La feria de los discretos | Vísperas, experimentos con gaseosa

Esta la tarde del domingo triste. El invierno tiene estas cosas. El cielo está encapotado. La lluvia cae pausadamente sobre el pueblo. Esto hace que las calles estén solitarias y huérfanas de vida. Los sonidos de la tarde son rotos, periódicamente, por el ruido de algún bus de Aucorsa, o los gritos alborozados, de algunos zagales despistados en tan desapacible tarde. En el calor del hogar, amparado por la estufa y el sabor intenso de un café cortado, la mente viaja, sin proponérselo, a los llamados días del gozo. Los recuerdos de la última Semana Santa, tal vez por culpa de este clima inclemente, se hacen presentes una vez más. La última Semana Santa, fue triste por culpa del mal tiempo. Los últimos años, entre la pandemia, y el temporal todo ha quedado muy marcado muy negativamente. Hay ganas de una celebración normal, como siempre fue, sin problemas y sin cortapisas.

Es más, una Semana Mayor plena, de esas que dejan plena el alma y el espíritu. Hay ganas de que Cristo vuelva a entrar a la ciudad Santa, a lomos de un humilde jumento. Es el pórtico de una semana grande, de una semana que es eso, una semana en la que celebramos el drama pasionista y como fin la Resurrección gloriosa.

Una semana en la que el Triduo Sacro marca su principal eje. Son los días grandes, los días cruciales, los días fundamentales. Tanto es así, que antaño, el culto externo se centraba sobre todo el Jueves y el Viernes Santo. En algunos sitios aún se recuerdan las procesiones de “los cuellos sucios” el Miércoles Santo. En Córdoba, ni eso. El decreto promulgado por el obispo Trevilla, puso coto y limite a las procesiones, reduciéndolas a una sola, la tarde del Viernes Santo., Tradición esta que se mantuvo muchos lustros. El fin de la guerra civil, o incivil más bien, con el nacional-catolicismo, como gusta llamarlo a la progresía, trajo, que poco a poco, las procesiones se hicieran presentes en días, hasta entonces, poco habituales, quedando la Semana Santa consolidada a como hoy la conocemos, o, mejor dicho, como la conocíamos.

Y escribo esto, porque como setas tras jornada de lluvia, las procesiones que representan el drama pasionista, han crecido de forma incomprensible fuera de la Semana Mayor propiamente dicha. Incipientes corporaciones, algunas sostenidas de cualquier manera y forma, han aparecido de la nada, y han dado en procesionar en la llamada Semana de Pasión, denominándose estas agrupaciones, de forma pomposa, como “hermandades de vísperas”. Conformadas, salvo contadas ocasiones, por gente muy joven, todas tienen un mismo denominador común. La calle, la cofradía en la calle. Es su fin fundamental. La procesión. Pasos de misterio sobre dimensionados, poblados de figuras secundarias y proclives a “izquierdazos”, “cornetazos” y demás cosas accesorias. También hay los que van de gusto exclusivo, mimetizando formas, estilos y advocaciones de poca raigambre en este pueblo. Y otras languidecen a penas nacidas. De todo tiene que haber en la viña del Señor.

Lo curioso del caso es que todas, de alguna u otra manera, están dando que hablar. Una, con pretensiones aristocráticas, cualquier día aparecerá su heráldica timbrada, quien sabe, por la corona real, por haber sido rechazada, hasta en dos ocasiones, su inclusión en la nómina de la Agrupación de Cofradías. Otra, por haber rechazado por parte de la corporación de la primitiva calle del Lodo, hasta dos jornadas de la Semana Grande, para realizar Estación de Penitencia en la Santa Iglesia de la Catedral, estando aún en duda, si este año procesionará hasta el primer Templo de la Diocesis, o lo hará por las calles de su barrio, pues el Ayuntamiento, quien es el que de verdad ordena y manda en la calle, aún no ha recibido propuesta alguna. La tercera en discordia, esta corriendo antes de aprender a andar, las prisas son su divisa. Tanto es así que este año procesionará su titular mariana, mientras se ha visto “salpicada” por un intento de fusión impostada, presuntivamente para acortar plazos en la aprobación definitiva de reglas, así como su ingreso en la entidad que agrupa a todas las hermandades de Córdoba. Lo dicho, las prisas y el querer correr más de la cuenta. Dicen, y no se equivocan quienes los afirman, que la jugada fue vista desde el palacio de Torrijos y se el delegado diocesano de cofradías, emulando a Trevilla, dictó el correspondiente “decretazo” para que las aguas volvieran a su cauce, no sabiendo si esto, traerá consecuencias posteriores a la implicada.

¿Qué ocurrirá con el discurrir del tiempo? No lo sabemos a ciencia cierta. ¿Aportarán aires renovadores a la Semana Santa de Córdoba? Pensamos que poco. No se ha apostado por una renovación o recuperación de devociones, o estilos, singulares. Todo se antoja demasiado banalizado y mimetizado. Mas de lo mismo. Para estos viajes no se necesitan alforjas y menos aún experimentos con gaseosa, por muy de vísperas que sean.