La voz que hace eco en la madrugada. Esas broncas, medidas entre el cariño y el no se qué. La Buena Muerte, sabida, pero cada año estrenada. Mi capataz, ese, al que ya no escucharé.
Aquello que nos contábamos. Amigo, cuando éramos reunión. Hoy ni tu mujer se acuerda de ningún mimo, pues te niega ser padre, ya no hay comunión.
Caballo veloz, enfurecido, amante del Cister, pero en su forma de amar, Ricardo, padre, escritor, poeta, artista, diseñador, de la Córdoba vecino, nos quedamos sin ideas que exportar.
Capataz se vende, se alquila, con traje, compadres, y hasta algunos que más que cuadrilla hacen reunión. No se preocupen, nos hacemos cargo del embalaje, van en coche propio y solo esperan su abrazo, cabeza, cuál absolución. A estos no le damos favor por título, osea, déjenme de leer ya el cincuenta por ciento de los lectores.
¡Qué equivocado el capataz bravucón aquel de la Trinidad, querido páter! ¡No quería hacer hermanos por la fuerza, pues por la fuerza ganan ya a la más profundas Esperanzas! Y es que, qué equivocado andaba mi amigo Carlos, señores de la Junta de Gobierno. ¿O quizá sea o fuese aquello una excusa para su salida? Sea cual sea la respuesta, está claro que ni lo echan de menos, pues gracias entre él a sus compadres, siguen ahí, y otros, que ya están ahí, a los cuales tampoco echaremos de menos cuando se vayan.
Nunca he vuelto a ser feliz desde hace años. Nos hemos visto pero nunca nos volvimos a mirar, como la primera vez. Candela fue nuestra casa, nuestro refugio, donde aprendí a cocinar, a ver correr a la pequeña Alicia, a soñar con familia heredada, como si fuera mía. A día a de hoy, sueño que es la mía, pues es lo único que me recuerda la última vez que fui feliz.
¿Y a ti, qué te digo? Has sido como mi madre y eres como la que nunca conoceré. Mujer del que considero mi padre, y ninguno como él tendré. Me diste un abuelo, una abuela, ya, como a su Paz la tenemos Coronada, nos han dejado tan solos como cuando el Cristo caminaba entre las calles no hace tanto, pero solo, con tu marido, sus amigos, y pocos más.
¿Qué te digo? ¿Que te quiero? Sobran las palabras, aunque sean bonitas, cuando mañana al ver a la Madre bendita y me acuerde de ti, de lo que tiene por delante, de madre, mujer valiente y enfermera. Pero sola no estás, pues Ella, no te dejará sola en ninguna y de ninguna de las maneras.
Y en estos días en que la casa ha sido manicomio, me despido, ha sido difícil, pero a la vez plácido complacer al que ahora está leyendo, pero siempre recuerda, que todos, todos, nos acordamos de alguno, y exclamamos, te echo de menos.





