Es el comienzo de un nuevo año y el fin del tiempo de glorias, quizás no para todos pero sí para quienes piensan que se trata de la delgada línea que delimita el comienzo del verano y, por tanto, del tiempo de guardar los costales y las fajas.
El Corpus Christi. Regresa la fiesta del Señor tras el eterno letargo de la paciencia de dos años que nos dejaron huérfanos de la presencia divina del Santísimo Sacramento en las calles. Una procesión de gran arraigo en ciudades muy puntuales y que ha perdido la capacidad de enganchar en otras, quizás por las excesivas temperaturas que suelen acompañar al día o por la secularización imperante y siempre dependiente de Ia imaginería sacralizada. Una jornada que nos recuerda a nuestros inicios en la vida de la Iglesia formando parte de uno de los cortejos más largos y completos de nuestra tierra.
Una jornada que nos recuerda a nuestros inicios en la vida de la Iglesia formando parte de uno de los cortejos más largos y completos de nuestra tierra. Breve pero emocionante, una procesión llena de colorido al final, casi, de la primavera y que sirve como nexo de unión de todas las Cofradías y Asociaciones Parroquiales en torno a Su Divina Majestad en una tradición imperecedera y enmarcada en el caminar de los siglos a la que la evolución de la sociedad también ha afectado. La forma de portar la custodia o la inclusión de integrantes nunca vistos llevan a la procesión más sagrada de la Iglesia a adaptarse a las vicisitudes de una sociedad en continuo cambio y que se acerca a contemplar al Señor en su Sagrada Forma más humilde, ya sea entre palios de respecto o bajo el cielo azul de la primavera, caminando sobre romero o sobre juncia.
Es la fiesta del Señor, la de la alegría, la del reencuentro.





