La escasez de público y la lluvia marcan una Madrugá rota

El día supremo le llaman La Madrugá. Las palabras sobran, solo vale vivir contemplando. La noción del tiempo se perdió por los callejones nacidos para los pasos de esa noche tan esperada. Los mismos por los que se encuentran el recuerdo esa noche, la que tu padre te cogió de la mano para andar delante de la Macarena, la del primer beso después tras marcharse un palio, o la de aquella Madrugá, la primera de tu hijo, cuando le abriste la puerta de un mundo ideal que para él estaba por descubrir. Un recorrido que este año se pudo realizar prácticamente sin bullas, dejando escenas inéditas de cortejos atravesando una exigua hilera de una o dos filas de público, fruto del frío, y sobre todo el recuerdo de lo acontecido el pasado año.

Todo comenzó a las doce. La Cruz de Guía de la Macarena salió a la Resolana. El cansancio de la espera de nazarenos siempre eterna en toda calle, en toda esquina, terminó cuando el misterio de la Sentencia se acercaba con su característico son y andar, clavando una punzada en el corazón de Sevilla. Pero esa punzada terminó hiriendo todo el corazón cuando salió la Virgen de la Esperanza Macarena. Todo era alegría y júbilo a su paso. Se buscaba una Madrugá sin problemas e intentando no recordar la del año pasado. Por primera vez después de más de cien años no se pasaba por la Anunciación. Dejando momentos especiales en Sales y Ferrer que fue la alternativa a Cuna y la calle Imagen.

La una de la noche era la hora del rito. Ruán negro en la calle de El Silencio. Porque a esa hora estaba el silencio recortado por el rachear de los costaleros y el aire oliendo a azahar, siempre azahar. La fragancia que empapa de un ambiente exquisito a cualquier calle, como la calle Cuna que aromada con incienso convertía la calzada en un escenario único para contemplar la bella cara de la Virgen de la Concepción.

También la una era noche de ruán en San Lorenzo. El Señor de Sevilla se disponía a cruzar la ciudad con su zanca todopoderosa. Silencio a su paso, oscuridad arrebatada por los flaxes de los móviles. Todo era un rezo continuo. La devoción de la ciudad, el Hombre que se aparecía en los sueños de cualquier niño, el que está en la estampa de la mesita de noche, el de la medalla del abuelo, estaba a metros del corazón. La cofradía cerraba con el broche de oro de la Virgen del Mayor Dolor y Traspaso y su regreso por el Arenal, siempre único.

La última cofradía de silencio en realizar su estación de penitencia fue la del Calvario. Estampas inéditas a su paso en la ida por Gravina y el entorno de la Plaza del Museo. El Calvario la representación del saber estar. Rezo debajo de los antifaces, promesas de penitentes descalzos y el palpitar ligero de devotos cuando se acercaba Cristo en la cruz.

Si hay que identificar a una cofradía como alegre, palpable e inolvidable es la de la Esperanza de Triana. Un año más consiguió llevar el sentimiento por el Señor y la Virgen a las entrañas de los sevillanos. No había espacio para poder ver la cofradía. La cofradía en el barrio fue un momento de alborozo que Triana lo vivió intensamente con unas cuadrillas que pese al esfuerzo de toda la noche y las vicisitudes derivadas de los acontecimiento posteriores siguieron luciéndose como en el primer momento.

Una de las cofradías más esperadas de la Semana Santa es la de los Gitanos. Tanto el paso de cristo como el paso de palio supieron lucirse en todo momento, de la Campana. Nuestro Padre Jesús de la Salud es el Señor de los abuelos. El que te da el pellizco en lo más hondo del alma. Y las lágrimas de todos los que se acercaban a su paso lo confirmaban. Lágrimas que se multiplicaron en la Anunciación pero que terminaron convertirse en emoción de regreso al Santuario.

La parte inicial de la jornada se desarrolló con tranquilidad. Una tranquilidad sólo alterada pasadas las 3:30, cuando un conato de carreras en ka calle Reyes Católicos, por donde se encontraba pasando la Esperanza de Triana, causó cierta inquietud entre el público asistente, que no obstante reaccionó de manera ejemplar. Ello, y la rápida intervención de los agentes del orden, permitió que la situación en ningún momento quedase fuera de control, como aseguró el Cecop minutos después de lo ocurrido.

Peor fue lo ocurrido horas más tarde. A las 7:10 Emergencias Sevilla daba aviso especial de lluvia inminente, tal y como sucedió minutos después, provocando el descontrol esencialmente en las tres hermandades de capa que se vieron afectadas por el chaparrón. El paso del Cristo de las Tres Caídas llegó a salir de la Catedral, si bien tras permanecer más de diez minutos arriado en la puerta, regresó sobre sus pasos y con él todo e cortejo que quedó refugiado en el templo.

Minutos después, el hermano mayor, Alfonso de Julios, se dirigió a sus hermanos asegurando que los apartes meteorológicos daban garantías para regresar a Triana. Por su parte Los Gitanos se refugiaron en la Anunciación y la Macarena aceleró considerablemente su recorrido de regreso a casa. A las 8:17 minutos, la corporación Trianera anunció que regresaría a la Capilla de los Marineros utilizando el itinerario habitual hasta el Altozano y desde ahí, cofradía se dirigiría directamente a la Capilla. Los Gitanos, en cambio, determinaron regresar directamente al Santuario desde la Anunciación a partir de las 9:00 con la intención de estar de regreso dos horas después.

Con la Madrugá rota y la imagen inédita de lo cortejos en las inmediaciones de sus templos a horas muy tempranas de la Madrugá, la jornada se fue acercando a su fin, con la sensación de tristeza porque la lluvia apareciese en el momento más inoportuno. No obstante, las últimas horas subsanaron en cierta medida lo ocurrido, Sevilla se aceleró como solo ella sabe hacerlo y, bajo un cielo que quiso abrir de repente, como queriendo subsanar el daño propiciado, permitió que, si bien mucho antes de lo que todos hubiesen deseado -la cruz de guía de la Macarena entró en la Basílica a a las 10 de la mañana- buena parte de lo soñado se pudiese vivir bajo el cielo azul de Sevilla.