Pocas realidades resultan tan devastadoras como esos silencios cómplices que, lejos de responder a la prudencia o a la inteligencia, terminan funcionando como un mecanismo de perpetuación de todo aquello que degrada cuanto toca. Se extienden por todos los ámbitos de la sociedad con una eficacia casi invisible, enquistándose en instituciones, relaciones humanas, espacios colectivos y, por supuesto, también en las hermandades, donde demasiadas veces el miedo, el cálculo o la comodidad sustituyen a la obligación moral de decir basta. Porque callar frente al deterioro no convierte a nadie en neutral ni en pacificador; lo convierte, inevitablemente, en corresponsable. Y esa responsabilidad por omisión pesa tanto como la acción de quienes impulsan deliberadamente la decadencia de aquello que recibieron para custodiar y transmitir engrandecido.
Las hermandades, como reflejo exacto de la condición humana, tampoco escapan a esta enfermedad moral. Existen escenarios donde algunos terminan confundiendo el servicio con el aprovechamiento personal, donde la institución deja de ser un legado común para convertirse en instrumento al servicio de ambiciones, egos y pequeñas miserias humanas. Entidades llamadas a ser cuidadas, respetadas y protegidas terminan siendo utilizadas por personajes obscenos, que consideran la corporación no como algo a lo que servir, sino de lo que servirse, deteriorando con incompetencia, soberbia o simple mediocridad aquello heredado de generaciones enteras. Lo verdaderamente insoportable no es únicamente la acción de quienes degradan, sino la pasividad de quienes, observándolo todo, deciden mirar hacia otro lado para evitar incomodidades o conservar una falsa paz.
El silencio cómplice, probablemente la expresión más vergonzosa de la cobardía, jamás protege a nadie. Solo garantiza que quienes vienen a humillar, despreciar o metafóricamente pisotear la dignidad de sus propios hermanos continúen haciéndolo con absoluta impunidad. Quienes creen que callando evitarán el conflicto suelen engañarse con una lógica profundamente ingenua: confunden la ausencia temporal de ruido con la paz, cuando en realidad solo están posponiendo una devastación futura mientras colaboran silenciosamente a hacerla inevitable. Como un rebaño dócil y sumiso, incapaz de alterar el paso aunque intuya el desastre, demasiados avanzan sin cuestionar nada, incluso hacia el matadero si fuese preciso, sin emitir un sonido, convencidos de que la obediencia muda les librará del daño. Ninguna guerra moral, institucional o humana prospera sin el respaldo tácito de quienes decidieron no incomodarse, no señalar, no hablar y no asumir el coste de defender aquello que aseguran amar.
Y por eso conserva una vigencia brutal aquella frase atribuida a Winston Churchill: «Os dieron a elegir entre el deshonor y la guerra, elegisteis el deshonor y tendréis la guerra». Porque la tragedia del cobarde nunca consiste únicamente en callar, sino en descubrir demasiado tarde que el precio de ese silencio fue infinitamente más alto de lo que imaginaba. Quienes hoy creen preservar la calma guardando silencio terminarán soportando sobre sus hombros la ignominia de haber contribuido, con su omisión, su miedo y su comodidad, a destruir aquello mismo que durante años pregonaron defender, respetar y amar.
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