La Iglesia del Juramento de San Rafael ha acogido en la tarde de este lunes un acto cargado de simbolismo y hondura espiritual, en el que la Hermandad de Nuestra Señora del Rocío de Córdoba ha celebrado su tradicional misa de despedida ante el Arcángel San Rafael, Custodio de la ciudad y patrón de los caminantes. Esta ceremonia, que se ha convertido en uno de los momentos más emotivos de la antesala rociera cordobesa, marca el umbral entre la espera y la marcha, entre la devoción contenida y la peregrinación en cuerpo y alma hacia la marisma almonteña.
Los hermanos cordobeses, con sus varas y medallas al pecho, han vuelto a encomendarse al que custodia los destinos de la ciudad, pidiéndole amparo, fortaleza y guía para el Camino que está a punto de comenzar. El presbiterio de la iglesia que guarda la imagen del Arcángel se llenó de oraciones, promesas y miradas elevadas al cielo en una liturgia solemne, vivida con recogimiento y fe por la filial cordobesa.
No se trata únicamente de una despedida ritual, sino de un gesto que reafirma la alianza espiritual entre Córdoba y su eterno protector. Bajo la atenta mirada del que portó el pez y la medicina, los romeros han suplicado por un camino sereno, sin contratiempos, fraterno, como corresponde al espíritu del Rocío.
En la celebración, se ha respirado esa emoción serena que sólo se experimenta en los momentos verdaderamente trascendentes, cuando el tiempo parece detenerse y cada palabra pronunciada cobra un peso específico en el alma de quienes peregrinan con los ojos fijos en la Blanca Paloma. Todo ellos a escasos días para que la ciudad se despida de sus romeros, que ya se preparan para dejar atrás el casco urbano y abrir el corazón a la gracia que aguarda en los senderos, llevando consigo el nombre de Córdoba grabado en su Simpecado y en cada pisada sobre la tierra que conduce al Santuario de la Reina de las Marismas.





