No se caracteriza la Madrugá cordobesa por una gran concurrencia de hermandades en sus estrechas calles, tampoco por el característico sonido de las cornetas y los tambores ni por el intenso resplandor de un paso dorado en la oscuridad de la noche. La Madrugá cordobesa tiene el nombre propio de la Hermandad de la Buena Muerte, con su incomparable recogimiento y el silencio solo roto por los tímidos crujidos del paso de caoba del hermoso crucificado de Castillo Lastrucci. Todo lo contrario sucede con el inigualable paso de palio que cobija la imagen de Nuestra Señora Reina de los Mártires, cuya llegada parece vaticinar aun en la lejanía el inconfundible sonido de sus espectaculares varales.
Por ello no es de extrañar que cuando tocan las doce de la noche de la madrugada del Viernes Santo, el pueblo cordobés se congregue a las puertas de la Colegiata de San Hipólito con la expectación reflejada en un respetuoso murmullo a la espera de ver – y escuchar – el que posiblemente sea el palio por antonomasia de nuestra Semana Santa.
Era en 1946 cuando la Hermandad de la Buena Muerte comenzaba a realizar su estación de penitencia en la tradicional madrugada del Viernes Santo, partiendo desde su sede una hora más tarde de lo que lo hace actualmente y poniendo en la calle tan solo el paso de su titular cristífero. Tras conseguir captar la atención de la comunidad cofrade por su personalísimo guión procesional, convirtiéndose en el objetivo de los consiguientes elogios, la cofradía de centro incorporaba a su desfile ya en el año 1951 el paso de palio de la bella Reina de los Mártires.
Tal vez fuese tras aquella primera salida de la dolorosa del sevillano Castillo Lastrucci, ya en el interior de su templo, cuando se tomase la curiosa fotografía que encabeza este artículo basándonos en los cirios visiblemente consumidos y en los aparentes detalles del entonces nuevo palio, que se muestra incompleto, únicamente con la pintura del techo de palio y el medallón con la corona de espinas en la bambalina frontal, dejando por lo tanto el espacio restante aún por bordar.

Lo cierto es que, la joya artística y patrimonial que la Hermandad de la Buena Muerte concentra en su magnífico paso de palio, fue concluida con gran rapidez, contando en su proceso de elaboración con el inestimable trabajo del orfebre Jesús Domínguez y la bordadora Esperanza Elena Caro. Corría el año 1970 cuando la desaparecida y más tarde reemplazada publicación titulada Patio Cordobés hacía referencia a dicha obra, sin dejar atrás detalle alguno de la fabulosa estética que rodea a la Reina de los Mártires:
El “paso” de la Virgen es obra de orfebres sevillanos, repujado y plateado. En la filigrana de los respiraderos lleva medallones con mártires de Córdoba, reproducción exacta de los tallados en la sillería del coro de la Catedral cordobesa. Manto y palio de terciopelo rojo bordado en oro. El gran medallón central del techo de palio, bordado en seda de colores, representa la Asunción de “Tiépolo”, por haber efectuado este “paso” su primera salida procesional en el año de la declaración dogmática de la Asunción.
Igualmente significativa es la instantánea que acompaña estas líneas, no solo por la evidente y maravillosa finalización del paso de palio de la titular mariana de la Hermandad de la Buena Muerte, sino por el momento en que fue tomada, en el año 1961 al paso de la cofradía por una abarrotada Avenida del Gran Capitán. En aquel año, la corporación de San Hipólito había abandonado su habitual madrugada para incorporarse a la nómina de hermandades que hacían estación de penitencia en la jornada del Viernes Santo con motivo del traslado de la Carrera Oficial – fomentado por el Ayuntamiento de la ciudad – que había abandonado el centro de la ciudad para hallar en la Catedral y sus alrededores un nuevo escenario que pretendía atraer nuevas oleadas de turistas.

La Buena Muerte repitió este procedimiento también en 1962, pasando a ocupar el primer puesto en la jornada del Viernes Santo y debiendo salir de su sede a las seis y media de la tarde para poder así pasar por el palco justo dos horas más tarde. Estas dos ocasiones fueron las únicas en las que la sobria hermandad debiera renunciar a su original día de salida, pues en 1963 las inclemencias del tiempo frustraron su estación de penitencia y, finalmente, en 1964, regresa a la Madrugá una vez concluida la aventura del traslado de la Carrera Oficial.
Especial mención merece también la llamativa fotografía que el anteriormente mencionado número de Patio Cordobés elegía para su portada de 1970 y en la que se pueden apreciar los exquisitos bordados del techo de palio y el interior de las bambalinas. Cabe destacar asimismo otros aspectos tan reseñables en la estética de la dolorosa de Lastrucci, como son el tocado y la acusada posición de las manos de la Reina de los Mártires, portando en una de ellas una corona de espinas desaparecida en la actualidad.





