La historia del periodismo, desde sus orígenes más remotos hasta su configuración contemporánea, se encuentra atravesada por una realidad tan constante como incontestable: la filtración. Lejos de constituir una anomalía, estas vías discretas —a veces soterradas, otras apenas susurradas— han nutrido el pulso informativo de generaciones enteras. De ellas han emergido algunas de las grandes exclusivas que han marcado la agenda internacional, demostrando que la información, cuando busca abrirse paso, rara vez lo hace por cauces estrictamente oficiales. Renegar de esta evidencia supondría incurrir en una forma de ingenuidad que el propio oficio, curtido en la experiencia, no puede permitirse.
No obstante, aceptar la existencia de estas prácticas no implica validar cualquier comportamiento que se ampare en ellas. Existe una línea difusa pero esencial entre la utilización legítima de fuentes y la exhibición imprudente de complicidades. Cuando quienes participan en el proceso informativo deciden exponer públicamente vínculos que trascienden lo profesional, hasta el extremo de reconocer el trasvase directo de datos y pruebas entre dispositivos personales, el problema deja de ser ético para adquirir tintes de auténtica torpeza. La naturalidad con la que se verbaliza lo que siempre ha requerido discreción provoca una perplejidad que oscila entre la incredulidad y la hilaridad, como si el truco del mago consistiera en explicar el truco… y hacerlo mal.
Más que una cuestión de falta de decoro, lo que subyace en estos comportamientos es una carencia alarmante de sentido estratégico, una incapacidad para comprender los códigos más elementales del oficio. La relación entre fuente y periodista, por definición, exige una gestión cuidadosa de las formas, un equilibrio entre la confianza y la prudencia. Convertir ese vínculo en un espectáculo explícito no solo desvirtúa su esencia, sino que proyecta una imagen grotesca y empobrecida del ejercicio periodístico, algo así como presumir de secreto a voces mientras se deja el micrófono abierto y la puerta sin cerrar.
Resulta paradójico que, en un contexto donde se aspira a elevar el nivel del debate público y a consolidar un periodismo de mayor rigor, se incurra en prácticas que denotan una inmadurez profesional difícil de justificar. Si la filtración ha de seguir siendo —como todo indica— una herramienta inherente al oficio, lo mínimo exigible es que se maneje con la inteligencia suficiente para no convertirla en motivo de descrédito. Porque, al final, lo que se exhibe no es tanto una filtración como una estupidez compartida, un retrato coral de un nivel profesional francamente pobre, entre lo patético y lo grotesco, con un punto involuntariamente cómico. Como dejarse el micro abierto en un cambio de turno, vaya, aunque sirva para que terceros nos echemos unas risas. Si tu fuente te facilita información, lo elemental es que no se note en exceso; disimular no es fingir, es simplemente no delatarse. Y si no se hace por preservar la apariencia, al menos debería hacerse por evitar el ridículo. Porque luego se aspira a competir en las grandes ligas del periodismo y, sin embargo, lo que se demuestra es que apenas se alcanza para deambular por categorías donde el amateurismo no sorprende, pero sí sonroja.





