La chicotá de Nandel | Este es el nivel

Escuchaba el otro día a un capataz, antiguo, de los que se han nombrado mucho en la ciudad sin ser de aquí. Se hablaba de él con una familiaridad, a la que se otorgaba, no sé si más razón por cariño, o mucho cariño por tener toda la razón.

La grabación era antiquísima, pero en ella destacaba a un capataz actual de Sevilla, llamándolo, «aficionadito».

Hablaba este hombre de aquello de lo que un capataz tenía entre manos, el saber lidiar con su gente, con la cuadrilla, con lo que la rodea, los mandamases, que también cuentan para que todo sume ese cóctel que, a veces, se derrama por un lado y otro. Triunfo o enfermería, que diríamos los taurinos.

Hablan los viejos con una verdad que es tan veráz como antigua, pero es mucha la verdad, la que simplemente con unas palabras te convence, cala, llega. Hoy llegan más los discursos, los arreones cuando no hay más que peticiones de unión, sabiendo que el material es el que es, sin hablar del nivel, por supuesto.

Escuchas a este hombre, pero también a la gente de la calle, hermanos, simples números que ven a veces como sus votos, su implicación en la hermandad, solo fue el lanzar un papel a una urna para que empezase la fiesta de alguno o para que empezase la toma de decisiones de otro, los «porque sí» o los «porque yo lo digo».

Un hermano, hablando de que tal persona no debe de ser hermano mayor en su hermandad, porque viene un acto conmemorativo de muchos años, y eso es un acto, donde en las actas, los libros, no puede aparecer este candidato. Quizá, no sea el problema el nivel del candidato, la persona en sí, o el cofrade, quizá sea el nivel de la hermandad. Es más, de los hermanos que vean como favorable a alguien para comandar la cofradía, y sin embargo, o no quieren que salga mucho en las fotos, o es que el nivel es el que hay, sin más, y a esta persona no la ven.

Ves a la gente en tertulias de a pie, cómo despojan, despellejan a capataces, unos amigos, otros no tan amigos, otros que fueron amigos. Duele por los amigos, pero como amigo siempre le dije los fallos o les avisé de los socavones que tenían en frente. Pero me duele más por los que lo fueron, porque creo que siempre fui correcto, leal, fiel y siempre les di la cara fuera de los pasos, creo yo, que ahí es donde el amigo, alcanza un nivel superior al costalero. Al número tal. A alguno del rebaño que hay que amansar.

Cuando ya se han visto muchas cosas, cuando te horrorizan algunas de las que te cuentan, con lo que algunos fueron, o por cómo nos quisimos, ayudamos en la vida del día a día, uno piensa que lo mismo ha sido mejor el cambio de acera o el giro de caminos. A ellos se les ve bien, con fuerza para ir pidiendo martillos hasta en un estanco, a ti, porque si ya antes no ibas con ellos, ahora menos, pero al rato te viene a la mente una imagen en la que tu conocido, que ya no amigo, vuelve a saludarte con la angustia de la pena diaria y que nada tiene que ver con martillos.

De donde no hay no se puede sacar. Sigo escuchando a gente, algunos locos por escribir, otros locos por ser escuchados, otros mareados, como si una colonia mala les nublase la mente, cuando tienen delante las opiniones de sus errores y no los asimilan. 

La humildad, la aceptación, la capacidad, el saber estar o al menos, saber hasta dónde se puede llegar son en este mundo unas virtudes que pocos tienen, de las que yo no presumo pues también adolezco de alguna de estas y de muchas, pero por Dios, que si ese hombre no está para ser Hermano Mayor de esa Cofradía, donde hasta en días señalados no da la cosa más que para jugar un dominó por parejas, pongan una gestora, echen la llave, pero no hagan más daño a los que fueron, estuvieron, o sí tuvieron esa elegancia y saber estar que da el tener la razón de la verdad, del conocimiento. 

Si no, pues nada, que pase este al poder, total, alguno vendrá de vez en cuando, y ya pondremos a alguien delante de los pasos, en el estanco estaba hoy uno pidiendo dos Camel, y un martillo, que aún me cabe otro paso. Todo seguirá adelante, como siempre. Este es el nivel.