La revirá | De León vendrán que austero te harán

Resulta difícil no detenerse en el alcance de algunas de las consideraciones formuladas este sábado por el obispo de Córdoba durante la presentación del Reglamento de la Delegación Diocesana de Hermandades y Cofradías, especialmente aquellas vinculadas a la conveniencia de una mayor contención patrimonial y a la idea de que ciertas expresiones de la piedad popular adquieren mayor cercanía cuando se asocian a una estética más sobria. Tales planteamientos, lejos de pasar inadvertidos, han generado lecturas diversas en el ámbito cofrade, donde conviven la atención respetuosa, la prudencia interpretativa y una notable perplejidad ante la traducción práctica de dichas orientaciones, todo ello con ese inevitable poso de sorpresa contenida que dejan las grandes revelaciones cuando aterrizan en realidades que llevan siglos funcionando sin necesidad de manual de instrucciones, y que ahora parecen sometidas a una súbita necesidad de relectura normativa, casi como si la tradición hubiera estado esperando corrección de estilo.

Resulta casi conmovedor —en ese territorio difuso entre la diplomacia institucional y la incredulidad discretamente administrada— escuchar determinadas aproximaciones a la Semana Santa andaluza formuladas desde una distancia que no siempre se explicita, pero que se percibe en el modo de diagnosticar lo que debería ser o no su expresión estética. Se agradece la intención de reflexión pastoral, cómo no, con esa cortesía que la educación aconseja incluso cuando el diagnóstico roza lo pintoresco, aunque no deja de resultar llamativo que se sugiera una reducción del peso patrimonial en una realidad que ha construido su identidad precisamente sobre la acumulación de arte, oficio y memoria, como si siglos de historia pudieran reordenarse desde una lógica de optimización reciente. Y en ese punto, inevitablemente, los artesanos deberían estar muy preocupados: bordadores, doradores, tallistas, orfebres, familias enteras que han sostenido durante generaciones un ecosistema cultural que no es ornamental, sino estructural, y que constituye además el sustento directo de decenas de talleres, probablemente no estaban esperando clases teóricas sobre la conveniencia de simplificar aquello que han tardado siglos en perfeccionar, ni mucho menos una invitación a la depuración estética preventiva con efectos colaterales en toda una economía del oficio.

Desde hace siglos, con especial intensidad en los dos últimos, la Semana Santa andaluza ha configurado un lenguaje artístico propio en el que el patrimonio no es un añadido, sino una forma de expresión esencial. No se trata únicamente de estética, sino de una gramática visual, de una memoria colectiva, de una identidad compartida que se expresa a través de bordados, dorados, imaginería, orfebrería y una larguísima tradición de creación que no se improvisa ni se reduce sin consecuencias. En ese contexto, no deja de suscitar cierta perplejidad creativa la idea de contención aplicada de manera generalizada a un tejido tan complejo, especialmente entre aquellas corporaciones que en la actualidad se encuentran inmersas en importantes proyectos patrimoniales. Qué suerte ha tenido la Hermandad de la Santa Faz al haber culminado recientemente su palio, podría decirse con una ironía casi providencial de calendario, en un escenario en el que otras realidades miran con atención el horizonte inmediato. Porque si algo preocupa en este clima interpretativo es precisamente eso: hermandades como la Esperanza, la Estrella, el Prendimiento, el Buen Suceso, el Calvario, el Rocío o cualquier otra inmersa en procesos de renovación o enriquecimiento patrimonial deberían, cuando menos, estar muy atentas a la traducción efectiva de estos criterios en el futuro inmediato, no vaya a ser que la estética acabe convertida en una suerte de ejercicio de minimalismo normativo, donde lo complejo tenga que justificar su existencia ante un nuevo marco de sobriedad reglada, de reducción conceptual y de austeridad interpretativa.

En los ambientes posteriores, como suele suceder tras este tipo de intervenciones, no han faltado comentarios que combinan ironía y desconcierto con una naturalidad casi litúrgica, como si el propio asombro formara parte del ritual no escrito del encuentro. Entre ellos, alguno particularmente gráfico —y deliberadamente hiperbólico— apuntaba que, si la lógica de la austeridad se entendiera en términos extremos, quizá habría que acabar peregrinando a Pakistán para encontrar ajustar presupuestos y determinadas formas de expresión devocional, como si el mapa espiritual se reordenara por decreto estético y la tradición universal quedara súbitamente sometida a criterios de depuración geográfica del fervor, de homogeneización simbólica o de simplificación cultural del rito. O de pasta, vaya. La exageración, evidentemente, no pretende ser literal, pero sí refleja un estado de ánimo en el que la discusión sobre la contención estética ha activado sensibilidades muy diversas, entre la sorpresa, la inquietud, la lectura crítica y esa sensación tan humana de que a veces la teoría llega con un entusiasmo que no ha pisado aún el barro de la realidad, ni ha escuchado el peso real de lo vivido, ni calibrado del todo la densidad de lo que pretende simplificar desde la distancia conceptual, desde el diagnóstico externo o desde la observación no sedimentada en la práctica.

En última instancia, más allá del ingenio o de la reacción inmediata, lo que aflora es una tensión de fondo entre dos maneras de comprender la piedad popular: una que la interpreta desde la reducción formal como vía de proximidad y depuración, y otra que la entiende como un tejido histórico inseparable de su riqueza artística, simbólica y comunitaria. La Semana Santa andaluza no ha nacido de la renuncia, sino de la afirmación progresiva de un lenguaje propio que ha sabido unir fe, arte y comunidad en un equilibrio tan frágil como poderoso, sostenido durante siglos por una continuidad cultural, una economía del oficio y una sensibilidad estética compartida. Y es en ese choque de sensibilidades donde esta revirá encuentra su verdadero sentido. A ver si cuando esos dos ratitos que el obispo ha dedicado a conocer nuestras cofradías se conviertan en muchos más —que nunca se sabe, porque el tiempo también tiene su propia pedagogía silenciosa y su manera de matizar certezas demasiado rápidas— su visión sigue siendo exactamente la misma o termina, con algo más de recorrido, escucha y paciencia, aprendiendo un poco mejor lo que realmente somos.