La revirá | Liderazgo

Existe desde hace años, y no precisamente de manera aislada, una tendencia profundamente preocupante en determinados ámbitos cofrades a diluir la responsabilidad del liderazgo bajo el paraguas de decisiones colectivas, como si invocar el criterio de una Junta de Gobierno bastara para eximir al máximo responsable de una hermandad de asumir plenamente las consecuencias de aquello que se aprueba. Y, sin embargo, conviene recordar una realidad elemental que en Córdoba ha estado siempre perfectamente definida: aquí no se eligen juntas de gobierno, aquí se eligen hermanos mayores. La diferencia con el modelo sevillano resulta sustancial. Mientras en Sevilla concurren listas cerradas que representan proyectos colegiados y compactos, en Córdoba el peso de la legitimidad recae de manera directa sobre una figura concreta, visible y reconocible, que es quien recibe el respaldo de los hermanos para dirigir el rumbo de la corporación. A fin de cuentas, a quien los hermanos han votado es al hermano mayor, no a la Junta de Gobierno; quien posee verdaderamente la legitimidad emanada de las urnas es el hermano mayor. De ahí que el liderazgo no pueda entenderse como una función decorativa ni como una mera labor de coordinación burocrática, sino como el ejercicio firme y decidido de una autoridad que debe asumir, sin complejos ni escapismos, la dirección efectiva del proyecto.

Por eso resulta tan triste comprobar cómo, a lo largo del tiempo, algunos responsables han intentado protegerse detrás de sus propias juntas, deslizando —a veces de manera abierta y otras mediante comentarios privados— que determinadas decisiones no respondían realmente a su voluntad. Nada erosiona más la credibilidad de un dirigente que tratar de aparecer simultáneamente como cabeza visible y como víctima pasiva de su propio gobierno. Muchos recordarán aquel episodio en el que un hermano mayor cordobés, tras la destitución de un capataz, llegó a transmitirle personalmente que él no quería echarlo y que había sido su Junta de Gobierno quien había tomado la decisión. Pocas escenas reflejan de manera tan descarnada una concepción profundamente equivocada del liderazgo y una cobardía tan flagrante. Porque en una hermandad cordobesa, aunque la Junta de Gobierno vote, cualquier cofrade mínimamente experimentado sabe que, en la práctica, el proyecto que se ejecuta es el del hermano mayor. Y debe ser así. Resultaría absurdo encabezar una corporación sosteniendo postulados distintos a los que emanan de quien dirige la institución. Nadie imagina a un presidente de gobierno como Donald Trump o como Pedro Sánchez justificando públicamente una medida afirmando que se aprobó contra su criterio personal. En cualquier estructura seria de dirección, el liderazgo implica marcar el rumbo, sostenerlo y responder por él.

Otra cuestión distinta —y aquí reside precisamente la diferencia entre autoridad y autoritarismo— es la forma en que ese liderazgo se ejerce. Gobernar no consiste necesariamente en imponer decisiones a golpe de rodillo, sino en poseer la capacidad de convencer, articular consensos y conducir voluntades hacia un objetivo común. El verdadero dirigente no necesita exhibir constantemente su poder porque logra que el resto comprenda el sentido de aquello que propone. Pero una vez alcanzada la decisión, la responsabilidad pertenece íntegramente a quien ostenta la máxima representación. Por eso resulta tan desconcertante contemplar a hermanos mayores intentando desmarcarse públicamente o en privado de acuerdos adoptados bajo su mandato, como si la existencia de una votación interna los liberara de toda responsabilidad política y moral. No solo carece de lógica institucional, sino que proyecta una imagen de debilidad incompatible con cualquier noción seria de liderazgo.

En el fondo, este problema revela una confusión cada vez más frecuente entre ejercer el poder y limitarse a ocupar un cargo. Ser hermano mayor no consiste únicamente en presidir cultos, encabezar fotografías o administrar equilibrios internos para evitar conflictos personales. Implica asumir la carga —a veces ingrata— de tomar decisiones, sostenerlas y responder ante los hermanos cuando generan controversia. Quien no está dispuesto a hacerlo quizá debería plantearse si realmente desea liderar una hermandad o simplemente disfrutar de la apariencia externa del cargo. Porque las corporaciones necesitan dirigentes capaces de mirar de frente a sus hermanos y decir “esta es nuestra decisión”, no responsables que, a la primera dificultad, busquen refugio en la excusa permanente o en el reparto interesado de culpas. El liderazgo, al fin y al cabo, no se proclama: se ejerce.