La crónica | La Madrugada, la noche oscura del alma

La ciudad se blindó por la policía en su noche más esperada

La Madrugada es esa jornada que el sevillano sabe cuándo empieza sin tener que encender el móvil o girar la muñeca. No la marca el reloj de última generación por muy sofisticada que sea su tecnología. El tiempo más deseado se inicia cuando las puertas de la basílica de la Macarena se abren de par en par. Los armaos, los nazarenos del Gran Poder acercándose a la casa donde vive Ella son señales de la noche que viviremos. También nos lo anuncia una calle Pureza que desde las ocho de la mañana contaba con sillitas, termos de café y juegos de cartas. Una situación que se repite año tras año y que ofrece imágenes convertidas en habituales.

Un dron sobrevolaba la plaza de San Francisco cuando la cruz de guía del Silencio llegaba a los palcos. No había marcha atrás. El Nazareno abrazaba la cruz de carey y plata bajo una luna redonda, perfecta. La cofradía pasó a la vuelta sin problema por Trajano, ya que la Macarena dejó libre el cruce minutos antes. Un cortejo sacado de un manual de buenas prácticas precedía a la basílica andante que es el palio de la Concepción. La silueta se dibujaba en el mapa sentimental de la ciudad labrando así el molde de una jornada de agradables temperaturas.

En San Lorenzo, asomó el Señor de Sevilla ante una plaza donde reinaba el silencio. Hasta que salió Él y fue entonces cuando, por mérito propio, demostró con su andar decidido quién es el Señor de Sevilla. El rachear, las llamadas del martillo, que retumbaban en el alma, eran el eco de la perfección. La túnica de los cardos, pieza textil de sobresaliente factura, la más antigua de cuantas posee, anunciaba su llegada y por las calles hasta los termómetros se congelaron ante su presencia. Detrás, la dolorosa del Mayor Dolor y Traspaso, con un movimiento más comedido en su andar, que no pasó desapercibido entre los presentes, toda vez que el palio se alejaba. El Gran Poder ante la capilla del Baratillo reveló una estampa inédita para muchos. La cofradía dejó de pasar por el Molviedro y Zaragoza, haciéndolo por Adriano Santas Patronas. Cincuenta años después se reencontraba con parte de su historia.

La cofradía de la Macarena hizo un enorme esfuerzo desde prácticamente el principio para que la jornada saliera a pedir de boca. En algunas zonas de la Alameda la corporación que sacó alrededor de tres mil quinientos nazarenos los colocó de cuatro en cuatro. En la Campana fue capaz de rebajar los atrasos en doce minutos, los mismos que dejó el Gran Poder. La Sentencia avanzó cosechando aplausos en medio de un mar de algodón como son sus armaos. La visita al hospital sana cada año las heridas que no se ven. Detrás, la expresión más certera de la Esperanza. La ciudad de la gracia lo es por Ella. Música y andares sublimes porque está la Macarena. Y a su alrededor todo gana enteros. Llegó a la calle Feria con Amarguras — mañana será día grande en la collación con la salida de la dolorosa de San Juan de la Palma en el Santo Entierro Grande—. Cuando llegó a Parras, la calle se desbordó de júbilo y de esperanza.

El Calvario salió ante un público escogido. El cambio de itinerario de la Esperanza de Triana provocó que ganara solemnidad en una madrugada donde las temperaturas comenzaron a descender cuando llegaba el día. El paso de Cristo estrenaba restauración y sobre él, el crucificado al que mañana el sol revelará nuevos detalles de su policromía. Al fondo se intuía la dolorosa de la Presentación, con toda la candelería encendida. A su paso, hasta el viento amainó. En su rostro, los instantes previos al mayor dolor que puede padecer una madre.

La plaza Nueva fue uno de los espacios de la jornada. Hasta allí llegó la Esperanza de Triana. A la salida el coro de Julio Pardo. En Zaragoza, Amarguras. Contrastes que dejó la noche de sevillana esencia. Fue un acierto el cambio de recorrido, evitándose el cruce de San Pablo. El Cristo de las Tres Caídas estrenó túnica lisa en color burdeos. A su paso por la plaza Nueva el público fue agolpándose. Todos querían ver el barco que se construyó con sueños de Triana. La Esperanza se reencontró con Sevilla tras la restauración efectuada por Pedro Manzano. Como siempre, a su paso no cabía un alfiler. Ni tampoco dentro del mismo, donde la exuberancia de las composiciones florales es seña de identidad de que allí está la reina de la calle Pureza. Un ancla imperecedera donde asirse, un lugar seguro para el refugio. La lluvia de pétalos cerca de su casa fue símbolo del sueño cumplido.

A medida que se acercaba el día el público iba evolucionando. Salían entonces aquellos que querían disfrutar de la mañana frente a la masa que en la noche había recorrido la ciudad de este a oeste. A los Gitanos se les hizo de día en el centro de la ciudad. En la Campana dejó diecisiete minutos, que sumado al retraso acumulado fueron un total de veinticinco. Una carrera oficial semivacía recibió a los titulares de la cofradía. El público fue menguando a medida que salía el sol. Cuando la dolorosa de las Angustias llegó a la plaza de San Francisco aproximadamente media hora más tarde de lo anunciado en los programas de mano, podía andarse sin problema a su lado. El café, en vasos de plástico, conseguido de aquellos locales al que el Ayuntamiento permitió su apertura, fueron bálsamo para aguantar el último tirón. Para entonces, las tres cofradías de negro ya habían terminado su estación de penitencia. Quedaba la luz de las que mitigan los males y la Salud de Manuel. El alma supo redimirse al encuentro con la esperanza.