La concatenación de acontecimientos que venimos presenciando en las últimas semanas no admite ya interpretaciones ingenuas ni lecturas complacientes. El reglamento impuesto en Córdoba por la Delegación diocesana de Hermandades, lejos de constituir un hecho aislado o una mera reorganización interna, encuentra su inquietante reflejo en otros puntos de la geografía cofrade, como evidencia el reciente movimiento articulado en la diócesis onubense. Allí, la nueva normativa no se limita a sugerir, orientar o acompañar, sino que reconoce abiertamente su voluntad de controlar y regular aspectos nucleares como las procesiones y las romerías, es decir, precisamente aquellos espacios donde la religiosidad popular se ha manifestado históricamente con mayor libertad. La coincidencia no es casual. Responde a una dinámica perfectamente reconocible que apunta hacia una misma dirección: la reconfiguración del modelo cofrade bajo parámetros de supervisión, tutela y control creciente. Y es en ese contexto donde Córdoba deja de ser un caso particular para convertirse en una pieza más de un engranaje mucho más amplio.
Lo verdaderamente preocupante no es solo el contenido de estos textos normativos, sino el relato edulcorado con el que se pretende justificar su implantación. Se habla de comunión, de coordinación, de impulso pastoral, de ayuda; pero la realidad que subyace tras ese lenguaje cuidadosamente escogido es bien distinta. Lo que se está configurando es un modelo en el que la autonomía de las hermandades queda progresivamente diluida, sustituida por una estructura jerárquica que aspira a intervenir en ámbitos que tradicionalmente han pertenecido al ámbito propio de las corporaciones. Y mientras tanto, el tiempo —lamentablemente— no hace sino dar la razón a quienes advirtieron desde el primer momento de la naturaleza de este proceso, desmontando uno a uno los argumentos buenistas de quienes se negaban a ver lo evidente. Hoy resulta cada vez más difícil sostener que todo responde a una intención inocente cuando los hechos, tozudos, dibujan un escenario de control planificado y sostenido en el tiempo.
En ese mismo marco adquiere especial gravedad la constatación de que no todos los movimientos se producen a la vista de todos. Porque, junto a la arquitectura normativa, emerge una realidad mucho más incómoda: la existencia de actitudes de doble juego, de discursos que en público defienden una supuesta autonomía mientras, en privado, actúan como engranajes de ese mismo sistema que dicen cuestionar. Se difuminan así las fronteras entre quienes alertan y quienes ejecutan, entre quienes aparentan estar de un lado y quienes, en realidad, forman parte activa de una estrategia que considera a las hermandades como estructuras a domesticar. No son pocos los que empiezan a hablar —con creciente preocupación— de auténticos topos, de figuras que durante meses han operado con una doble cara, engañando a los más incautos, sosteniendo un discurso vehemente de defensa de la libertad mientras contribuían, de facto, a su erosión. Una deriva que, además de inquietante, resulta profundamente desleal con un tejido cofrade que ha demostrado históricamente una capacidad de organización y gestión que no necesita de tutelas encubiertas.
Ante este panorama, la disyuntiva ya no admite dilaciones ni ambigüedades. El universo cofrade se encuentra en un punto de inflexión en el que solo caben dos caminos: levantarse con determinación para defender su identidad, su independencia y su libertad, o aceptar sin resistencia un modelo que conduce, de manera inexorable, a la pérdida de todo aquello que lo ha definido durante siglos. Porque lo que está en juego no es una cuestión menor ni un debate técnico sobre reglamentos, sino el propio modelo de convivencia entre la Iglesia y las hermandades, tradicionalmente basado en un delicado equilibrio entre pertenencia e independencia. Un equilibrio que ahora se ve amenazado por una visión centralizadora incapaz de comprender la heterogeneidad del mundo cofrade y profundamente incómoda con cualquier forma de autonomía real. El tiempo, insistimos, está colocando cada pieza en su sitio. Y quizá haya llegado el momento de decidir, sin más excusas, si se quiere seguir siendo sujeto activo de la historia… o convertirse definitivamente en objeto de control.
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