La revirá | Gatitos, perritos y gominolas

La presentación del nuevo reglamento a las hermandades cordobesas, cuidadosamente escenificada por el delegado diocesano, JJJ Güeto,y en presencia del Obispo de Córdoba, promete ser uno de esos actos en los que todo parece exactamente lo que no es. Nadie espere golpes en la mesa ni proclamas grandilocuentes: aquí no habrá revolución ni advertencias ni palabras en voz alta, ni falta que hace. La Iglesia, experta en los tiempos largos, no acostumbra a estos arrebatos; su estilo es otro, más pulido, más envolvente, más… suavón, si se permite la expresión. Todo transcurrirá entre sonrisas, palabras medidas y una atmósfera casi entrañable, como si el futuro de la autonomía cofrade pudiera resolverse entre gatitos, perritos y gominolas.

Porque, naturalmente, este reglamento no desembarca para imponer nada —Dios nos libre—, sino para ese verbo tan reconfortante que es “acompañar”. Aquí no se restringe, se “armoniza”; no se controla, se “coordina”; no se interviene, se “vela”; y, por supuesto, no se dirige, se “cuida”. Un admirable ejercicio de orfebrería lingüística donde cada término suaviza el fondo hasta hacerlo casi irreconocible. Y, cómo no, se nos hablará de consenso, de trabajo en equipo, de decisiones compartidas, de esa liturgia participativa que tan bien suena en los discursos. Sin embargo, bajo esa retórica coral, la partitura ya vendrá escrita de antemano: todo cuidadosamente masticado, dispuesto y, como en su momento hiciera Franco, atado y bien atado, sin margen real para la improvisación ni para la discrepancia.

En este teatro de las buenas maneras, la famosa “banderita” de limitar las extraordinarias aparece como el gran argumento de sentido común. Y, claro, uno casi se siente obligado a asentir: ¿quién podría oponerse a evitar excesos? Nadie, por supuesto. El problema es que ese relato, tan pulcro, tan razonable, no engaña a nadie con un mínimo de materia gris en el cerebro. Porque antes de hablar de límites habría que recordar cuántas de esas salidas han sido alentadas —cuando no directamente promovidas— desde instancias eclesiales, utilizando a las hermandades como eficaces ejecutoras de celebraciones que, curiosamente, ahora parecen sobrar. La ironía no puede ser más fina: primero se llena el calendario y luego se descubre que está lleno.

Y así es como funciona el mecanismo: sin prisa, sin ruido, sin dolor aparente. Primero el gesto amable, luego la sugerencia, más tarde la recomendación y, finalmente, la norma. Cuando uno quiera darse cuenta, tal vez ya no se trate de decidir, sino de solicitar permiso hasta para pestañear. Todo, por supuesto, envuelto en ese lenguaje afectuoso que convierte cualquier recorte en una caricia. Porque al final, conviene no engañarse, no se trata de ordenar mejor ni de evitar excesos: se trata, simple y llanamente, de controlar. Pero eso, naturalmente, siempre suena mejor cuando se dice bajito, sonriendo… y con una capa de azúcar que lo dulcifica todo antes de que muchos ni se den cuenta de lo que está ocurriendo… o con una buena dosis de vaselina, para meterla —la norma— hasta el fondo, sin que duela.