La Chicotá de Nandel | El encanto del rival

Escuchaba el otro día una canción. Y me vino a la mente una persona, ya, alguna, otras desaparecidas, otras, por desaparecer.

Lorenzo de Juan, es ya un útil no necesario, como Juan Berrocal, como para enseñar dónde y quién somos, quién fuimos.

Las madrugás sin Lorenzo, son lo que quiera su Hermandad que sean. Tan disperso el aire, como frío en determinados momentos. Y frío, gélido, como una piel que huele incluso a muerte. Si hay, es esa la buena muerte.

La que perfume de incienso, de carne humana, de caramelo, pues alguno ha trascendido a ser mujer, y deja sin más a un color amarillo, el de la muerte cuando lo deja en la piel.

Mujeres y Hombres, anunciaban al capataz, ya otro, pero siendo este el mismo, conformó un mecanismo de engranaje sin igual. Fuera, sin hacer caso, de aquella madrugá.

Fuera el que fuese, pero, siempre, buena muerte, siendo el mismo, aún distinto, pero el mismo capataz.

Chapi, Tobar, Lorenzo, y Romero, fueron ese y no quiero, y aquel que no quisieron querer ser. Una tirantez para algunas hermandades, que se fue, traspapeló a lo personal, y fue un guerrero que voy y vengo, sin decir quien fue con qué.

El caso es que se va otra navidad, sin Chapi. Romero anda como la canción… Y se lo dice a Federico, aunque él ya, hace años en cuantificar cariño, E ignorancias, a pares, ya sobran años en ese estribillo, de cual, y aquella canción, envidias y tratos, juegos de villanos… Se guardaba la luz del encanto del rival.