Sus Majestades, aquí ando, aunque ya dicen viejo para esperarles, y que por arte de magia, esa que puede que venga de Oriente, ha encontrado de nuevo esa ilusión que se renueva, y los espero como aquel niño que sabía que algo, gracias al esfuerzo, tendría al despertar.
Con aquella ilusión, que quizá recobro en un año donde no he podido escuchar ni un solo, pero ni uno, de los villancicos que hablan de su misterio en la madrugada que nos aguarda y su llegada, espero con ansias sus parabienes.
Creo que he sido bastante bueno. No me ha llamado ningún Hermano Mayor para darme ningún tirón de orejas, en el trabajo, creo que también he sido bueno y obediente, y en mi día a día, entre la perra que me tiene frito, y el director de esta página, ya solo con aguantar esto último, creo que algo que no sea carbón, me cae.
Me concedieron sus Majestades la vuelta de un amigo a esta que es nuestra casa y con eso ya debería de estar saciado de alegría, como lo estaba esperando su vuelta en ilusión, pero espero hayan leído bien mi carta, que ahora les reproduzco, vayamos a tener luego algún disgusto con las equivocaciones.
Queridos Melchor, Gaspar y Baltasar:
Para los de mí alrededor, pido que se acaben las doctrinas del pensamiento y el bien quedar, el aprovechamiento del poder y el yugo a los menos favorecidos, vuelva la libertad de expresión, y que vuelva también la prensa, la cofrade, que murió hace ya miles de años.
Para mis amigos, les pido salud, pues es el mejor regalo que conservo y así, poder seguir disfrutando de ellos. Para mí familia, que me ayuden con una señal el camino correcto y puedan estar orgullosos de mi.
Para Córdoba, que nunca pierda su esencia, que no vengan modas que la subleven, ni el turismo la condicione, ni se acabe pareciendo otra ciudad que solo se cuida para ser parque temático de un rubio, de piel blanca, con sandalias marrones con calcetines.
Y para mí, ya lo saben. Les pedí algo que brilla más que su Estrella, y creo que lo tendré el 1 de febrero cuando por fin, sea parte de esa constelación.
Que me den su bendición sus Majestades y me hagan digno, ya no de aquella casa, de los que la moran, sino y por encima de todo, sus Titulares y su historia.
Mi carta el otro día, se la dejé a un Cartero Real que lo mismo te recoge una carta, que lo mismo te entrega amor y amistad, y creo que en parte y rodeado de todos sus ayudantes, ha sido la mejor entrega de mi misiva en años.
Dicho esto, sólo les deseo un buen viaje de vuelta, espero que les esperen sus familias, pues a mí también me esperan, y lo demás que les pedí, casi todo ya también me lo han entregado poquito a poco. Solo les pido que no se acabe la felicidad, ni el amor, ni la constancia diaria para sustentar dichos valores vitales para el ser humano.
Este nervioso niño, que pronto se irá a dormir, les deja sus tres copitas para el frío, el agua para los camellos, y unos polvoroncitos, y si vuelven y ven a Jesús, acuérdense de decirle que me cuide bien a Antonio, a Plácido, y a Joaquín, el que más lo quiso y lo querrá en Santiago, y de paso no le quite ojo a Juan, que tiene aún que dar mucha guerra aquí abajo.
Gracias, sus Majestades, y hasta el año que viene, si es que me gano el que quieran pasar por mi casa, pues ya les aviso que este año, quizá sea algo más travieso, con la Chicotá, nunca se sabe.





