No me importa cuántos años tiene la devoción de la Fuensanta. Tampoco me importa si su numero de fieles es mayor o menor que antes. En verdad, poco me importa que se llame Fuensanta, Salud, Piedad o cualquier otro nombre que venga al uso. Lo que realmente importa, sin duda, es que cumple perfectamente su función: consolar el espíritu de los que sufren.
La fe es confianza en algo que no se puede ver, pero que se siente. Constituye en sí una apuesta por la justicia de un mundo caótico y caprichoso. La persona de fe dice sí a quien le invita a caminar por un sendero donde las fatigas, las pruebas y los desalientos se prodigan. Pero esa misma fe eleva nuestra esperanza de que habrá un final del camino que, pese a las desventuras, merece la pena.
María, una joven más de un mundo no tan distinto al nuestro, confió y triunfó. Y no hizo grandes gestas ni esfuerzos físicos para ello. Simplemente perseveró en la adversidad. Es ejemplo de la persona que se deja llevar por otro, en este caso mucho más grande y perfecto. Por ese motivo, entre todas las mujeres y todos los hombres, fue encumbrada. Y por eso aún hoy, entre los cristianos, se la tiene por gran intercesora, que se aparece al pueblo de Dios para abogar por él y ayudarlo, como nos dicen muchas crónicas.
Todas estas razones nos hacen comprender por qué se tiene tanta devoción a la Virgen y por qué es tan importante. Para los cofrades cordobeses, además, es un faro inestimable en su advocación de Fuensanta, ya que como patrona nos sirve como manantial de vida para sustentar nuestra fe en Cristo y seguir su Evangelio. Y no cabe duda de que necesitamos de las aguas de su presencia, tanto o más ahora que en tiempos pasados; pues el mundo cada vez es más complicado, las amenazas crecen, los miedos nos rondan y el espíritu del ser humano se desborda por los numerosos desasosiegos.
María, Virgen de la Fuensanta, no solo necesita una procesión; necesita de nosotros una respuesta firme y convincente en favor de la fe. Precisa que mantengamos encendida esa llama de esperanza que nos da vida en las tribulaciones y que nos hace avanzar. Y no importa si, por mantener esa llama, se nos olvida en algún momento su apellido, pues solo el nombre de María es más hermoso que cualquier otro. Por tanto, sea como sea, vayamos a lo que realmente importa para no extraviarnos por los recovecos del camino.
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