La Chicotá de Nandel | La eternidad, que espere

Éramos niños inquietos en nuestros primeros pasos en nuestra Cofradía. Un patio, a años luz y vista está, que no impropio, pero parcheado de retales, poco espacioso.

En aquel patio corríamos, en la plaza jugábamos, en la Purísima comprábamos dulces y chucherías, y nos llevábamos las collejas de los mellizos, de los del coro, las broncas de los mayores, y hasta algún correteo de Fray Ricardo.

Eran años felices, hasta que pronto vimos que la Cofradía en la calle era algo grande, y nosotros buscamos nuestro lugar.

Por ti, muchos soñamos con ser costaleros. Ponernos aquello en la cabeza, y reunirse con aquel grupo de viejunos, que es lo que eran para nosotros, en torno al Señor de la Humildad y Paciencia, o como era conocido por aquel entonces, el que va con la Paz.

Eras hasta mal mirado por nuestros padres, pues ellos querían que nosotros siguiéramos la estela de la Virgen, pero tú estabas tramando algo grande, como si supieses lo que vendría en unos años, no pocos, pero que vino, y que ahí está, reconocido en todo el orbe cofrade donde se pregunte.

Tuvimos nuestros más y nuestros menos, pero aquellos con los que los tuviste, sabes que siempre somos los que hemos estado contigo, dentro o fuera de la Hermandad, porque eramos como familia, somos como familia cuando ponemos tanto el pie dentro, como cuando lo tenemos fuera de la Cofradía.

No tienes más que ver a los que ahora en ese limbo del recuerdo viven, que se cuentan sus anécdotas, pero, ¿de qué sirve eso cuando hay vida para contarlas y tú rebatirlas o reír con su recuerdo?

La historia que se escribe a veces con un lápiz que se emborrona, incluso es fácil de borrar por el tiempo o por algún fracasado, sirve de muy poco cuando a parte del capataz, muchos conocimos a la persona. Eso se escribe en oro fino, y en el alma, y eso, no necesita más cuidados que el amor, y no precisa ni restauraciones, pues el alma siempre es pura y limpia, y ahí, de ahí, nada se hace perecedero.

Recuerdo tus alientos en las noches duras de ensayo, aquellos, «¡Eso es, esto es Humildad!», «¡Así no, esto, lo hace cualquiera, y nosotros no somos cualquiera»! Aquellas frases como, «oye, que el que no vale, no vale, y no pasa nada, se le da la mano, y encantados de habernos conocido».

Pruebas pone el Señor, sea el que en el barrio Resucita con la Alegría de su Madre, o el que con esa Dulce Mirada que ahora tantos pregonan, y nosotros resaltamos, o esa Madre que te espera siempre, blanca y pura, y que iluminaba tu cara aquella noche mágica para el recuerdo, en que pudimos disfrutar, pero yo aún más porque vi cómo lucías junto a Ella, y cómo la mirabas entre mimos y sonrisas.

La frase de no correr que tanto decías, que a veces el paso nos iba a comer con papas, y nosotros, cortito, cortito, y siendo hombres por ti, porque siempre fuiste y serás para nosotros el padre, el padre de la familia del Padre.

Poco a poco que ahora la vida, que justa o injusta, pues ella es así, te pide a ti eso, ilusion, la que creabas en nosotros, ese esfuerzo que tanto nos ayudabas a mantener, la valentía que sentíamos por ti y a tu lado, que nos hacía invencibles, pues ahora, más que nunca, bien lo dice tu mujer y secretaria, poco a poco.

Hoy subiré a ver a los titulares, y aunque sea desde la reja si llego y está cerrado, les pediré eso, que la vida es la vida y es un renglón torcido a veces, despropósito en otras, y premia quizá al que menos da, pero que no cuenten al menos por mucho tiempo, nada en lo que tú no estés para llevar la contraria como casi siempre, o poner tú la última coma o el punto y final, que tantas veces te gusta hacer.

Poco a poco, y de frente, siempre has sido nuestra brújula, hasta en la vida, fuera de la Hermandad, y eso de la eternidad, y los recuerdos están muy bien, pero… compadre, la eternidad, que espere.