Reflexiones Heterodoxas | La Fiesta de la Cruz y las cruces populares

Integrantes de la popular peña de los “14 Pollitos”, ante la cruz que instalaron en la casa número 30 de la calle Montero, que consiguió el primer premio en el concurso de 1953. Archivo de Francisco Román Morales

Acabamos de celebrar la Semana Santa, quienes han podido, han realizado el acto deadoración ante el Santísimo Sacramento en el primer templo de la Diócesis. Como es habitual, hemos tenido una Semana Santa plena de sobresaltos, a más de uno y más de dos se les ha quedado, valga la expresión, “cara de tonto”, bien porque han sido extremadamente prudentes, bien porque se han echado a la calle y han acabado pasados por agua y acortando recorridos. En cualquier caso, en plena Pascua de resurrección, sin habernos repuesto del tremendo choque emocional que ha supuesto la repentina, o no tanto, muerte del Papa Francisco, sin solución de continuidad, los cofrades nos vemos inmersos en una nueva actividad que aúna los esfuerzos de la mayoría de nuestras hermandades: Las cruces de mayo, uno de los escasos medios y que debemos cuidar como oro en paño, que tenemos los cofrades, para acopiar fondos para nuestras, siempre, maltrechas economías.

Una vez más, desde tiempo inmemorial, la cruz de Cristo, que nos marca el camino, la verdad y la salvación, ha sido y siempre será el centro de la celebración, más allá de advocaciones, devociones, recuerdos, sonidos, olores o lugares. La cruz con la que los cristianos somos identificados desde que comenzó la historia de la redención. Por esta razón, no es de extrañar que, cuando llega el epicentro de nuestro ciclo festivo anual, marcado por el mes de mayo, sigamos viviendo en torno al símbolo de nuestra fe cristiana, en coherencia con nuestros orígenes culturales y religiosos, aunque ahora lo hagamos de forma bulliciosa y jovial: las Cruces de Mayo.

La popular Cruz de Mayo instalada por la hermandad del Resucitado 
en la plaza del Conde de Priego. Foto: PacoRomán
La popular Cruz de Mayo instalada por la hermandad del Resucitado en la plaza del Conde de Priego. Foto: PacoRomán

Efectivamente, con la fiesta de las cruces se inicia el ciclo festivo del Mayo cordobés. Originariamente, señala el profesor Cobos Ruiz de Aldana, «la cruz de mayo marcaba una época en la que los cordobeses salían a los campos a recoger flores para adornar el árbol santo de la cruz», presente en todas las casas cordobesas, mientras que los niños se afanaban construyendo pequeñas cruces que servían de excusa para pedir algunas monedas a sus mayores. También era tradicional la instalación de pequeños altares en los portales de las casas y que las mozas asediasen a los transeúntes pidiéndoles un chavito para la cruz. En estos altares se colocaban fanales con las imágenes de San Juan o del Niño Jesús, se alumbraban con los mejores candelabros de la casa y las paredes eran cubiertas con colchas de damasco o finísimos manteles de hilo. El exorno floral estaba constituido por las macetas de gitanillas, geranios y manzanillas que, habitualmente, cubrían las paredes del patio. 

Según relata Ricardo de Montis, los barrios donde se celebraba con más entusiasmo la fiesta de la Cruz eran el del antiguo Matadero, hoy avenida de las Ollerías y calles adyacentes, así como el barrio del Espíritu Santo. El 3 de mayo era el día en que las cruces de la plaza de Moreno y la que se encuentra delante de la iglesia de San José, eran adornadas con flores y plantas aromáticas, mientras que en las fachadas de las casas colindantes sus balcones y ventanas eran engalanados con mantones de Manila y colchas de vivos colores, sus paredes aparecían tapizadas de monte y el suelo alfombrado con mastranzos y juncias. 

La fiesta se prolongaba durante todo el día, los vecinos de estos barrios se congregaban en los alrededores de la cruz, donde bailaban al son de guitarras y laudes, mientras que los niños jugaban y correteaban alrededor de los mayores.

Personajes típicos de esta festividad eran los gallegos que, habitualmente, trabajaban como mozos de cuerda. Éstos se concentraban junto al Arco Bajo de la Corredera, para recorrer la ciudad portando una cruz al son de las castañuelas, el tamboril y la gaita. Al día siguiente, en la parroquia de San Pedro, celebraban una solemne función religiosa.

La Cruz de Mayo del Pozanco, una de las más laureadas de la historia 
del concurso de Cruces de Mayo, como reflejan los platos incrustados 
en los pedestales y que, por desgracia, ya no concursa en la actualidad.
Foto: PacoRomán
La Cruz de Mayo del Pozanco, una de las más laureadas de la historia del concurso de Cruces de Mayo, como reflejan los platos incrustados en los pedestales y que, por desgracia, ya no concursa en la actualidad.Foto: PacoRomán

En mayo de 1953, el Ayuntamiento de Córdoba convocó el primer concurso popular de Cruces de Mayo, contando para ello con la inestimable colaboración de las peñas cordobesas, a las que en fechas posteriores se han unido otras agrupaciones como clubes, asociaciones vecinales y, de forma mayoritaria, nuestras hermandades y cofradías, sin cuyo concurso, la fiesta no sería lo que es en la actualidad, pues de las 53 cruces que participan este año, 33 pertenecen a hermandades y cofradías, lo que supone el 62% del total. Como indicaba más arriba, los cofrades tenemos debemos cuidar con esmero esta fiesta, tanto por la celebración en sí, como por lo que supone de alivio para nuestras arcas. En este sentido, debemos de ser los primeros en poner los medios para evitar “botellones” y actos incívicos, esto no significa que tengamos que asumir las tareas que corresponden, de forma exclusiva, a la policía local o nacional, según la gravedad de los acontecimientos, pero sí podemos colaborar de forma activa con los representantes de la autoridad. Debemos de ser conscientes que hay un sector de la población, que se autoproclama “progresista”, tolerante y democrática, que siempre está ojo avizor para tratar de minimizar, cuando no borrar del mapa, nuestra presencia en la sociedad cordobesa, para lo cual, no dudan en magnificar todo lo negativo que suceda en torno a nuestras cruces, tal y como ocurrió en un medio progre el año pasado, cuando publicaba con dedo acusador, un primer plano de la basura acumulada por una hermandad, en torno a unos rebosantes contenedores de Sadeco. La realidad es que se había generado más desechos de los inicialmente previstos y, en el momento de tomarse la fotografía, la empresa municipal todavía no había pasado a recogerlos pero, claro, aquella hermandad era culpable.   


Foto portada: Integrantes de la popular peña de los “14 Pollitos”, ante la cruz que instalaron en la casa número 30 de la calle Montero, que consiguió el primer premio en el concurso de 1953. Archivo de Francisco Román Morales