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El Cirineo, 💙 Opinión

La doble moral de la izquierda

Banderas de la Unión Soviética, puños en alto, «La Internacional»… Parafernalia comunista que se ha multiplicado por doquier en la capilla ardiente del ex alcalde de Córdoba, Julio Anguita, un hombre cuyo indiscutible legado se ha visto ensuciado en los últimos años por la vergonzosa utilización que de su imagen ha hecho la extrema izquierda y por la propia deriva de quien no ha llevado bien la edad, que ha recibido los honores que le corresponden como regidor de la ciudad -más relevante, siéndolo, por su condición de primer alcalde comunista de una capital de provincia después de la dictadura y por su innegable carisma que por los logros que como alcalde reportó a la ciudad; cuando quieran recuperamos datos de paro, por poner un ejemplo- y el aplauso unánime de la clase política local que no ha distinguido colores ni siglas porque el fallecido era de izquierdas, así de claro. Si hubiese muerto un político de signo contrario otro gallo hubiese cantado. 

Precisamente este domingo se cumple un año del fallecimiento de Fray Ricardo de Córdoba, figura esencial para la historia de la ciudad. Aun recuerdo como Pedro García, cabeza visible de Izquierda Hundida en el consistorio de la calle Capitulares, tuvo tiempo para recordar el fallecimiento del gaditano Juan Carlos Aragón, cuya aportación a la cultura andaluza fue incuestionable e inexistente para la cultura de la ciudad de San Rafael, el mismo día que ignoró, como solo puede hacer un ignorante, la pérdida irreparable del inolvidable capuchino.

Esa es la doble vara de medir de la izquierda, la misma que se rasgaba las vestiduras hace una semana porque el arzobispo de Valencia, Antonio Cañizares, tuvo a bien sacar a la Virgen de los Desamparados al umbral de su basílica para que, por sorpresa, pudiesen verla los pocos fieles y devotos que se daban cita frente al templo -pocos precisamente por haberse hecho por sorpresa, ya que de haberse advertido se hubiesen convertido en muchedumbre- y aplaude emocionada al grupo de fieles comunistas que se dieron cita para honrar a Anguita con el puño en alto y cantando «La Internacional». Imaginen por un instante la escena cambiando el puño por una mano imitando el saludo romano y entonando el «Cara al Sol»… Y piensen en la que podrían haber montado, precisamente los del puño y sus amigos.

Pero más allá de detallitos sin importancia, ¿qué clase de esquema mental pueden tener quienes son capaces de aplaudir, como si no hubiera un mañana, la imagen de Córdoba, al mismo tiempo que insultan, como si no hubiera un mañana, la escena de Valencia? ¿Cuál es la diferencia entre ambas situaciones? No lo duden, en lo único que difieren ambas imágenes es en quienes las protagonizan. Unos, comunistas, otros cristianos. Unos tienen derecho a hacer lo que les plazca y reciben los parabienes de los medios de comunicación subvencionados y afines, otros tienen prohibido expresarse públicamente y deben someterse a lo que la izquierda diga. Unos pueden manifestarse el 8 de marzo pasándose por el forro cualquier medida de prevención aconsejada por la OMS, otros deben renunciar a sus procesiones y romerías, y son denunciados por celebrar misas de cinco asistentes y denostados por tocar las campanas de la iglesia o rezar utilizando la megafonía del templo.

Esta es la realidad de la sociedad enferma que tenemos la desgracia de padecer. Una sociedad en la que una parte de la ciudadanía odia profundamente a algunos de sus semejantes. Un odio visceral materializado en insultos y menosprecios permanentes, y en última instancia, en la ocultación y la erradicación de la religiosidad popular. Dicen que no hay más ciego que quien no quiere ver. Quienes no ven que solamente desde el sectarismo y la animadversión se puede justificar una escena al mismo tiempo que se ataca la otra serán corresponsables de lo que ocurra. Otros seguiremos levantando la voz para defender nuestra libertad y nuestras creencias, calificando ambas escenas por igual -eso nos diferencia de ellos- con censura o sin ella. Que no le quepa duda a nadie.

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