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La Crónica | Viernes Santo, todo se ha cumplido

Viernes Santo es sinónimo de luto, de Soledad, de Dolor, de Desconsuelo. Pero también debe ser día de un Buen Fin, de Conversión y Clemencia.

La noche ha sido larga. Trasiego de sacerdotes y jueces. Del Palacio del Sanedrín al Palacio de Herodes. Y con el amanecer, a la hora del galli cantu, al Pretorio. Y del palacio de Pilatos al Calvario por la Calle de la Amargura.

El dolor ha sido y es un misterio que ha estado unido desde siempre al ser humano. Nacemos con dolor y morimos con dolor. Lo rechazamos y huimos de él.

Pero la Iglesia hace de este Dolor una Fiesta: La Fiesta del Viernes Santo, la celebración de la Pasión y Muerte de Jesús. El Dolor, la Pasión, la Muerte, cuando tiene un sentido y un fin, no es motivo de tristeza.

Hoy es el día en que comienza el fin de la Semana Santa. Los paseos que esta Semana Santa tan estática para las cofradías ha obligado a realizar a Rafalito Cuaresma pasan factura en piernas, cintura y espalda. Y el llevar “colgada” del brazo a Esperanza durante todo el día de ayer, por mucho Día del Amor Fraterno que fuese, no ha ayudado a aliviar este cansancio.

Tras algunas horas delante de la televisión, con los pies en alto, disfrutando de las emisiones de la Madrugá en canales locales de la capital vecina, y en constante conversación vía Whatsapp con su compañera de Jueves Santo, Rafalito no pudo despedirse de ella al quedar desnucado en el sofá, a los sones de Coronación de la Macarena, de Pedro Braña, con el móvil en una mano y el mando de la Smart TV en la otra.

Una llamada de Esperanza (la amiga) le trae a la realidad del Viernes Santo. Pensaba que después de la paliza de ayer, iba a rechazar toda salida para hoy… Pero no. Ahí la tenemos con ganas de más. Toca organizar itinerario para esta última jornada de paseos y visitas a templos y capillas.

Hoy va a ser día de centro y de barrios. Día de hermandades de negro en el centro y de hábitos no tan enlutados en los barrios. Barrios que están un poco alejados unos de otros. Por ello, hoy toca volver a la moto amarilla.

Media mañana, y ya tiene localizado vehículo en que circular los dos por Córdoba. Con atuendo no tan formal como el de ayer, pese al luto de la Iglesia, organizan la ruta comenzando por el vecino barrio de La Letro.

La Iglesia de Ntra. Sra. del Rosario ha abierto sus puertas al barrio y a todos los que siguen expectantes de poder presenciar a la Hermandad de la Conversión camino de la Catedral. Al igual que ocurre con la Esperanza del Valle, de la Hermandad de la Cena, las circunstancias están poniendo a prueba la fuerza, el ánimo y la determinación de los hermanos de esta Cofradía. Si bien estos años de pandemia pasarán a la Historia de las Hermandades como una anécdota que irá perdiendo importancia con el paso de los años, para esta Cofradía va a suponer un hecho que marcará la Historia de ésta para siempre.

En el Altar Mayor, en un Calvario colmado de flores y vegetación, entre cuatro faroles de fanal, el Stmo. Cristo de la Oración y la Caridad, con el rostro girado a su izquierda, hace la última promesa de Salvación antes de expirar. Promesa que arrepiente a Dimas, pero que no consigue ablandar el corazón de Gestas.

Una nueva lección catequética para quien que se acerca hasta este Misterio. Lección de Perdón de Dios hasta el último momento.

María Stma. de Salud y Consuelo, en un altar preparado en la nave lateral, ante dosel de cortinaje rojo y entre flor blanca, aguarda el momento de ser venerada. La Imagen que restaurara Martínez Cerrillo, y que pasara por tantas sedes hasta su llegada al barrio de la Electromecánica.

Antes de que alguien quiera tomar la moto que han dejado hace un momento a la puerta del templo, Rafalito y Esperanza vuelven a colocarse el casco, cual romanos de paso de Misterio, y toman el camino hacia su nueva parada. El aire de ayer no ha cesado, y aunque se pronosticaba lluvia para estos últimos días de la Semana Santa, San Pedro ha decidido obsequiar a los cofrades con un clima absolutamente benévolo y propicio para que toda Cruz de Guía traspasara el arco de la puerta del templo desde que el iniciar su Estación de Penitencia. “¡Verás tú cómo el año que viene…!”, le dice Esperanza al piloto mientras esperan que el color del semáforo cambie al color que representa su nombre.

Hoy no habrá sillas de enea en el barrio de Fray Albino para ver salir la Cofradía más antigua de su Parroquia. San José y Espíritu Santo, presenta una rampa con poca gente a esta hora de la mañana. Y aunque nuestro paseante cofrade ya la visitó el pasado lunes, hoy los protagonistas en el templo son otros.

En la capilla lateral, José de Arimatea y Nicodemo se afanan en bajar de la Cruz al Stmo. Cristo del Descendimiento. Al pie de la Cruz, María Stma. del Refugio y San Juan esperan el Cuerpo para llorarlo y acogerlo, en un monte Calvario de flor morada y roja, y alumbrado por los faroles arbóreos del paso de Misterio.

Las dos Marías y María Magdalena, detrás de la Cruz, preparan el lienzo que envolverá a Jesús hasta el momento de su Resurrección; todo esto en una disposición distinta a la que cada Viernes Santo se presencia en las calles. Pero otorgándole ahora el centro a la Cruz y a Jesús, muerto por Amor a todos sus hijos.

En una hornacina lateral, junto a la escena del Descendimiento, Ntra. Sra. del Buen Fin, con manto rojo, entre flor color champagne, tras una fila de piezas de su candelería, y sobre el frontal del respiradero de su paso de palio, pierde su mirada sobre la Cruz Parroquial, vacía, bajo el arco de ladrillo que delimita las naves del templo, buscando el sentido de este Buen Fin.

Presenciar el Descendimiento a la altura en que está dispuesto el altar te convierte en un espectador de lo que pudo ocurrir en aquel Viernes Santo primero.

La temperatura está bajando. El aire no cesa. Y el ir en la moto no ayuda mucho a entrar en calor. Y para terminar de recorrer Córdoba de una punta a la otra, toca dirigirse a la nueva casa de la Hermandad de la Soledad.

María Santísima de la Soledad, la hebrea más guapa de Córdoba, espera a sus hijos ahora en la Parroquia de Santa María de Guadalupe. En un barrio sin hermandades hasta ahora. Junto a un colegio que ya le ha acogido con los brazos abiertos. Todo un acierto el de la Hermandad Franciscana el trasladar su sede al Colegio de los Franciscanos. Todo tiene un criterio y una lógica. Y cuando las cosas se hacen siguiendo el sentido común, no queda más resultado que un Buen Fin.

La bellísima Dolorosa que saliera de las manos y las gubias de quien también viviera en Villa Guadalupe, en Gines, y cuya obra preferida era la Titular de las Aguas del Dos de Mayo, cierra el círculo de casualidades en torno a este traslado de sede.

Soledad es lo que ya no siente esta Imagen en la Iglesia, en el Colegio, en el barrio.

En el centro del Altar Mayor de la Parroquia, a los pies de la Cruz con el lienzo que ha servido hace un momento a los Santos Varones para bajar a Cristo, todos se han marchado ya hacia el Sepulcro. La Corona de Espinas en las Manos y la mirada fija en algún punto donde hace un momento yacía su Hijo.

Dos sencillos faroles a los lados, flor roja y cera tiniebla en la Cruz. Todo sobra alrededor de la Soledad.

Es la debilidad de Esperanza… y de cualquier cofrade que se plante ante su mirada. El mundo se ha parado durante los pocos segundos que pueden permanecer en el templo. Y sin embargo toda una eternidad ante Ella sería poco tiempo para todo lo que se siente ante la Soledad Franciscana. Y qué mejor pieza musical que la que compusiera Abel Moreno en su primera salida procesional desde su barrio, a los sones de la Banda de la Estrella, por ejemplo, si así lo decidiesen sus hermanos. Ella decidirá…

El calzado de hoy no requiere de apoyo en el brazo de Rafalito. Pero la moto, que va a dar el último de sus paseos a nuestros protagonistas, sí pide agarrarse un poco, camino del centro. Allí esperan las otras tres hermandades de este Viernes Santo de Muerte y Dolor. Las tres hermandades de negro. Las tres hermandades que completan el relato de los acontecimientos que se vivieron aquel Viernes en Jerusalén.

Ya en el centro de nuestra ciudad quedan paseos de recorrido corto. Va a ser tarde de la Real Iglesia de San Pablo, de Iglesia de San Jacinto y de Parroquia del Salvador y Santo Domingo de Silos.

La compañía de Esperanza y la caballerosidad de Rafalito no permiten que la hora del almuerzo la pasen como dos adolescentes (como si fuesen ellos muy mayores), bocadillo y lata en mano en el bordillo de cualquier calle. Faltaría más. Y así, tomando como referencia la ubicación de los templos que restan por visitar, nuestro protagonista ha decidido que hoy puede ser un buen lugar para celebrar el Viernes Santo en la taberna que baja por la Espartería, camino del Arco Alto de la Corredera.

Cerrado. No puede ser. ¿Cerrado? Agradecida por la intención, que es lo que cuenta, propone plan alternativo. Porque lo que a ella le apetece hoy es reunirse con otras amigas, con las que había quedado sin que lo supiera Rafalito, para comentar las anécdotas y experiencias del estreno de la mantilla del día anterior. Y como donde manda patrón, no manda marinero, aprovechando que pilla de camino, la pausa será hoy en plaza aledaña a Capuchinos, donde la juventud cofrade organiza constantes simposios y debates magistrales sobre los temas más esenciales de esa bendita locura que nos tiene envenenados: cómo debe modificar su repertorio la agrupación musical que viene de la provincia de al lado, el mal gusto de ese vestidor que se cree artista, ¿la esencia está en tres o en cuatro golpes de martillo antes de llamar?. Algunos están especializados en Asuntos Exteriores: El Carmen o La Oliva, Villanueva o Santiago, Armaos o Calamar… Ainsss

La Plaza de Capuchinos sigue teniendo el sabor cordobés de la esencia que le da el Cristo de los Faroles. Los escalones de entrada a la Iglesia de los Dolores te elevan hasta la altura en la que nos esperan el Stmo. Cristo de la Clemencia y Nuestra Señora de los Dolores.

La reja de hierro que da acceso a la nave de la Iglesia del Convento está abierta. Pero los barrotes de hierro, fijos siempre, te hacen buscar entre ellos a la Virgen de los Dolores.

Parece que el paso del Stmo. Cristo de la Clemencia ha sido montado en su paso. Sus faroles, la peana sobre la que reposa la cruz y un centro de flor roja. Pero no es así. Se trata de un altar medido, equilibrado y completo en el que poder rendir culto y veneración al Cristo hermano del que hemos dejado en el Campo de la Verdad. No hay rastro de dolor o sufrimiento en su cara. Los ojos cerrados y la boca abierta tras el último aliento expirado muestran la paz alcanzada tras toda la Pasión. Todo se ha cumplido. El Cristo dormido más que muerto.

Ascendida a los Cielos, en su Camarín, sobre la excepción peana dorada, y rodeada de un jardín de flor blanca, Ntra. Señora de los Dolores. La Virgen que no necesita más palio que el cielo estrellado de la ciudad que la venera.

Tan serena como su Hijo dormido en la Cruz, con un llanto de ternura y compasión, sólo sus cejas muestran un gesto del Dolor que le atraviesa el corazón, como predijo Simeón cuando presentó al Divino Niño en el Templo. Qué lejos quedan aquellos momentos en que José y María llevan al Niño a cumplir con su obligación de judíos. Y cuánto sentido cobran en estos momentos las palabras que el anciano sacerdote le dijo a la Virgen.

La vuelta prefieren hacerla por la Cuesta del Bailío, despacito, sin que se note. Rafalito no quiere volver a donde quedaron los expertos en la materia cofrade, cátedra de balón con mucho hielo en mano, y en acalorada discusión sobre la forma en que algunas hermandades han organizado sus veneraciones, sin el control de aforo deseado, y pasándose las fotos que harán virales entre ellos.

San Pablo sin rampa no es lo mismo. La puerta del templo queda mucho más lejos de la calle si se baja hasta ella por escalones de piedra. Pero lo que van a encontrar al acceder por el arco de la portada manierista…

Junto al Altar Mayor de la Real Iglesia de San Pablo, María Santísima del Silencio está a los pies de la Cruz en que el Santísimo Cristo de la Expiración se eleva hasta una altura que impresiona a todo el que presencia la escena. A pesar de la grandeza de las naves de la iglesia fernandina, el Stabar Mater no queda empequeñecido en absoluto.

Monte vertical, de flor morada y roja, y vegetación silvestre. Sin más luz que la que penetra por la vidriera del rosetón de la fachada, dibujando sombras coloridas en los pilares que separan las naves del templo, el Crucificado se eleva más si cabe, uniendo su postura y la altura tomada en la Cruz, para lanzar su último aliento lo más cerca posible del Padre y encomendar su Espíritu a sus Manos.

Pater in manus tuas commendo spiritum meum

En su Capilla, tras la reja de hierro, en su dosel de cultos, y sobre los respiraderos que labrara Díaz Roncero, Ntra. Señora del Rosario en sus Misterios Dolorosos Coronada.

La Virgen joven y de mirada reposada, la de la boca abierta perfecta, luce su espléndida corona en un altar iluminado con candelabros de cinco brazos y embellecido con jarras que portan flor blanca. Y bajo sus pies, un relicario.

Toda una capilla neomudéjar para Nuestra Señora del Rosario, escoltada por los cuatro evangelistas que pintara Rafael Díaz Peno, el creador de la línea artística de la Misericordia.

Al salir por la puerta lateral de la Iglesia, la cola de gente llega casi hasta el Palacio de los Marqueses de Orive. Esto les hace sospechar que se está echando el tiempo encima y que lo que van a encontrarse en la Plaza de la Compañía va a ser algo similar.

Al llegar al último templo del Viernes Santo, la cola llega hasta el Colegio de Santa Victoria. Es la última espera. Es la última Hermandad hoy. La Semana Santa va tocando a su fin.

La Iglesia de la Compañía es la sede canónica de la Hermandad del Santo Sepulcro, la cual ha preparado otro de los mejores altares para veneración de sus Titulares en esta Semana Santa.

Junto al Altar Mayor, Ntro. Señor del Santo Sepulcro se muestra yacente, con la urna de cristal abierta, para ser velado su Cuerpo por Ntra. Señora del Desconsuelo en su Soledad, San Juan Evangelista y María Magdalena.

Con exorno floral morado en piñas cónicas, y con dos jarras de flor plateada y dorada, diez hachones de cera color tiniebla escoltan la escena ante la urna y a los pies de la Cruz vacía. Y a un lado, la Cruz Parroquial velada.

La imagen, en la que las Imágenes contemplan al Señor, es de despedida del Cuerpo de Jesús, para dejarlo en la gruta antes de correr la piedra que no volverá a ser abierta hasta el Domingo, momento en que se anunciará la Resurrección de Nuestro Señor.

Son las nueve de la noche del Viernes Santo. A esta hora, la Soledad estaría haciendo Estación de Penitencia en la Catedral, Expiración entrando en la Puerta del Puente mientras la Cruz de Guía del Descendimiento estaría apostada en el Puente Romano. En este mismo momento, la Conversión estaría dando sus últimos pasos antes de adentrarse en el empedrado suelo del Alcázar por primera vez. El Potro se encabritaría al paso de la Señora de Córdoba. Y el Sepulcro de Nuestro Señor estaría pasando por la estrechez de María Cristina.

Y todo esto podrá ser si el Dios al que Córdoba reza por sus calles y venera en sus templos, ya en altares ya en pasos, con el rostro cubierto o con el alma abierta, al compás de la banda o en el silencio de la oración, bajo el peso de la trabajadera o con la luz de un cirio, quiere y nos cuida hasta poder volver a verlo entrar por el Arco de Bendiciones de la Catedral.

Camino del barrio, Rafalito y Esperanza van en silencio. Cada uno saborea lo que estos paseos han dejado dentro de ellos: callejuelas y trayectos, iglesias y capillas, altares y pasos, catequesis y nuevas formas de ver y sentir la Pasión.

Una Semana Santa distinta. Una Semana Santa que acaba. Una Semana Santa que no debiera repetirse. Una Semana Santa que se quiere olvidar. Una Semana Santa para el recuerdo.

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