Poquito a poco el calendario anuncian que de nuevo se acerca otro final de año. Se va otro difícil. Complicado en muchos aspectos. Pero repleto de ilusión.
Cada uno hará balance de lo realizado, de lo vivido. De lo bueno y de lo malo. Pero inexplicablemente pensamos en lo que está por venir. ¡Somos así…! Pensamos demasiado en lo que está por llegar, aun siendo conscientes que eso no está en nuestras manos. «El hombre propone…» ¿Todos conocemos la teoría, verdad? Es difícil llevarlo a la práctica. La vida nos sorprende cada día. A cada hora. A Cada minuto. Nos lleva a andar un camino que no siempre es el correcto, pero que sin embargo es al que no empuja casi sin darnos cuenta. Por eso hay que parar. Bajarse del mundo de vez en cuando. Pensar. Reflexionar sobre lo que estamos viviendo. Intentar buscar la respuesta a todo aquello que nos abruma e ir a la captura de la solución. ¡O al menos intentarlo!
Y en esa búsqueda, en ese sendero, estoy segura que aparece Ella. La Esperanza. La que por amor dijo sí sin importarle nada. La que creyó tan firmemente en su amor a Dios que no temió a nada ni a nadie. Una mujer valiente que aceptó la voluntad del Señor sin pestañear. Sin pensar en pros y contras.
Una mujer que viene a recordarnos que la Esperanza está en nosotros. Que Ella y su Hijo son la luz de nuestro camino. Una luz que nos guía hacia nuestro propio yo. Hacia nuestros seres queridos. Hacia todos aquellos que, de alguna manera y otra, forman parte de nuestra vida.
Tenemos que ser portadores de Esperanza. Ya lo dice la Biblia: «Y esta esperanza no nos defrauda, porque Dios ha derramado su amor en nuestro corazón por el Espíritu Santo que nos ha dado» Romanos 5:5. Hemos sido bendecidos con la llegada del Espíritu Santo. Cada Pentecostés lo vivimos. Es el momento de la Esperanza. Una Esperanza que nos recuerda que somos Hijos de Dios. Nacido de María Santísima, la mujer valiente, preñada de Esperanza, que dijo Sí sin condiciones.





