Parecía Jueves Santo. Aquella noche de un sábado del mes de octubre se palpaba la tensión en el ambiente, el nerviosismo, un eco de tambores que retumba en la noche y que nos hace recordar los más de ciento veinte años en los que uno de los vecinos más antiguos del imperecedero barrio del casco antiguo de Linares lleva asomándose al dintel de la Basílica Mayor de la ciudad cada luna de nisán.
Previamente, un pasacalles de dos formaciones con más de cuarenta años de historia, como si de la Semana de Pasión se tratase, traspasaba el alma de los presentes en aquella lonja repleta de fieles que vivieron una noche inolvidable.
Era el día esperado para la Hermandad y Cofradía de Nuestro Padre Jesús del Rescate y María Santísima de los Dolores. Una jornada para el recuerdo que comenzaría a eso de las 20:00h, con puntualidad británica, tras la celebración de la Sagrada Eucaristía. El largo cortejo se encaramaba frente a la renacentista puerta basilical precedido por la plateada cruz de guía que ya esperaba a la Banda de Cabecera de la Cofradía.
Un silencio destemplado en la lonja, pues se atisbaba, en el interior, el bello paso en caoba de Nuestro Padre Jesús del Rescate, obra de Gabino Amaya. La maniobra de salida se ejecutaba con maestría y sonaban los primeros acordes de la Marcha Real, interpretados ágilmente por la Agrupación Musical María Santísima de los Dolores. Un festín para los oídos que pronto sentaría cátedra en los enclaves más profundos del casco antiguo.
El Señor lucía su túnica de cola bordada, la más antigua de cuantas posee, a lomos de un monte de claveles rojos que completaban una escena casi monocromática al amparo de una de las devociones más destacadas de la ciudad.
Algunos puntos del recorrido dejaron imágenes inigualables e inalterables en la memoria colectiva de los linarenses, tales como la incesante petalá ejecutada en la casa de hermandad de la Corporación a los sones de la marcha, «Al Gitano de Santa María», o el paso por calle Rosario al compás de «Salvador» o «El Cáliz de mi Sangre».
Así pues, una abarrotada Cuesta de Santa María esperaba la llegada del Señor en los instantes finales de la procesión extraordinaria con el aciago deseo de que un nuevo Jueves Santo frente a Él. Comenzaba la eterna chicotá con el popurrí «Unidos por la Oración» que marcó, casi por completo la primera parte de la subida. Le siguieron «La Saeta» y «Costaleros Gitanos» para culminar con «Pange Lingua».
El Señor estaba de vuelta en su templo en una noche extraordinaria en la que no podían faltar los ecos de la prodigiosa obra de Nicolás Barbero, «Perdón», como tan tradicionalmente se viene interpretando al final de cada jornada de Jueves Santo.
Una noche inolvidable a la luz de la luna gitana de Santa María para rememorar los ya más de 125 años de historia de una Hermandad eterna.




















