Existe en el universo de las hermandades una enfermedad enquistada desde hace demasiado tiempo que amenaza con devorar lentamente la autenticidad de muchas corporaciones: el postureo, esa representación permanente de afectos fingidos, de sonrisas impostadas y de abrazos huecos tras los que se esconden intereses miserables, rivalidades enfermizas y una ambición desmedida por figurar. Porque conviene dejar de engañarnos de una vez: en demasiados ambientes cofrades abundan quienes han convertido la vida de hermandad en un miserable tablero de estrategia personal donde todo vale con tal de mantenerse cerca del poder, de una vara, de un cargo o simplemente de una fotografía. Individuos capaces de sembrar cizaña, de difundir rumores, de manipular conversaciones privadas y de construir relatos falsos únicamente para conservar una posición desde la que alimentar su ego. Y lo más preocupante es que muchos de ellos ni siquiera disimulan ya. Pasean por los templos y las casas de hermandad con una suficiencia grotesca, envueltos en una teatralidad ridícula que pretende revestir de importancia lo que no deja de ser una insignificancia absoluta. Porque hay que tener una vanidad descomunal para creer que portar una cinta al cuello u ostentar un lugar de privilegio en una presidencia convierte automáticamente a alguien en referente moral, intelectual o institucional de nada.
Lo verdaderamente dramático es que este fenómeno no suele sostenerse únicamente por la mediocridad individual de determinados sujetos, sino por la complicidad activa de quienes los colocan ahí. Hay hermanos mayores que prefieren rodearse deliberadamente de personas incompetentes, dóciles y limitadas antes que compartir responsabilidades con perfiles preparados que puedan cuestionarles o hacerles sombra. Y así nacen juntas de gobierno construidas no desde la capacidad, el talento o el conocimiento, sino desde el servilismo más absoluto. Gobiernos hechos a imagen y semejanza de dirigentes inseguros que entienden la autoridad no como un servicio a la hermandad, sino como un patrimonio hereditario que creen merecer por una absurda combinación de apellido, amistades o antigüedad mal entendida. El resultado suele ser devastador: corporaciones dirigidas por personas incapaces de detectar un detalle elemental del patrimonio que administran, inútiles satisfechos de sí mismos que se comportan como grandes custodios de la tradición mientras ni siquiera poseen la sensibilidad suficiente para advertir un simpecado torcido o unos candelabros deficientemente montados. Pero eso sí, nadie les gana a solemnidad impostada, a poses estudiadas delante de una cámara o ante la mirada indiferente de los demás.
Y todavía podría resultar menos desagradable todo este espectáculo si quienes practican constantemente este postureo permanente fuesen al menos personas verdaderamente brillantes, capaces o sobresalientes. Seguiría estando mal, porque la humildad constituye una de las principales virtudes de cualquier hombre verdaderamente grande. Quien posee talento de verdad no necesita aparentarlo constantemente ni vivir obsesionado con exhibirse, porque sabe perfectamente lo que es y lo que vale. Los grandes referentes suelen distinguirse precisamente por la naturalidad con la que ejercen su autoridad, sin necesidad de convertir cada gesto en una representación teatral. El problema es que, demasiadas veces, ocurre exactamente lo contrario: son precisamente los más inútiles quienes desarrollan una necesidad enfermiza de aparentar importancia. Cuanto más limitada es la capacidad, mayor suele ser la necesidad de figurar. Y quizá por eso cobra hoy más sentido que nunca aquella frase del doctor Cabrera: “qué tiempos aquellos en que sólo había un tonto en cada pueblo”. Porque ahora no solo abundan, sino que además algunos han conseguido convencerse de que son imprescindibles.
Resulta especialmente obsceno contemplar cómo algunos de estos personajes construyen su supuesto liderazgo a base de despreciar sistemáticamente el trabajo de quienes les precedieron. Todo lo anterior parece insuficiente, equivocado o indigno en cuanto aterrizan ellos, como si la historia de la corporación comenzara el mismo día en que ocuparon un sillón de gobierno. Y, sin embargo, la realidad suele ser exactamente la contraria: carecen de la más mínima capacidad real de gestión, desconocen profundamente la vida interna de las hermandades y sobreviven exclusivamente gracias a una red de aduladores que alimenta constantemente su vanidad. Son incapaces de crear, de proyectar o de mejorar nada verdaderamente relevante, pero poseen una habilidad extraordinaria para apropiarse de méritos ajenos, para vender humo y para envolver de grandilocuencia decisiones mediocres. Lo más triste es que muchos hermanos terminan confundiendo esa arrogancia permanente con liderazgo, cuando en realidad no es más que la manifestación más evidente de una profunda inseguridad intelectual y humana.
En el fondo, todo este ecosistema de falsedad, apariencias y miserias personales revela hasta qué punto algunas hermandades corren el riesgo de vaciarse espiritualmente mientras exteriormente continúan aparentando grandeza. Porque una corporación no se degrada únicamente cuando pierde patrimonio, cuando disminuyen los nazarenos o cuando atraviesa dificultades económicas; también se degrada cuando el postureo sustituye a la autenticidad, cuando la ambición personal desplaza al servicio y cuando los mediocres encuentran terreno fértil para prosperar gracias al silencio de quienes sí poseen criterio. Y quizá lo más inquietante de todo sea comprobar que muchos de estos individuos llegan a convencerse sinceramente de su propia relevancia. Caminan con el pecho inflado como pavos reales, encantados de haberse conocido, creyéndose indispensables para hermandades que probablemente seguirían funcionando exactamente igual —o incluso mejor— sin ellos. Pero así funciona demasiadas veces este pequeño teatro cofrade: cuanto menor es el talento, mayor suele ser el ego.





