La revirá | Influencers peligrosos

Hay momentos en los que la realidad obliga a formular preguntas incómodas: ¿de verdad alguien puede sorprenderse de que aparezcan pintadas señalando a una hermandad después de días de exposición pública constante, de críticas reiteradas y de un linchamiento sostenido en determinados canales? Lo sucedido en la parroquia de San Gonzalo, con esas pintadas ofensivas que califican de “egoístas” a la corporación, no es un hecho aislado ni un episodio fortuito, sino la consecuencia lógica de un clima previamente alimentado. Cuando el debate abandona la mesura y se instala en la reiteración acusatoria, cuando se convierte a una hermandad en diana permanente, lo verdaderamente ingenuo no es lo ocurrido, sino fingir que podía no ocurrir.

El trasfondo es bien conocido: los retrasos del Lunes Santo, elevados a categoría de escándalo por una amplificación mediática tan interesada como irresponsable, han servido de combustible para que determinados perfiles —los ya habituales “influencers” del ámbito cofrade— construyan un relato en el que la Hermandad de San Gonzalo ha sido sistemáticamente señalada. No estamos ante una crítica puntual ni ante un análisis sereno, sino ante una insistencia machacona que termina por configurar una verdad paralela, repetida hasta la saciedad, desprovista de matices y, lo que es más grave, de consecuencias asumidas. Porque quien dispone de un altavoz público no puede refugiarse después en la ingenuidad: la palabra, cuando se proyecta de forma constante, deja de ser inocua.

Lo verdaderamente alarmante es el salto cualitativo que se ha producido: de la crítica al señalamiento, y del señalamiento a la acción. Las pintadas no son sino la materialización física de un discurso previamente construido, la traducción en gesto de lo que antes fue palabra irresponsable. Y aquí conviene ser claros: la responsabilidad no termina en quien empuña el spray, sino que alcanza también a quienes han contribuido a generar el clima que legitima, aunque sea indirectamente, este tipo de comportamientos. La irresponsabilidad discursiva tiene consecuencias, y negarlo no es más que una forma de eludirlas.

Lo que está en juego, en definitiva, no es únicamente la reputación de una hermandad concreta, sino la calidad del propio debate cofrade y los límites éticos de la influencia pública. Si se normaliza este modo de actuar, si se acepta como válido convertir cualquier circunstancia en una campaña de señalamiento continuado, el resultado será un ecosistema cada vez más enrarecido, polarizado y propenso a episodios de mayor gravedad. Tal vez haya llegado el momento de exigir algo tan básico como olvidado: rigor, prudencia y responsabilidad a quienes, desde su posición, contribuyen decisivamente a moldear la percepción colectiva. Porque cuando el ruido sustituye al criterio, las consecuencias terminan por hacerse inevitables.