Las organizaciones no suelen enfermar por culpa de quienes señalan los problemas, sino por la obstinación de quienes se empeñan en ocultarlos. Existe una peligrosa tendencia, cada vez más extendida, consistente en considerar que la disidencia constituye una amenaza y que la crítica, por incómoda que resulte, debe ser neutralizada antes que escuchada. Se confunde así la necesaria defensa de las instituciones con la protección interesada de determinadas personas o determinadas formas de proceder. Y en ese contexto proliferan las gestiones infames, los comportamientos propios de las cloacas, las maniobras discretas, las conversaciones de pasillo y los intentos de desacreditar a quien osa expresar públicamente aquello que otros prefieren mantener cuidadosamente oculto. Resulta llamativo comprobar cómo quienes más se llenan la boca hablando de transparencia son con frecuencia los mismos que convierten el silencio en un sistema de gobierno y el oscurantismo en una forma de supervivencia. Porque hay quienes creen ingenuamente que esconder la suciedad bajo la alfombra equivale a limpiar la casa, cuando en realidad lo único que consiguen es acumular más polvo y más miseria. Y no faltan quienes, parapetados tras una autoridad más aparente que real, consideran que cualquier discrepancia constituye una afrenta personal y que el mejor modo de preservar el orden consiste en expulsar del reino a quien se atreve a incomodar al poderoso.
El silencio al discrepante jamás ha solucionado un problema. A lo largo de la historia, los intentos por acallar las voces incómodas solo han servido para agravar aquello que se pretendía ocultar. Sin embargo, el recurso continúa vigente. Primero se desacredita al mensajero. Después se cuestionan sus intenciones. Más tarde se propagan rumores, se alimentan medias verdades o se recurre al siempre eficaz argumento de atribuir intereses espurios a quien simplemente expresa una opinión distinta. El objetivo no consiste en responder a los argumentos, sino en anular a quien los formula. Y así se sustituye el debate por el señalamiento, la reflexión por el linchamiento y la búsqueda de soluciones por la cómoda eliminación del problema aparente, que no es otro que la existencia de alguien dispuesto a decir lo que muchos piensan y pocos se atreven a pronunciar. El miedo al disidente suele ser directamente proporcional a la fragilidad moral de determinadas estructuras. No faltan tampoco quienes, parapetados tras los mecanismos que establece una normativa confeccionada por quienes ponen y quitan responsables, utilizan esos instrumentos no para proteger a las instituciones, sino para apartar a quienes resultan incómodos. Porque siempre resulta más sencillo expulsar al crítico que responder a sus argumentos. Y una vez consumada la defenestración comienza otro espectáculo aún más miserable: el de la demonización pública del señalado. Se le convierte en sospechoso permanente, se alimenta una suerte de muerte civil, se extiende entre los bienpensantes el vergonzoso y cobarde «algo habrá hecho cuando lo han destituido» y se procura que la mancha del descrédito haga el trabajo que no pudieron conseguir las razones. Pocas conductas resultan tan miserables como esa disposición a aceptar sin más la condena social del caído para congraciarse con quien ostenta el poder.
Porque las malas gestiones tienen una curiosa capacidad para reproducirse cuando nadie se atreve a ponerles nombre. Lo que pudo resolverse con naturalidad termina convirtiéndose en una crisis de dimensiones imprevisibles precisamente por la incapacidad de afrontarlo a tiempo. Y entonces aparecen las filtraciones interesadas, los relatos construidos a conveniencia, las campañas soterradas y los movimientos propios de quienes prefieren maniobrar entre sombras antes que afrontar con serenidad los errores cometidos. Resulta paradójico observar cómo algunas personas viven obsesionadas por controlar los síntomas mientras desatienden deliberadamente la enfermedad. Se esfuerzan por preservar una apariencia de normalidad mientras la realidad se deteriora progresivamente. Y cuando finalmente el problema explota, todavía tienen la osadía de responsabilizar a quienes lo denunciaron y no a quienes, con una mezcla de soberbia y torpeza, permitieron que creciera. Porque las crisis raramente nacen de la crítica. Las crisis suelen nacer de la incompetencia y de la absurda pretensión de convertir el silencio en sustituto de la verdad. Y nada retrata mejor determinadas formas de entender el poder que esa obsesión por preservar los sillones antes que solucionar los problemas, por blindar las estructuras antes que corregir los errores y por sacrificar la discrepancia honesta en el altar de una paz ficticia construida sobre el miedo y la sumisión. Es entonces cuando entran en funcionamiento las cloacas, utilizando todos los métodos al alcance del poderoso, desde los ataques directos hasta las insidias veladas, desde las filtraciones interesadas hasta los susurros calculados, desde las campañas de descrédito hasta la movilización de fieles cortesanos dispuestos a defender lo indefendible. Todo vale cuando el objetivo consiste en quitar de en medio a quien se considera incómodo. Todo vale, salvo afrontar con honestidad aquello que originó el problema. Porque las cloacas nunca buscan la verdad; únicamente aspiran a preservar el poder.
La verdadera fortaleza de cualquier institución no reside en su capacidad para imponer unanimidades artificiales, sino en su disposición para aceptar la discrepancia y corregir aquello que debe ser corregido. No existe mayor síntoma de debilidad que recurrir a las prácticas de las cloacas para preservar una imagen que hace tiempo dejó de corresponderse con la realidad. La crítica honesta puede resultar incómoda, incluso molesta, pero siempre será infinitamente más saludable que la complacencia interesada. Porque los problemas ignorados no desaparecen. Los problemas silenciados no se evaporan. Los problemas ocultos continúan creciendo hasta hacerse inmanejables. Y mientras algunos continúan convencidos de que todo puede resolverse apagando voces y administrando silencios, la realidad se encarga de recordar, una y otra vez, que la verdad posee una desagradable costumbre: siempre termina encontrando la forma de salir a la luz. Tal vez por eso quienes de verdad creen en las instituciones no necesitan fabricar enemigos ni destruir reputaciones. Les basta con gobernar con limpieza, asumir los errores y comprender que el discrepante no es necesariamente un enemigo. Porque cuando una organización necesita expulsar, señalar y destruir a quien piensa distinto para conservar la paz, lo que realmente está demostrando es que hace mucho tiempo dejó de confiar en la fuerza de sus argumentos y comenzó a depender exclusivamente de la fragilidad de sus silencios.





