La Virgen salió en procesión gloriosa por el viejo arrabal
A lo largo de su historia la Esperanza de Triana ha salido de manera extraordinaria en numerosas ocasiones. Por ejemplo, el cuatro de marzo de 1737 recorrió Sevilla para pedir por las lluvias. Durante la Velá de Santiago y Santa Ana lo hizo hasta en tres ocasiones. En 1921 recorrió el barrio dejando estampas inéditas, portando la diadema de la que por entonces era la Piedad de Santa Marina. En 1923 volvería a repetirse y habría que esperar hasta 1939 para ver de nuevo a la dolorosa por las calles de Triana durante la velá. Un acto extraordinario donde se tuvo presente el fin de la Guerra Civil, sucedido meses antes.
Las crónicas recogen diversos datos sobre una salida que congregó a cientos de devotos. Pero no solamente la prensa hispalense reflejaba este acontecimiento, como es el caso de El Liberal. Los diarios madrileños también hacían referencia a la procesión protagonizada por la Virgen de la Esperanza, que dio comienzo a las dos de la madrugada.
Respecto a la jornada, los diarios afirman que la animación fue grande, con la celebración de «fuegos acuáticos que resultaron muy vistosos». Al término, tuvo lugar un concurso de belleza, alcanzando los premios «seis hermosas muchachas», consistiendo los premios en varios mantones de Manila y alhajas. Una noche donde en el patio del convento de San Jacinto se reunió la comisión organizadora de los festejos, presidida por el concejal Fernández Mensaque, obsequiándose a los concejales, periodistas y demás personalidades «con una espléndida cena». Entre los presentes, el infante D. Carlos, que «fue vitoreado».

Pero sin duda la cita más importante tendría lugar pasada la medianoche. Según indica la hermandad, sucedió la madrugada del día 27 de julio. Desde la iglesia de San Jacinto salía la Virgen de la Esperanza, sede canónica donde residió entre 1868 y 1962, iniciándose una procesión que «recorrió largo itinerario, y regresó a la iglesia de madrugada. Inmenso público presenció el paso de la imagen».
La Virgen de la Esperanza fue situada sobre el paso donde se observan los respiraderos del palio, que pertenecen a la hermandad de los Blancos, de Salteras, en cuyo centro se halla el escudo de la corporación. Portaba el primer manto de los dragones, de Juan Manuel Rodríguez Ojeda, bajo diseño del ceramista José Recio del Rivero, hoy en pieza que forma parte del ajuar de la Virgen de la Paz, patrona de Ronda. La saya era blanca, con los puños plisados, y en la cintura, un fajín de seda con motivos alusivos a la iconografía de la Esperanza, como anclas y salvavidas, que se intercalan con motivos florales bordados en sedas de colores, presentando el nudo el anagrama de María, bordado en canutillos. La pieza fue muy utilizada en la década de los años veinte, bordada en hilos metálicos e hilos de seda, compuesto por cuatro piezas. En 2021 fue restaurada por José Espinar Rodríguez. En cuanto a la corona, se trata de la presea contratada el 10 de septiembre de 1890 por Francisco Sánchez García, por entonces hermano mayor de la hermandad, al platero Justino de Guzmán. Fue estrenada en la Semana Santa de 1891. En su mano derecha portó un salvavidas de tisú de plata donde podía leerse «ESPERANZA». Respecto a los candelabros de guardabrisas, estos ya habían sido utilizados por la hermandad para diversos cultos internos, aunque no eran de su propiedad, perteneciendo a la carreta del Rocío de Triana.

La procesión transitó por la plaza del Altozano, calle Betis, Troya, Pureza, la actual Bernardo Guerra, plaza de Santa Ana y Párroco Don Eugenio, anterior Vázquez de Leca. Tras visitar a la patrona de Triana retomaba Pureza hasta San Jacinto, acompañada por la multitud en una noche donde la Virgen volvió a derramar esperanza por las calles de su barrio.
La Velá de Santiago y Santa Ana llegaba a su fin. Las crónicas recogen que la última noche de las fiestas había concurso de lanchas iluminadas, de cante y baile flamenco. Se terminaba una Velá que sería recordada sobre todo por la presencia de la Esperanza de Triana una noche de verano que no se repetiría hasta dieciséis años después.






