron una lista de obras y milagros de un aspirante a un título que muchos veíamos vergonzante y vergonzoso, nos hicieron ver, escuchar, la serie de logros personales que esta persona había hecho por la Hermandad. Otro se hubiese levantado de la silla y hubiera reclamado como suyos algunos de esos logros, pues eran de Don Antonio, pero Don Antonio, no. Leyendo las redes sociales, hablando por teléfono estos días, uno escucha y se pone de acuerdo y sube a ese barco que zarpa al cielo, mandando mensajes de cariño como despedida, muchos te quieros, muchos nunca restó, siempre sumó, porque hay personas que solo en el día del adiós son buenos, hay quienes son reconocidos por haber sido de todo menos eso, buenas personas, pero Don Antonio, no. He visto a gente matar, matar o morir en elecciones. Bajar a los más bajos infiernos, enfangar y manchar el nombre de familias, hipotecarse con grupos de la Hermandad, pero a Don Antonio, no. Hermano Mayor de mi niñez, junto con Don Salvador Hurtado o Don Juan Rodríguez. Hermano Mayor de todos y para todos, de Hermandad, de mano tendida, de abrazo y sonrisa en las buenas, collejita y queja amable para quitar hierro a los problemas, dialogante, trabajo, más trabajo, y una representación de aquello que todos siempre hemos querido que fuera la Paz, respetabley respetada más allá de su puesta en escena el día de salida. Puertas abiertas a Córdoba, porque a alguno le dará igual que las puertas se abran solo el Miércoles Santo, pero a Don Antonio, no. Se va una persona a la que vamos a recordar toda la vida, y lo que más me alegra, es que las juventudes a Antonio Peligros le han conocido ese alma joven, cuajando perfectamente entre los más noveles, alcanzando unos niveles de aceptación en la juventud increíbles, pues mientras otros reniegan de ellos, y en el confort de un despacho cerrado con cinco o seis afincados en el «sí buana» al que lleva la voz cantante de la reunión, hay algunos que se apegan a la gente, los hermanos, ¡cuantos amigos dejas!, pues otros serán de este calado, pero Don Antonio, no. Hoy podría titular y con mayúsculas esto como un, huérfanos quedamos, o queda la Hermandad, cojos, con un gran vacío, pero como no sabría si decir de ti si quedamos sin padre, ejemplo, abuelo, amigo, consejero, buena persona, ejemplo de cofrade, de hermano, o hermano mayor, mejor lo dejamos en ese cariño que te mando, y este beso grande de agradecimiento personal, que con otros sería menos doloroso decir adiós, y las lágrimas con las que termino hoy de escribirte, dejan este hasta pronto, con otros sería más fácil, contigo, Don Antonio, no.