La vara del pertiguero, Opinión

La feria de lo vacío

La feria está llena de cordobeses, pero la iglesia donde se ubica Nuestra Señora de la Salud está vacía. Y cabe recordar que dicha advocación es la que da nombre a nuestra feria, que gracias a ella existe como tal y que su primer sentido es el de festejar a María como dadora de salud. Sin embargo, los tiempos cambian y el devenir de la vida nos hace olvidar el porqué de las cosas.

Nuestro país puede estar mal económicamente, los trabajos tal vez sean precarios y la situación familiar de más de uno quizás esté abocada a la miseria financiera, donde poco se puede hacer para ahorrar. Pero la feria está llena, y bien llena, tal vez por esa necesidad vital de olvidar por un momento el drama del día a día y sus durezas. Probablemente tanta festividad venga bien para airear las mentes y encarar con un poco más de ánimo nuestro presente. Incluso es posible que todo esto sirva para reconstruirnos internamente, en una especie de sucedáneo espiritual aliviador.

Pese a todo ello, Nuestra Señora de la Salud sigue sola, enclaustrada tras unos muros que pocos visitan y que ya no recuerdan el fervor de aquellos devotos que, confiados en la misericordia de Dios y en la intercesión de María, buscaban el consuelo y los milagros en aquel lugar. La esperanza y la fe parecen retroceder en nuestro país, como apunta la última encuesta del CIS, lo cual es preocupante y me trae a la mente las mismísimas palabras de Jesús: «Cuando venga el Hijo del hombre, ¿encontrará esta fe en la tierra?».

No cabe duda de que las personas necesitamos algo más que pan para vivir, y no me refiero solo al entretenimiento, sino a aquella otra parte nuestra que sueña, se emociona y se contempla en la realidad circundante. La espiritualidad humana es algo innegable en nosotros, aunque muchos no quieran verla o la minimicen. El problema está en ahogar esa necesidad espiritual en cosas vanas y pasajeras que aparentan curar, pero no curan. En el mejor de los casos solo adormecen nuestros sentidos y nos despistan. Luego, pasado lo bueno, los fantasmas que nos acechaban vuelven y todo retorna al mismo punto. Por tanto, otra vez a empezar, a buscar entretenimientos continuos y a evadir en todo momento la causa que realmente nos perturba.

Y la Virgen de la Salud sigue sola. Apenas nadie la visita intencionadamente. Ni a ella ni a otras tantas imágenes advocativas, relegadas al polvo y al olvido. Y aun así, las necesitamos, pues el mundo no logra resarcirse ni avanzar, no alcanza esa felicidad prometida ni llega a reposar la cabeza en un sitio donde solo haya paz y fraternidad. El paraíso en la tierra que vaticinaban los pregoneros del materialismo y sus secuaces, quienes con Nietzsche decían que «Dios había muerto», se ha revelado como un purgatorio constante de culpas y un infierno feroz de radicalismos.

Que nadie vea en esto un ataque a las festividades y a las celebraciones, sino un esbozo de reflexión que intenta comprender la causa real de muchas cosas. Debemos festejar la vida, sin duda alguna; pero no se puede celebrar nada cuando su esencia está dañada. Antes hay que reconstruirla, llenar el vacío que la acomete con un sentido trascendental. De lo contrario, la fiesta de turno se convierte solo en una excusa para fugarse del mundo, lo cual implica que, una vez terminada tal fiesta, solo nos queda encararnos nuevamente con el mundo y su crueldad.

Este es el dinamismo de nuestro tiempo. Nuestra fe nos invita a celebrar cada día como una nueva fiesta, pues encuentra en Cristo el sentido de la vida y la razón por la cual debemos seguir adelante. Fuera de esto, el vacío es claro y el terror ante la nada puede ahogarnos. Porque, en conclusión, si el hombre pierde su parte espiritual, si la olvida o la supedita a elementos con fecha de caducidad, se despoja de su energía más valiosa y queda a merced de los embates del mundo: egoísmo, vanidad, conflictos de intereses, etc.

En fin, aquí termina el esbozo reflexivo, algo pesado y seguramente endeble. Ojalá sea solo una especulación más y, en el fondo, exista aún algo que justifica la juerga y el desfase. Ojalá que la celebración y la fiesta no se circunscriba solo a una fecha concreta del calendario. Si esto es así, significa que hay algo más profundo que nos permite festejar la vida cada día, aunque no lo marque el calendario.