La Chicotá de Nandel | Toca igualarse

Como bien ocurría con la antigua «Mili», aunque no hayamos terminado aún de estrenar todos los regalos con que nos obsequiaron sus Majestades, los Reyes Magos de Oriente, toca ir a «Las igualás».

Viene un tiempo muy bonito para los que ya sabemos donde nos metemos, para otros, vendrán nervios y oportunidad, sueños por cumplir, o sueños, que ya llegan a su fin y alguno anda aprovechando el último goteo del almíbar antes de decir adiós. Qué duro debe de ser el dejar de sentir, sufrir, hablar, litigar, opinar… Todos por el bien común. Todos en Hermandad. Todos juntos, como siempre.

Llega el tiempo en que la memoria te hace ver en ese chiquillo con su mochilita, a aquel chaval que con su chándal se apiñaba al calor de los mayores, que yo tuve la suerte de conocer con anterioridad, y que aunque ellos estaban a sus conversaciones, siempre tenían tiempo para meterse con aquel mocoso que quería ser costalero, que quería ser como ellos.

Fueron quizá los mejores tiempos para la ilusión, porque no se va, pero quizá siempre echaré de menos esos tiempos, por lo que viví, aquella cuadrilla de Juan Berrocal en que su frase eslógan siempre fue «ningún subgrupo dentro del grupo», y allí todos nos conocíamos, allí todos nos encontrábamos hasta fuera de los meses de ensayo, quizá, aquella familia y esa familiaridad nunca se me olvidará.

Toca igualarse. El fontanero con el abogado, el adinerado con el que lo está pasando mal, el que ha vivido entre bibliotecas, y que el que mancha sus manos de tierra o cemento desde que casi tuvo la oportunidad de ponerse de pié.

Es la grandeza del costalero, todos somos uno, todos iguales, si eso falla, aunque la medida sea exactamente igual, la correcta en cada trabajadera, en cada uno de los costaleros, la igualá no será perfecta, no seremos ese «uno», fallará aquello del «tos por igual».

Tengo amigos que ahora son capataces, y capataces que ahora están en sus casas. Alguno, las tuvo y bien con los que ya no mandan los pasos, ahora, entiende perfectamente los motivos o razones que le daba el capataz y reniega de aquella, su disconformidad de juventud, y es que los años te enseñan muchas cosas, pero aquel costalero que desde pequeñito o desde sus comienzos no siga la senda, los mandatos y normas del capataz, nunca será feliz, no hará granero, y acabará marchándose sin ser grano y parte de la cuadrilla.

El capataz, lo primero. Máxima importancia su respeto, y si hace falta, su defensa. Cuando uno se pone un costal se debe al de al lado, pone el cuerpo al servicio del grupo, sus fuerzas para cuando falten a los demás, y sus ojos, los cierra para que otro nos mande, nos guíe, y he ahí el llegar todos al punto de la felicidad, al puerto del éxito, he ahí la importancia de igualarse, cada uno, en su sitio, cada uno, en su papel.

En estas semanas de ensayos, disfruten, pues todo comienza. Comienza el frío, comienza el rasgar la tela y la arpillera el cuello, recordar ese escozor. Comienzan las risas, las reuniones improvisadas, las quedadas después del ensayo, la cara arrastrando de tu madre o tu mujer del día siguiente… Todo en el mismo pack, indivisible.

Comienza el despilfarro económico gracias a la falta económica que tienen las hermandades de sus costaleros. No nos regalarán ni la ropa, ni siquiera a veces seremos tratados con respeto: «¿Dónde vas tú por ahí?», «¿Qué os habéis creído?», «siempre tienen que ser los mismos», ya estáis otro año igual». Todo esto aderezado con aquello de, «El que no pague no sale», «Aquí no se fía», «Nos cuesta mucho dinero la banda», «Vosotros no tenéis ni repajolera idea de cuánto cuesta esto todo el año, que venís dos días», y cómo olvidar eso de: «O pagas la papeleta de sitio, o no vuelvas más».

Esto también forma parte de «la igualá». Algún día quizá las Hermandades se den cuenta que no hay que ser hermano de ningún sitio para ser costalero, y los que lo esconden por el tema económico, lo digan a las claras, (no os hagáis hermanos, pagad, y así me ahorro algún disgusto en un cabildo de hermanos, o votación a Hermano Mayor) y todos de frente, como deben de ir los pasos, las personas.

Los que ya llevamos años en algún sitio, espero como siempre que andemos pendientes del muchacho que comienza. Aunque sea para ponerle un mote por la vestimenta que nos traiga, abriéndole así, con la risa, la camaradería de la cuadrilla. Atentos al que menos posibles tenga, pues todos somos iguales y debemos tener lo mismo, el que más tenga, que mire a quién más le hace falta, quién no llega, quién algo necesita, y no hablo solo de lo económico.

Ilusión para los nuevos, que será el aire fresco que los que años llevamos nos refrescará en las calles malas, para continuar, para seguir paso a paso. Categoría personal de los que ya casi peinan canas, o sin el casi, para que la palabra «igualá» brille, sea perfecta, seamos «uno», paciencia para las malas «chicotás», y energía que vendrán porque tienen que venir, pero todo el grano hará granero y el capataz nos llevará del sufrimiento al gozo, del ostracismo a la fe profunda, seamos, lleguemos a ser costaleros en su máxima expresión.

Y aunque hoy jueves se cumple en horas mi liturgia anual de esperar a Martínez Ares en el Falla, tendré tiempo de pensar en el nombre de su comparsa, quizá de nombre a mí próximo artículo para todos vosotros pues, ¿quién no conoce a «La oveja negra»?

Suerte en «las igualás», buenas noches y sobre todo, vivan y disfruten lo que viene.