La gallina de los huevos de oro

Me encontraba este fin de semana en el lugar de privilegio en el que me suelo encontrar, cada vez que las vicisitudes de la lucha cotidiana me permiten tener unos días de asueto, a orillas del mar de Andalucía, mucho menos de lo que me gustaría, eso sí, cuando a resultas de una conversación intrascendente salieron a relucir sorprendentemente las cofradías. Y digo sorprendentemente porque en los últimos tiempos me he cuidado muy mucho de que quienes discurran a mi alrededor poco o nada tengan que ver con cualquier cosa que huela a incienso, probablemente hastiado y desengañado de un mundo que, a fuerza de sumergirme en sus entrañas he comenzado paulatinamente a querer quedarme cada vez más en una situación de distancia suficiente como para observarlo todo sin implicarme emocionalmente nada.  

No recuerdo por qué, ni a santo de qué, se puso sobre la mesa la cuestión de qué procesiones había ese fin de semana. Les puedo garantizar que me quede absolutamente en blanco. Salvo la procesión triunfal de la Virgen de la Salud de San Gonzalo del resto nada supe decir pues nada recordaba y les reconozco que por un instante no supe si sorprenderme más porque las cofradías saliesen a la palestra en aquella heterogénea conversación cuyo eje argumental circulaba básicamente alrededor de las cosillas de Cataluña o por el hecho de que no tuviese ni idea de qué imágenes se ponían en la calle aquellos días. 

Comentaba mi amiga Raquel Medina hace apenas unas horas que sería conveniente no querer tanto y sí querer mejor por una cuestión parecida a esta de la que les he venido hablar hoy. Y es que por momentos uno tiene la sensación de que definitivamente hemos matado la gallina de los huevos de oro. Hemos alcanzado un nivel de hartazgo, una saturación sobrevenida de tal calibre que, incluso aquellos que más nos hemos empeñado en beber durante todo el año del venero de las cofradías, hemos pasado de beberlo absolutamente todo a ser extremadamente exigente con qué es aquello que estamos dispuestos a beber. Se sorprenderían si les dijese cuál fue la última procesión que he visto y si he de serles sincero, también yo me sorprendo al recordarlo. 

Bueno sí, es cierto, estuve en Sevilla viendo la Virgen de la Salud no este sábado sino el anterior y aguanté lo que aguanté, prácticamente nada, tres calles. Considerando lo que hubiese aguantado hace años, un tiempo ridículo. Y no porque no fuese hermosa la manera de caminar de la Virgen de la Salud, no me malinterpreten, no encontrarán en mí a un ultraortodoxo de los horarios, es más, me han cabreado bastante todos esos valientes que pululan como gallos ufanos por las redes sociales, lanzándose al cuello de la hermandad de San Gonzalo, cuando no tuvieron lo que hay que tener para criticar con la misma fiereza la última extraordinaria de la Macarena o de la Esperanza de Triana. Y es que ya es sabido que los chulos de barrio solo se atreven con quienes consideran más débiles. Aguanté poco porque estoy muy cansado de cofradías, así, como suena, y salvo honrosas excepciones, cuya capacidad de absorber cofradías permanece prácticamente intacta a pesar del paso del tiempo, detecto, en mi entorno cofrade, que ésta es una sensación que podría considerarse generalizada.

Cierto es que las nuevas generaciones compensan numéricamente ese cansancio que detecto en buena parte de mi generación pero aun así, tengo la firma convicción de que nos estamos pasando. No hablo de la prensa cofrade, que lo único que hace (hacemos) es contar lo que pasa, sino de los que provocan que pasen tantas cosas. No hay prácticamente fin de semana sin que hayan pasos en la calle. Y cuando no hay procesiones que llevarnos a la boca, nos inventamos una nueva, recuperamos alguna desaparecida o nos sacamos de la manga alguna extraordinaria por la razón más insospechada. Añadan al cóctel los miles de rosarios de la aurora, matutinos, vespertinos o en horario discotequero, los Vía Crucis que se reproducen como setas y las millones de presentaciones de carteles, pregones, exaltaciones, charlas y eventos similares, algunos de ellos convertidos en un auténtico coñazo, fundamentalmente por las personas elegidas para perpetrarlos, que evidencian que los cofrades nos hemos puesto de un pesado que no hay quien nos aguante. 

Dicen que en el término medio está la virtud. Los cofrades hace años que dejamos de saber lo que significa eso del punto medio, se ve que no fuimos a clase el día en que explicaron el concepto, o en su defecto, que lo hemos olvidado, envueltos en todo un inmenso e inabarcable maremágnum de besamanos extraordinarios, salidas extraordinarias, rosarios extraordinarios y eventos de muy diverso pelaje, todos muy pero que muy extraordinarios, que han terminado provocando que cada vez sean más los que huyen en la búsqueda de algo diferente y un poquito de sosiego entre marcha y marcha, aunque sea de vez en cuando. La última moda son los viajes organizados para ver fuera lo que se ve que algunos no están suficientemente hartos de ver en casa, en ocasiones con cartel infumable incluido, ya me contarán ustedes. 

Hasta el punto de que cuando llega la Cuaresma, cada vez nos invade menos esa sensación de estar tocando con la punta de los dedos la llegada de un tiempo excepcional, porque, salvo la presencia de nazarenos, el resto lo tenemos tan visto las 52 semanas del año, que ya nada nos impresiona. Y así seguimos, como los burros amarrados a la noria, envueltos en esta vorágine que nadie sabe o quiere detener, hasta que consigamos que la sensación de hartazgo se perpetúe incluso en Semana Santa y prefiramos una sombrilla o un chiringuito, a un palco o una esquina. Sigamos explotando la gallina de los huevos de oro, hasta que la matemos de aburrimiento.