En el universo cofrade contemporáneo se ha instalado una deriva tan silenciosa como inquietante: la del cambio por el cambio, una dinámica en la que determinadas corporaciones parecen haber asumido que la identidad procesional es un elemento mutable, sometido al gusto inmediato de cada nueva junta de gobierno. No se trata ya de evoluciones naturales, ni de ajustes motivados por el tiempo o por la lógica interna de un proyecto; hablamos de modificaciones abruptas, a veces incluso radicales, que alteran de forma sustancial la idiosincrasia estilística de los pasos de la cofradía, perfectamente reconocibles hasta ese momento, para pasar de un día para otro de la agrupación musical a las cornetas y tambores, o de estos a la banda de música, como si la tradición fuera un material maleable sin mayor consecuencia. En ese tránsito se dilapida, sin demasiada conciencia de lo que se pierde, la herencia recibida de quienes sostuvieron durante años un determinado estilo propio, abriendo una grieta profunda en la continuidad estética y simbólica y, con ella, en la propia pérdida de identidad de la corporación.
Detrás de estas decisiones no es difícil advertir la presencia de perfiles que se autoperciben como iluminados de la sensibilidad cofrade, intérpretes exclusivos de una supuesta evolución necesaria, cuando en realidad, en no pocas ocasiones, lo que aflora es una mezcla de capricho infantil, vanidad personal y pulsión de poder mal entendida. Son quienes creen tener la legitimidad para destruir lo construido con tal de dejar su huella, aunque esa huella consista precisamente en la ruptura con todo lo anterior. Resulta particularmente llamativo observar cómo algunos de estos mismos actores, años después, reaparecen como abanderados de la recuperación del estilo que ellos mismos desmantelaron, intentando revestir de coherencia lo que no deja de ser una rectificación tardía. En ese proceso, no falta quien compra sin demasiada resistencia esos argumentos, aunque buena parte del cuerpo de hermanos —con mayor o menor lucidez— es capaz de identificar estos movimientos como lo que son: fuegos de artificio que evidencian una alarmante inconsistencia intelectual y estratégica.
Más compleja aún es la situación cuando entran en juego quienes, desde una buena fe indiscutible pero mal orientada, intentan restaurar estilos perdidos como si la identidad pudiera recomponerse con la misma facilidad con la que se corrige un error administrativo. Se trata de un esfuerzo comprensible, incluso loable en su intención, pero profundamente equivocado en su planteamiento, porque proyecta hacia el exterior una imagen de inestabilidad permanente, de ausencia de rumbo, de hermandades que avanzan a base de bandazos sucesivos. Y esos movimientos erráticos no solo desconciertan a los hermanos o a los devotos, sino que terminan teniendo consecuencias mucho más amplias, afectando a la credibilidad institucional y a la percepción de seriedad en el ámbito cofrade. No es menor el efecto que esta volatilidad puede generar en el mundo de las formaciones musicales, que cada vez con mayor cautela valoran la estabilidad de los proyectos antes de comprometerse a largo plazo.
En este contexto, la imagen que se proyecta es especialmente dañina: la de una hermandad que parece incapaz de sostener un estilo definido, coherente y reconocible en el tiempo, sometida a modas pasajeras o, en el peor de los casos, a caprichos de gestión y a presiones internas y externas que condicionan su rumbo. Esa falta de consistencia termina por erosionar el respeto ganado durante años de trabajo continuado, convirtiendo lo que debería ser una línea evolutiva ordenada en un relato de rectificaciones constantes y decisiones contradictorias. No es casual que en el imaginario de muchos acabe instalándose una percepción incómoda, casi caricaturesca, de improvisación permanente, donde cada etapa parece negar la anterior. Y conviene no olvidarlo: las hermandades que aspiran a ser tomadas en serio no pueden permitirse vivir en esa lógica de ensayo permanente, porque el riesgo último es evidente —y profundamente dañino—: convertirse, por acumulación de errores y de impulsos mal gestionados, en el ejemplo de lo que nunca debió hacerse dentro del mundo cofrade, con la consiguiente y progresiva pérdida de su identidad e idiosincrasia propia.
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