El periodismo generalista, como el toreo, tiene su parte de salón, la de la cábala que, especialmente, se aplica a la esfera de partidos y cargos públicos. Es lo que se conviene en denominar ‘política ficción’, algo que en el fondo no es más que lo que en el deportivo se llama mercado de fichajes.
Crisis de Gobierno, nombramientos, pactos, cómo sería el país si gobernara tal partido y un largo etcétera de temas que orbitan sobre lo mismo llenan páginas cuyo círculo concéntrico está en Madrid, pero que -en menor medida- también se aplica a provincias y, de un tiempo a esta parte a las cofradías y, en concreto, a los cargos de capataces y a los cambios de banda.
Ese último tema es la estrella del momento, aunque el sistema peque de antiguo. El axioma es fácil, tal junta de gobierno llega al poder y baraja echar a la o las bandas y suenan esta, aquella y la del otro lado del río. “Miembros de la junta me dicen que no pueden hablar”, esto es lo mismo que nada, pero no importa.
Y no lo hace porque nombras entre las candidatas, como por ejemplo está sucediendo con la Hermandad de San Pablo, a Virgen de los Reyes, formación a la que nadie discute, pero que deja mal a la que aún está, porque de camino, ese anuncio lleva a otro y sugiere que la continuidad de Tres Caídas también podría peligrar y entran en el bombo San Benito y El Arahal. Bandas de nuevo que nadie discute (aunque una de ellas esté claramente por debajo de la banda trianera) y se consigue la empatía de sus músicos, mientras no se piensa en los que, por definición, quedan en frente.
En definitiva, con las bandas se hace lo mismo que cuando entra un Presidente del Gobierno y se escriben líneas y líneas con quinielas que, en el fondo -y puede que en la superficie- sean de parte. Pero es ficción, porque cuando se falle siempre habrá otra nueva hermandad que lo ponga en bandeja, haga olvidar y, se diga, que no hubo error porque había varias candidatas y la junta de turno es soberana.





